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Los libros de texto: ¿qué se oculta?

El escándalo de los libros de texto gratuito de primaria que la Secretaría de Educación Pública pretende elaborar en formas, tiempos y responsables anormales, se ha vuelto motivo de una cauta discusión pública, preocupada por las consecuencias que podría tener la iniciativa que encabeza un polémico personaje que conduce la Dirección de Materiales Educativos.

Son distintas las aristas para el análisis. Algunos colegas se preguntan para qué cambiar los libros de textos sin modificar los planes de estudio; otros discuten si los profesores son los más competentes para la encomienda. Los ilustradores defienden el derecho a cobrar por su trabajo y no sólo recibir en pago una constancia; pero las críticas mayores, creo, las acarrean los tiempos fijados y capacitaciones al vapor que se dieron a los convocados.

Ninguno de esos nudos es sencillo. La concepción de los nuevos libros tendría que reconocer la circunstancia que atravesamos y la necesidad de que los libros sean cada vez más diseñados para sistemas educativos híbridos, sin dependencia excesiva de los maestros y con enfoques didácticos y comunicativos modernos.

A mí me inquieta otro ángulo que apunta más a las causas y el probable destino del sistema educativo nacional, sobre todo con la pandemia y los saldos que arrojará. Se trata de la ligereza con la cual las autoridades de la Secretaría de Educación Pública toman decisiones, como si gobernaran un territorio desprovisto de historia e inteligencia, y la educación fuera un campo aséptico, de decisiones fáciles.

Los saldos de la SEP están en rojo. En la conducción de la pandemia exhiben incompetencia; el procedimiento para la promoción horizontal se les volvió un problemón en tramos irrelevantes, la secretaria no aparece y ahora, la puntilla, los libros de texto.

Mi conclusión es desalentadora: les importa poco la educación o no entienden la compleja dimensión que implica concebir y operar el sistema educativo.

Ante esas fragilidades de la gestión, podría ser el momento de que las secretarías de educación en las entidades pusieran el buen ejemplo y planearan o empezaran la reorganización pospandemia de los sistemas educativos, con los márgenes de libertad que concede el federalismo. ¿Pueden? ¿Quieren?

 

Endeudando presente y futuro

En el teatro de la educación nacional se anuncian varios actos inesperados y de final incierto.

Primero. La instrucción del presidente de la República para un regreso presencial a clases antes del 9 de julio. Esta vez, habla de vacunar en las próximas semanas a 3 millones de maestros, según la nota que leo en La Jornada.

Como se ha vuelto costumbre, los pronósticos presidenciales se desbarrancan con facilidad, y si no han terminado con todo el personal médico y adultos mayores, la promesa de vacunar al magisterio para volver a las aulas es temeraria.

En segundo lugar, el escándalo provocado por las decisiones de renovar los libros de textos gratuito de primaria en un tiempo insólitamente breve, con mecanismos y responsables improvisados. Las críticas son fundadas y suscitan genuina indignación.

Si faltara, tenemos también la desorganización en la convocatoria para la promoción horizontal del magisterio, con fallas elementales para un sistema informático sin demasiadas pretensiones.

Y debemos sumarle la persistente falta de claridad en las condiciones para el retorno a las aulas.

En todos estos hechos, y en cada paso que observamos durante el sexenio educativo, cuesta mucho encontrar criterios razonables, solidez en las decisiones y algo distinto a improvisación, ignorancia o incompetencia.

Pasaba con Esteban Moctezuma y con Delfina Gómez no ocurre algo mejor, a pesar de las ilusiones de muchos creyentes en su trayectoria magisterial.

Con el mínimo sentido crítico y lejos de banderas partidistas o campañas electorales, la actuación de la SEP es desafortunada.

La peor de todas las lecciones es que la educación, como ha sido constante en nuestra historia, es un asunto de menor importancia, encargada a políticos de escasa estatura que tuvieron el privilegio de dirigirla, y la desgracia de endeudar  presente y futuro de millones de niños y jóvenes.

 

Mediodía caliente y mortal

Después de un sábado lejos de redes sociales, volví a Twitter este mediodía caliente para encontrar una noticia que sólo confirma lo que muchos pensábamos: la cifra mortal por la pandemia es peor que la recetada todos los días por los gobiernos federal y estatales.

Según distintos medios y cálculos, la contabilidad ya rebasó las 320 mil personas muertas, para colocarnos al ladito de Brasil y Estados Unidos, aunque, recuerdan los cables noticiosos, con una población menor en nuestro caso.

No sé si hubo dolo o incompetencia en las autoridades del país, repito, federal y estatales. Tal vez ambas: incompetencia dolosa y dolorosa, que se agrava con la irresponsabilidad ciudadana empeñada en negar evidencias, relajada y valemadrista.

Las responsabilidades en esta enorme tragedia no son personales, quiero decir, de pocas personas concretas, aunque hay nombres y apellidos notablemente marcados ya por decisiones, omisiones y explicaciones. Los juicios se volverán más crudos cuando se despejen los brumas que siguen ocultando realidades.

Y como si los más de 320 mil muertos no laceraran, la nueva ola de contagios que ya se advierte podría enlutarnos en el camino hacia las elecciones, mientras escuchamos o leemos a candidatos que peregrinan de espaldas a esta realidad.

¿Tendremos nuevos gobernantes y representantes más honestos y competentes que los que se van o permanecen?

 

¿Para qué queremos educar?

En un libro que se ha convertido en clásico, los profesores Jan Masschelein y Maarten Simons, escribieron un pasaje provocador sobre el significado de la educación:

Educar a un niño tiene que ver con algo fundamentalmente diferente. Tiene que ver con abrir el mundo y con traer el mundo a la vida (las palabras, las cosas y las prácticas que lo configuran)… Tiene que ver con transformar el mundo en algo que le hable.

Me extiendo en la cita porque vale la pena:

Educar… Tiene que ver con encontrar un camino para hacer que la matemática, el inglés, la cocina y la carpintería sean importantes en y por sí mismas.

En efecto, educar es implicarse en el mundo, descubrirlo, aprenderlo. Paulo Freire afirmaba: la lectura de la palabra es la lectura de la realidad.

Pasemos del libro citado, Defensa de la escuela, a la realidad que viven la mayor parte, la grandísima parte de los niños mexicanos que experimentan el confinamiento pedagógico por la pandemia.

¿Ellos logran implicarse en el mundo desde el programa Aprende en casa? ¿Se puede traer el mundo a la vida a través de las pantallas? ¿Pueden las pantallas lograr que aparezcan palabras, cosas y prácticas que conduzcan a los niños a encontrar, descubrir y aprender el mundo?

¿Lo estamos consiguiendo? ¿Estamos educando o sólo escolarizando? ¿Generamos procesos formativos profundos o sólo consagramos rituales?

Habrá quienes sí, pero, me temo, habrá muchos que no. Para ellos, las matemáticas, la historia o la lengua serán materias que deben aprobarse o enseñarse, que deben sortearse para pasar al siguiente año, y no serán ámbitos de formación importante por sí mismos.

Entre muchas cosas que aprendimos con la pandemia es que al currículum, es decir, a los planes de estudio, les sobran contenidos y les falta vida. Esa es una de las tareas pendientes en el regreso a las escuelas.

Volver a las aulas en estos días es una tarea muy importante, pero siguen quedando en el aire las preguntas cruciales: ¿a qué regresarán?, ¿cómo volverán?, ¿a qué escuelas? y ¿para qué prácticas pedagógicas? O más trascendente: ¿para qué queremos educar a nuestros niños? ¿Qué sociedad queremos edificar?

 

Epidemia de generosidad

La pandemia ha sido ocasión involuntaria para exhibir las mejores y peores actitudes de los seres humanos con respecto a los semejantes. También, puso en una pantalla colosal las ineficiencias gubernamentales acumuladas. Expuso sin disfraces la mezquindad e ignorancia de políticos y gobernantes. Un etcétera de regular extensión podría continuar, pero paso al título de esta colaboración.

La epidemia de generosidad merece visibilizarse e inspirarnos confianza en que podemos salir del túnel con algunos centímetros de crecimiento en la escala humanitaria.

En el ámbito médico o científico los esfuerzos son inmensos a lo largo del mundo. La tarea del personal que realiza otras actividades vitales para la salud pública casi no se reconoce, como los servicios de recolección de basura o la gente que se rompe la espalda atendiendo en los supermercados y tiendas pequeñas. Las maestras y maestros, o las madres de familia ocupan un sitio protagónico en el propósito de no perder el tiempo vital de los aprendizajes.

Las instituciones educativas y culturales son otra pieza luminosa en el escenario. Abrieron cursos, espacios y recintos; desarrollaron estrategias que regalan momentos recreativos o formativos de otra manera impensables. La proliferación de actividades abiertas, gratuitas y de alta calidad son cotidianas e imposibles de agendar para el interesado, porque faltan horas.

Instituciones internacionales sumaron voluntades y capacidades. Se abren cursos gratuitos para analizar temas coyunturales. Diseminan inquietudes para comprender y salir adelante con lecciones que transformen distintos ámbitos de la sociedad. La proliferación de libros y documentos de descarga gratuita es otra muestra de este espíritu que aflora en momentos aciagos.

Este fin de semana comencé un curso organizado por la Unesco, con la mejor de las expectativas y agradecido por la oportunidad de convivir con otros participantes, especialmente con poblaciones juveniles de otros países, pues el tema es la educación para la ciudadanía mundial enfocado a esos grupos etarios.

Esta epidemia de generosidad intelectual, cultural y educativa ya es una de las marcas más alentadoras que nos deja un año inolvidable. Ese movimiento planetario de solidaridad humana contrarresta un poco los nefastos saldos mortales de la pandemia.