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Los privilegios de la noche

Anoche tuve la fortuna de compartir la mesa con un selecto grupo de invitados y amigos en la Fundación Cultural Puertabierta. Para el huésped principal, Juan Villoro, sobran presentaciones. Estar allí fue un privilegio enorme: cena exquisita, buenos tequilas, cervezas, vino tinto y, sobre todo, la compañía y el buen humor.

Solo una vez había visto a Juan Villoro por un rato sentados en la sala 75, terminal 2, del aeropuerto de la Ciudad de México, cada uno en lo suyo. Allí me pareció un hombre demasiado serio, tanto que ni por la cercanía me atreví a saludarlo, con nuestros vuelos demorados a distintos destinos.

Ayer desde su llegada a la casa de Miguel Uribe repartió simpatía y amabilidad. Bromeó, ilustró, contó, sin poses ni fatuidad. Nos escuchó atento y habló de los temas que le interesan y de los que le preguntamos, incluido el fútbol, el Barça y Messi, en ambiente festivo, como así debe ocurrir cuando los motivos son tan indispensables como la amistad y la fraternidad, nomás porque sí.

Una noche linda para cerrar larga jornada. Juan está en Colima y sus conferencias en el Teatro Hidalgo, hoy y mañana, serán sin duda una prueba, si hacía falta, de que la inteligencia no está reñida con la claridad, el humor y la sencillez.

Esta tarde tuve mi primera clase del curso Gestión de instituciones educativas en la Universidad. Salí cansado pero contento, deseando conducir un viaje lleno de aprendizajes con un puñado de 25 estudiantes respetuosos e inquietos.

¡Hasta siempre, maestro Tedesco!

Lunes 8 de mayo. 16:14 horas. Una pausa en el trajín de la jornada. El calor de la temporada doblega un cuerpo nacido en el norte fresco del Estado de Colima, cuyo espíritu se niega a la resignación del trópico. Abro mi cuenta de Twitter y Pablo Gentili sacude la modorra: “Falleció Juan Carlos Tedesco. Fue un gran intelectual, un inmenso luchador por la escuela pública. Lo extrañaremos muchísimo.”

La noticia me sacude. No hay posibilidad de error. Ni caso tiene frotarse los ojos. La realidad es así, directa, brutal a veces. En Facebook, Sebastián, hijo del maestro, confirma y notifica el domicilio de los servicios funerarios en Buenos Aires.

Varios recuerdos rompen fibras sensibles. Se me agolpan y decido vaciar un poco en estas líneas.

Tedesco, como le llamábamos, fue lectura de mis años de estudiante universitario. Abrevé en su pensamiento consuetudinariamente y le admiré como hombre político e intelectual.

De sus méritos y obra no escribiré. Para los estudiantes y estudiosos de temas educativos no precisa carta de presentación. Basta con decir que apenas el 4 de mayo el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, CLACSO, lo homenajeaba con el Premio Latinoamericano y Caribeño de Ciencias Sociales: “por su contribución a la construcción de un pensamiento pedagógico innovador y crítico, por su permanente defensa de la educación pública y por su lucha incansable para la construcción de una América Latina justa, democrática e igualitaria”.

Un amigo común, Juan Carlos Geneyro, me había prometido una cena juntos en Buenos Aires. Quería entrevistarlo para un libro que sigo soñando. No pudo ser, no será jamás. Luego, ya en tierras conosureñas, viajé de Córdoba a Santa Fe solo para encontrarlo en la Universidad Nacional del Litoral, que yo había dejado semanas atrás. Fueron dos noches consecutivas durmiendo en cómodos buses para escucharlo, mientras mi familia, ajeno totalmente, vivía una noche aciaga en la Córdoba víctima de policías y ladrones, en diciembre de 2013.

En 2014 me invitaron del periódico español Escuela a formar parte de su equipo de colaboradores. La explicación me la dio el entonces editor, Pablo Gutiérrez. El ex ministro de Educación con Cristina Fernández había pedido una pausa y me ofrecían ese espacio, para contar con una opinión desde América Latina. La sorpresa y pudor siguen a flor de piel.

Lo reencontré a finales de 2015, en Chihuahua, a propósito del Congreso Nacional de Investigación Educativa, y tomé apuntes selectivos de sus profundas pero claras ideas. No me acerqué siquiera a saludarlo, pues la fila era enorme.

Como Pablo, como muchos, también lo extrañaré. ¡Hasta siempre, maestro!

Michael Jackson y Juan Carlitos: una lección elemental

Volvíamos a casa un día cualquiera. En el asiento trasero él escuchaba música, yo me concentraba en sortear los autos en la hora de tráfico pesado por la salida del trabajo. Su voz me distrajo de la imagen al frente, del arroyo vehicular y la puesta del sol.

-Papá, el rey del pop no debió morir.

No supe qué decirle; reaccioné tarde con una pregunta: ¿por qué?

-Porque era muy joven.

-Ah, pues sí. Fue mi respuesta insustancial.

Arremetió en tono triste mientras yo lo miraba por el retrovisor: ¡sabes, cuando escucho esta canción me dan ganas de llorar!

Sonaba This is it, y sus ojos se posaron sobre el cristal de la tableta para mirar la imagen de la portada. Mis ojos iban del retrovisor a la avenida, francamente conmovido.

Ahora lo saqué del silencio con un desorientado ¿por qué?

-Es que esa canción fue la de su última gira, cuando decidió que ya no cantaría más. Por eso se llama así.

Y siguió su monólogo explicándome un montón de cosas sobre Michael Jackson, de las cuales no tenía yo idea, lejos de esos gustos musicales. Lo escuché asombrado por la cantidad de datos que manejaba con soltura, los nombres de los Jackson’s Five, algunos de sus discos y canciones, el infarto, su muerte en soledad. Todo eso lo aprendió solo, mirando la televisión o en internet, como en su momento de otros temas más relevantes para el juicio pedagógico. Mi desviación profesional me condujo a esa cancha.

Sí, concluí, si los maestros en las escuelas lográramos ese viejo anhelo de despertar la curiosidad del niño o el joven, si aprovecháramos sus centros de interés y conectáramos (o intentáramos) siempre la enseñanza con ellos, seguramente otros sentidos tendrían la escuela, la enseñanza y nosotros, quienes adoptamos el oficio docente.

Sí, parece tan fácil.

 

Pedagogía del amor

El sábado anterior tuve oportunidad de conversar con un par de queridos colegas, esposos ellos, quienes me compartieron su experiencia en una escuela secundaria pública. Los ecos de la charla nocturna regresan en momentos y me revuelven la cabeza con inquietudes, y el estómago con dardos indignantes e indignados.

La escuela se ubica en una zona populosa de Villa de Álvarez, alimentada por niños de condiciones socioeconómicas precarias que, como puede suponerse, en el hogar carecen de las comodidades que los profesores solemos olvidar o menospreciar por insensibilidad o ignorancia.

En esa escuela, cuyo nombre omitiré, muchos niños llegan sin alimentos en la panza, con mochilas raídas y zapatos desastrados, olvidados o descuidados en el seno familiar, sin dinero para comprar en la tiendita; probablemente sin mayores ilusiones por lo que puedan aprender en su salón de clases.

Aunque sea una obviedad, hay que repetirlo: su frágil condición económica no es exclusiva; es parte de la vivencia cotidiana de miles de escuelas y millones de familias. En esos contextos, la vieja pregunta torna incesante y urgente: ¿es posible educar a los pobres, hijos de pobres? Las viejas respuestas o propuestas deben ser removidas para atisbar alternativas.

Es posible educar a los hijos de los pobres. Sí, sin duda, a condición de que la escuela construya un proyecto pedagógico incluyente, entendiendo que lo pedagógico es sustancialmente político.

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AGOSTO 3

Hay días, como hoy, en que quisiera no haber estudiado una carrera como la mía. Casi la maldigo. Por fortuna, son pocas las ocasiones, aunque no menos turbadoras.

Seré explícito: en este periodo en que se organizan cursos para los maestros, he tenido el infortunio de ver anuncios de varios de ellos. Y en verdad me agriaron el momento al descubrir los nombres de los instructores o facilitadores, como les gusta llamarlos. Conozco a varios, perfectamente, y sé de sus capacidades.

¿Cualquiera, sin haber estudiado pedagogía o educación, sin tener un posgrado en la materia, sin haberse especializado en nada próximo, puede impartir un curso a maestros? Está clara la respuesta, sí puede, y allí tengo varios ejemplos. Me corrijo: tendría que cambiar el sentido y cuestionar, entonces: ¿cualquiera, dominador superficial de la materia, puede impartir un curso de aquello que ignora a profundidad?

Me pregunto: ¿con esta falta de respeto a la profesión docente, a la pedagogía, se pueden esperar mejores resultados?

Parafraseando a Célestin Freinet interrogo: ¿no merecen nuestros hijos, los estudiantes, nuestras escuelas, mejores maestros para nuestros maestros?