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Educación y pobreza

Pasé la tarde revisando datos recientes del Consejo Nacional para la Evaluación de la Política Social, CONEVAL, el organismo oficial encargado de la medición de pobreza. La semana pasada publicó un reporte con la evolución de la pobreza entre 2008 y 2018, en el país y en las entidades.

La sensación después del repaso numérico es agridulce: por un lado, diseñó una metodología para comprender las múltiples dimensiones de la pobreza (ingresos económicos de la familia, acceso a educación básica, servicios de salud, alimentación, calidad de la vivienda, servicios de la vivienda…), que, nos dicen, es referente mundial; por otro, la cara oscura, la cantidad enorme de personas que habitan en los territorios de la pobreza y la miseria es una bofetada a las políticas gubernamentales.

Buscaba, en particular, la evolución de la pobreza en Colima. Las cifras no alientan, aunque se aprecia una disminución en las tendencias de la pobreza y la miseria. En 2018, en Colima había 235 mil habitantes en pobreza, una tercera parte de la población; y en la pobreza extrema, 18 mil habitantes.

Mi foco, como cabe suponerse, es lo educativo. Y las evidencias son contundentes: hay una correlación entre pobreza y resultados de aprendizaje o posibilidades de concretar el derecho a la educación. Los pobres pueden ser educados, por supuesto, pero se necesita una pedagogía, y no solo becas y apoyos asistenciales. ¿Podremos entenderlo en los próximos años? Nosotros, pero, sobre todo, los otros, los responsables de la acción pública.

Educar a los pobres

En el umbral del siglo XXI, Carlos Fuentes sintetizó magistralmente un diagnóstico de los tiempos contemporáneos en conferencia dictada el 5 de marzo de 1996. El novelista mexicano propuso un decálogo para la nueva centuria. Comentaré los desafíos iniciales.

A su juicio, el primer reto es la vida: asegurar la posibilidad de la existencia humana frente al suicidio ecológico y la destrucción planetaria. El segundo, contener la explosión demográfica, especialmente en algunas regiones. Colocó después el fortalecimiento de los derechos de la mujer; enseguida, el replanteamiento de las relaciones geopolíticas del orbe y las asimetrías entre países desarrollados y atrasados. Las cifras de la pobreza en América Latina eran elocuentes: “En el informe que elaboramos los miembros de la Comisión presidida por Patricio Alwyn para la Cumbre sobre el Desarrollo, que tuvo lugar el año pasado en Copenhague, constatamos que en la América Latina la pobreza, lejos de disminuir, va en aumento: 60 millones más de miserables entre 1980 y 1990, hasta llegar en la actualidad a 196 millones de latinoamericanos con ingresos inferiores a los 60 dólares”.

En la década posterior la pobreza disminuyó relativamente, pero sigue lacerando. El informe de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), Panorama social de América Latina 2013, registró una disminución de la pobreza en números relativos, aunque en millones de personas no se reflejó. En 2012, 28.2% de la población latinoamericana era pobre, y la indigencia atrapaba al 11.3%; es decir, 164 millones de pobres y 66 millones de miserables. La evolución es sombría: 18.6% de población en pobreza extrema en 1980 correspondía a 62 millones; mientras que el 11.3% de 2012 equivale a 66 millones.

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Lotería fatal

Aunque la Declaración Universal consagra los derechos humanos, las realidades de miseria, los esquemas económicos inmisericordes, las visiones políticas y la atroz voracidad se encargan de pulverizar la libertad, igualdad y fraternidad, junto con todos esos discursos que ponderan las bondades de los años que corren.

Hoy, las posibilidades de vivir con dignidad, alimentarse, educarse y rebasar la barrera de los 35 años dependen de la región del mundo donde se nace. En una lotería extraña, los poquitos que nacen en algunos países, en algunas regiones dentro de esos países, y en ciertas colonias de aquellas regiones y países, vivirán como ciudadanos de primera. El resto, la gran mayoría, sobrevivirá apenas. El horizonte es negro: los hijos parecen destinados a vivir peor que los padres; circunstancia inédita en la historia.

Distintos informes mundiales, aunque pretenden ser optimistas, no pueden esconder terribles imperfecciones. Por ejemplo, el informe de la UNICEF 2009, “Estado mundial de la infancia”, es cruda expresión de la terrible inequidad en el planeta. Nacer en un país pobre entraña un riesgo 300 veces mayor que quienes nacen en países industrializados. 10, 20, 50, 300 veces es éticamente inaceptable; ni siquiera políticamente parece sostenible una sociedad mundial con esas grietas. Mientras en Níger el riesgo de morir en el parto es de uno entre siete, en Irlanda es de uno entre más de 47 mil. De esa forma, eran cuatro millones los niños recién nacidos (hasta 28 días) que morían al año por causas evitables.

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EL ORGULLO DE SER DOCENTE 2

12065605_1009334235797618_2543224809619197694_nDesde hace varios días quería mostrar la foto que acompaña esta página. La imagen es poderosa, impactante. Tendría más adjetivos, pero prefiero eso, antes que decir dramática o algo de tinte desalentador.

Cada uno verá lo que quiera. La imagen, dentro del desnudo casi total, me gusta porque simboliza el compromiso, la pasión, la responsabilidad de un profesor pobre, enseñando a un estudiante más que pobre, en un contexto pobre, pobrísimo, donde abundan, en cambio, las ganas de aprender y compartir.

Como magistralmente recordara Fernando Savater en el Teatro de la Universidad de Colima, la educación es la lucha contra la fatalidad. Es la fatalidad la que intentan combatir un alumno y un estudiante, que no esperan a que se repare la escuela, lleguen los paquetes de útiles escolares o los uniformes, menos las becas para maestros y alumnos.

La educación es la lucha contra la fatalidad que condena a los pobres a ser eternamente pobres. No digo ingenuamente que la educación es el pasaporte para el bienestar material, porque no es la educación lo único que se precisa para el progreso social, pero es un ingrediente indispensable. No basta la educación para dejar la pobreza, pero la pobreza sin educación es cadena perpetua.

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ENTRE NOTICIAS

El martes 28 leo, a mitad de la tarde, noticias del lunes 27. No es habitual, ni recomendable, pero encontré notas que me parecieron útiles para el seguimiento de ciertos temas.

En Afmedios encontré un interesante artículo sobre la pobreza en Colima. El título es sugerente y me parece que Arnoldo Delgadillo, el autor, pudo sacar más provecho de las cifras mostradas. Pero el contenido, bien. En resumen, si no leyeron, les repito: 770 mil pesos costó sacar a cada uno de los tres mil colimenses de la pobreza extrema. El resultado es producto de la división de los 2,310 millones de pesos invertidos entre los tres mil colimenses que abandonaron el territorio de la miseria entre 2013 y 2014, según informó el órgano oficial (CONEVAL) responsable de medir avances (y retrocesos) en la materia.

Las cifras no son espectaculares, menos si se sigue leyendo que entre 2012 y 2014 el número de pobres en Colima pasó de 237 a 244 mil 900 personas. Como sucedió en otros países, la pobreza es tan aguda que aunque se reduzca en porcentajes, el número de pobres no para de crecer, y es que en Colima la pobreza disminuyó de 34.4 a 34.2 por ciento, pero no el número absoluto de pobres.

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