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Debates y pobrezas

En estos días intenté actualizarme en los debates sobre el artículo 3º constitucional. Preferentemente usé los videos disponibles en la red, pues las fuentes escritas que habitualmente consulto estaban registradas. Me sorprendieron dos cosas, que ya intuí en otros momentos. Por un lado, que se concentra en los académicos y actores de la capital del país, como si solamente allá existieran capacidades y argumentaciones racionales para un debate necesariamente nacional.

Por otro lado, aprecié con más claridad (y un dejo de preocupación) el nivel de conocimientos de los actores políticos sobre el campo educativo. La cosa no es menor. Que los diputados y senadores, por ejemplo, deban decidir sobre aspectos torales, los tendría que comprometer a conocer un poco; no parece así en muchos casos. Tampoco es un mal generalizado, quiero suponer.

Me resulta imposible no recordar una experiencia que viví hace más de 10 años en Argentina, en un congreso organizado al alimón por los diputados provinciales y la Universidad Nacional de Catamarca. La conclusión más sorprendente, al respecto, es que yo era incapaz de diferenciar quién era un académico y quién un diputado, por los niveles de argumentación, solvencia profesional y conocimiento de los asuntos educativos.

No es el caso nuestro, tristemente, y eso quizá es señal de agotamiento de la vida política nacional y, de alguna forma, de la responsabilidad política de las universidades que formaron a dichos personajes.

La insoportable brevedad del poder

Nadie es tan poderoso para sentarse impávido a mirar cómo transcurre la eternidad. Nadie. Aunque los acólitos y jilgueros de la prensa no se cansen de repetirle, un día sí, otro también, que nadie es más guapo, inteligente y carismático, la cortina del poderoso termina por desvelarse.

¿Qué es un político en este medio mexicano, colimense, sin un aparato propagandístico fina y generosamente aceitado con muchos pesos y regalos? No digo que no habrá de otra calaña, pero la gran mayoría son de oropel.

Pepe Mujica, viejo sabio (no me canso de repetirlo), volvió a hacer declaraciones para la prensa española. Los políticos, aunque se ubiquen en las antípodas del ex presidente uruguayo, harían bien en escucharle, aunque no admitan nada ni lo declaren.

Ahora rescato tres joyitas expresadas por Mujica de la cuenta de Twitter de la periodista española Ana Pastor:

-el poder es como unos zapatos nuevo que te aprietan, cuando te los quitas te liberas.

-no se llega a ser presidente por sabio, si no el mundo iría mejor.

-me idealizan, me hacen un estereotipo. Y no soy yo, es una caricatura. Y yo soy un viejo común y corriente.

Leo y no puedo evitar una leve sonrisa irónica cuando pienso en las noticias recientes: no encuentran al ex gobernador de Colima para notificarle de un proceso en su contra. Hace poquitos meses era semidios; las alabanzas, ruborizaban. Hoy, se acomoda ya en el lugar justo que le depara la historia.

Con una sonrisa más abierta, me río de los imbéciles (de género y génera), que creen que su presencia mediática, los aplausos que escuchan, las sonrisas que les prodigan y los besos que reciben son por ellos y no porque tienen un cargo, un triste cargo bien pagado pero que un día dejarán y entonces, solo entonces, cuando caminen por la calle (si se atreven), sin suburbans ni guardaespaldas, podrán reconocer su real tamaño y la autenticidad de quienes, otrora, les aplaudían y halagaban.

CINISMO CONTRA CIVISMO

Cinismo y civismo reúnen, en su antagónica posición, alguna parte de los contrastes entre discursos y realidades en las sociedades que vivimos. Gráficamente son casi idénticos; los distingue una minúscula línea. En los actos de mujeres y hombres son como el cielo y el suelo.

Cinismo en los congresos, en los hombres (y mujeres) del poder, en los gobernantes, en los representantes populares. Civismo en el currículum de las escuelas básicas, en los proyectos educativos, en los maestros, en su enseñanza; civismo en los aprendizajes, en las prácticas.

La cosa no es tan dramáticamente contrastante. En la escuela sus profesores no son santos, tampoco los directores o autoridades, ni entre sus dirigentes sindicales. También hay cínicos en el sistema escolar y farsantes y demagogos e imbéciles.

En el planeta de la política mexicana habrá algunos virtuosos, que se alejen del polo cínico. No creo que muchos. Para ser sincero, no estoy seguro de reconocerlos con alguna certeza. Creo haber conversado con algunos de ellos, pero son excepciones.

Con una sociedad dominada por el cinismo, el futuro como promesa tiene vida corta. Pero, tal vez, conviene discutirlo, para abrir resquicios aunque sea mínimos a la decente esperanza.

Cinismo, según la definición del diccionario de la Real Academia Española, tiene los siguientes significados: Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables./Impudencia (descaro, desvergüenza), obscenidad descarada./Doctrina de los cínicos, que expresa desprecio hacia las convenciones sociales, las normas y valores morales./Afectación de desaseo y grosería (desusado).

Sinceramente, deseo estar equivocado, totalmente equivocado.

Alguien que me lo demuestre.

LA COSTUMBRE DE MENTIR

El 15 de junio en su cuenta de Twitter Alfredo Llorente, director general del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA), escribió: “México es el único país del mundo que brinda servicios educativos a sus connacionales en el exterior”. Me sorprendió la afirmación y la leí una, dos veces. No es una ligereza lo que dijo: es una mentira.

¿Cómo se puede mentir con esa desfachatez? Pensé. Y heme aquí, intentando responderme.

No sé cuál es la fuente en que se basó, si es un dato de alguno de sus asesores, si lo informaron mal o si nada más se le ocurrió descubrir el hilo negro. Un sólo ejemplo de otro país en el mundo sería suficiente para demostrar la mentira. Se lo mostré en Twitter pocos minutos después con el caso de Argentina, del cual supe por comentarios de usuarios reales. Desde la página principal de su Ministerio de Educación se puede abrir una liga que orienta sobre los servicios que tienen los argentinos en cualquier parte del mundo. Allí está a la vista.

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LOS PROBLEMAS DESDE UN TAXI

¿Se imagina usted que al tomar un taxi en el regreso a casa o camino al trabajo, en el retrovisor descubre o cree adivinar un rostro conocido que le habla con vivo interés y le pregunta por todos los temas públicos que caben en los minutos del traslado?

Algo así, o parecido, experimentaron algunos habitantes de Oslo al abordar un taxi conducido por el premier noruego Jens Stoltenberg. Su objetivo era sencillo de expresar pero de múltiples implicaciones: “conocer la opinión de la ciudadanía sobre los grandes temas”. Sí, conocer sus opiniones al nivel de la calle, de lo que opinan los ciudadanos y no solo los medios y los asesores.

A la inteligente maniobra que denota sensibilidad y preocupación, no sé qué reacción habrá sobrevenido en el nórdico país, pero en nuestro caso, si sucediera, se  sentaría un inconcebible precedente, me temo que lejano todavía de los más extraños delirios de algún gobernante.

Mientras Vicente Fox prefería no leer las noticias para no amargarse cada día, la gran mayoría de los gobernantes (el propio Fox en su momento, claro) pagan jugosas cantidades con dinero público a los medios para que cada mañana, cada tarde, cada noche, y siempre que sea necesario, les repitan, como la bruja de Blanca Nieves, quién es el mejor, el único, el bien amado…  por los tres o seis años que dura el puesto, obvio.

Leyendo la nota sobre el político noruego en el diario “Tiempo argentino”, recordé con una sonrisa (de compasión por nosotros) las últimas elecciones colimenses, en las que un cándido candidato confesaba sorprendido que en Colima “también había pobres”, es decir, que desde los suntuosos vehículos oficiales en que paseaba, y antes, cuando era un ciudadano común, no había visto jamás esa clase de gente a sus cuarenta y muchos años.

No se puede juzgar a los políticos mexicanos por los hechos de algunos, entre otras razones, porque siempre habrá peores (hechos y políticos), y los juicios correrían el riesgo de quedarse cortos, para su fortuna y nuestra desgracia.