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Entradas con las etiquetas ‘Problemas sociales’

LOS PROBLEMAS DESDE UN TAXI

¿Se imagina usted que al tomar un taxi en el regreso a casa o camino al trabajo, en el retrovisor descubre o cree adivinar un rostro conocido que le habla con vivo interés y le pregunta por todos los temas públicos que caben en los minutos del traslado?

Algo así, o parecido, experimentaron algunos habitantes de Oslo al abordar un taxi conducido por el premier noruego Jens Stoltenberg. Su objetivo era sencillo de expresar pero de múltiples implicaciones: “conocer la opinión de la ciudadanía sobre los grandes temas”. Sí, conocer sus opiniones al nivel de la calle, de lo que opinan los ciudadanos y no solo los medios y los asesores.

A la inteligente maniobra que denota sensibilidad y preocupación, no sé qué reacción habrá sobrevenido en el nórdico país, pero en nuestro caso, si sucediera, se  sentaría un inconcebible precedente, me temo que lejano todavía de los más extraños delirios de algún gobernante.

Mientras Vicente Fox prefería no leer las noticias para no amargarse cada día, la gran mayoría de los gobernantes (el propio Fox en su momento, claro) pagan jugosas cantidades con dinero público a los medios para que cada mañana, cada tarde, cada noche, y siempre que sea necesario, les repitan, como la bruja de Blanca Nieves, quién es el mejor, el único, el bien amado…  por los tres o seis años que dura el puesto, obvio.

Leyendo la nota sobre el político noruego en el diario “Tiempo argentino”, recordé con una sonrisa (de compasión por nosotros) las últimas elecciones colimenses, en las que un cándido candidato confesaba sorprendido que en Colima “también había pobres”, es decir, que desde los suntuosos vehículos oficiales en que paseaba, y antes, cuando era un ciudadano común, no había visto jamás esa clase de gente a sus cuarenta y muchos años.

No se puede juzgar a los políticos mexicanos por los hechos de algunos, entre otras razones, porque siempre habrá peores (hechos y políticos), y los juicios correrían el riesgo de quedarse cortos, para su fortuna y nuestra desgracia.

RECONQUISTAR LA CIUDAD

Los fenómenos de la violencia y el narcotráfico provocan efectos incalculables en aspectos que no son contabilizados. A los números de muertos (doloroso cada uno), a los negocios lícitos cerrados, al dinero invertido en la “guerra” contra el narco habría que sumar otras consecuencias de naturaleza distinta, como el miedo, el desaliento y la incertidumbre clavada en las cabezas de la ciudadanía. El fenómeno no es nuevo. Carlos Fuentes, antes de ingresar al milenio, ya había advertido sobre lo que llamó “los problemas de la civilización urbana”, incluyendo los enunciados y otros, como la mendicidad. El tiempo los exacerbó ante la incompetencia cómplice de los gobiernos y la indolencia de la gran masa.

En ese coctel de problemas los ciudadanos no tenemos el derecho de usar las calles como antaño. Lejos quedaron las épocas en que niñas y niños eran libres para transitar las calles y usarlas, por ejemplo, como canchas de fútbol, sólo expuestos al peligro de los vehículos. El paisaje cambió drásticamente y no se trata de llorar por tiempos idos, sino de revisar las consecuencias vislumbrando horizontes. Las calles se convirtieran en páramos, en guetos, en algunas zonas en “territorio comanche”, la franja donde se juega la vida a cada paso. La sociedad perdió el derecho del tránsito y disfrute de las calles, con efectos nocivos en el tejido social y en el desarrollo infantil. No son las calles en muchas ciudades un lugar para el encuentro, es decir, para las relaciones humanas.

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Botones antipánico y violencia contra mujeres

DSCN2282En sociedades convulsionadas las buenas noticias reconfortan y deben propagarse, a veces como ejemplos de lo que es necesario, de lo que deseamos o debemos tener, de lo que es indispensable para aspirar a que la sociedad de nuestros hijos sea mejor o, por lo menos, no peor que la actual.

Desde la semana anterior he escuchado sobre los “botones antipánico”. Primero no me ocupé con atención, pero hoy estuve mirando la noticia de la detención de un hombre que estuvo a punto de golpear a su esposa y fue apresado por la policía justo antes de que pudiera lograr la infamia.

Estas detenciones, tres en estos días en Córdoba, fueron posibles gracias a que las víctimas del intento de ataque recibieron del gobierno provincial un pequeño aparato (semejante al control remoto de un auto) que al activarse transmite una señal a las oficinas de policía y con el geolocalizador ubican el sitio de la probable agresión. Son, hasta hoy, 300 los botones distribuidos por el ministerio de desarrollo social cordobés a mujeres que enfrentan una causa legal por la violencia de que son víctimas, o en casos de riesgo previsible.

Explicó el ministro del área que la respuesta provocó una mayor demanda y que esperan triplicar el número en los próximos meses, para extender el beneficio a las localidades de la provincia de Córdoba, pues ahora es solo para las mujeres de la capital. Por otro lado, el jefe de gobierno de la capital federal, Mauricio Macri, anunció que se entregarán 60 mil botones a adultos mayores y mujeres, para prevenir ataques o atender emergencias médicas, pues el aparato tiene dos botones, uno que envía la señal a servicios médicos y el otro a la policía, donde recibe primero auxilio telefónico mientras llega el patrullero.

No sé si en México exista alguna experiencia semejante, pero me parece que su réplica es plausible para evitar que la violencia contra las mujeres, una grave enfermedad social en nuestros países, siga cobrando víctimas fatales y prevenir que los hijos, las hijas crezcan en ambientes donde la violencia sea parte natural de la convivencia.

 

 

Algo se rompió

Cuando en Colima empezó la ola de violencia que nos inunda, la cantaleta oficial repetía que éramos el estado más seguro del país. Tal vez no lo valoramos en su justa dimensión, pero más tranquilo sí que lo era. Algo se rompió al comenzar la segunda década del siglo en este otrora pacífico lugar. Las muertes violentas ocurrían solo en las carreteras, en los accidentes o en las fiestas populares, al calor de la discusión alcoholizado y las desavenencias personales. Algo se rompió y nacieron otros paisajes. Primero una muerte por ejecución delincuencial, trozos humanos hallados en bolsas negras y recados, secuestros, decapitados, tiroteos en las calles, en Colima capital, en Manzanillo, luego se fueron extendiendo por la geografía colimense. Aquellas muertes tuvieron la justificación que pronto dejó de surtir efecto: no eran de aquí  las víctimas y los presuntos responsables, se decía, y no lo dudo. Los periodistas hablaron de “la hora de los ejecutados”, o algo así. Las fotos de nota roja ocuparon espacios de primera plana en algunos medios que encontraron en la sangre la oportunidad de elevar tirajes. Las imágenes macabras impresas en diarios primero sorprendieron y desconcertaron, hoy expresan los niveles de afectación social y psicológica. La muerte, los asaltos, las ejecuciones en las calles, en ciudades y pueblos, a plena luz del sol o en la oscuridad, la muerte violenta, en fin, se naturalizó, fríamente natural, como el calor colimense o el sol abrasador, compañía natural, como parte del paisaje. Algo se rompió y el temor inicial parece dar paso a otras conductas. No estamos como antaño, pero tampoco como al inicio de esta era sangrienta, aunque la escalada sigue. Para muestra: anoche  agredieron una gasolinería, hoy la prensa habla de la muerte de un anciano sacerdote, del asalto en un banco de Tecomán, de la muerte de la niña secuestrada. Cierro el periódico, uno cualquiera. Es el menú de estos días, meses, años. Así estamos ahora, un poco ajenos hasta que no toca una vida cercana; un poco indiferentes, un  poco indolentes, mientras los cimientos de esta ciudad, de este Estado, no recuperan la fortaleza, ni las calles su tranquilidad habitual. Nuestro sentido común está mutando peligrosamente. En conversación ajena escuché a alguien justificar el cuarto asalto a una gasolinería diciendo: “Es que –los dueños- no quieren dar dinero –a los extorsionadores”.  ¿Cuánto más habrá que seguir en esta condición que mezcla resignación, impotencia, complicidad e indiferencia? Algo se rompió, sin duda, ¿cómo habremos de recomponerlo?

 

 

 

 

 

Delirios

Para que algunas cositas pudieran ser mejores en el mundo, me temo que debemos tomar decisiones radicales. Pensarlas y ejecutarlas de otra manera. Quizá imitando malos ejemplos y malas personas nos deje un saldo favorable. ¡En la historia habrá ejemplos dignos de copiarse!

Nos contaba un profesor y amigo que la papa se introdujo a Francia en un momento de terrible hambruna. Fue muy simple: la gente no quería comer papa, entonces, en los terrenos donde se sembró pusieron letreros anunciando que las personas que osaran invadirlos serían castigados por el Rey, dueño y señor de las tierras. Propensos como somos los seres humanos a sucumbir a la tentación, empezaron a meterse y robarse las papas. Fue un éxito.

Ya es tiempo de intentar, por lo menos, cambiar lo que no funciona pero con otro discurso y otros modelos, lejos de la moralina y los mandamientos. Creo, por ejemplo, que tenemos que decir, hasta el cansancio, que no es bueno ser bueno, que es malísimo ser buena persona. Hay que decir que es buenísimo tomar coca cola, o pepsi cola. Que el cigarro limpia los dientes y las drogas exorcizan la imbecilidad. Podríamos difundir que no es bueno caminar por caminar, ni respirar el aire limpio. Tenemos que decir que las cosas lindas de la vida están prohibidas, o cobrar impuestos por cuidar el cuerpo, apreciar los atardeceres y disfrutar los amaneceres caminando.

Tenemos que difundir con campañas -y todas las desviaciones de recursos que se conocen los partidos políticos-, que el planeta no se agotará y que el agua es un recurso infinito, que el planeta no dejará de ser verde o azul, aunque quememos todos los bosques y selvas del mundo.

¿Les parece una mala idea?

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