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Entradas con las etiquetas ‘Sistema educativo nacional’

El fenómeno de Finlandia

El fin de semana observé el documental llamado “El fenómeno de Finlandia”, que narra la visita de Tony Wagner al país nórdico para conocer las escuelas, entrevistarse con directoras, profesores y estudiantes, intentando explorar otras vetas del caso finlandés. No es reciente, pero lo desconocía.

Para quienes han leído o estudiado los resultados del sistema educativo finlandés, habrá pocas novedades, aunque muy interesantes, como las sesiones de clase que observó Wagner de maestros formando a futuros maestros; o el escueto plan de clases que le muestren y con el cual ingresa al aula de matemáticas. Otros son caminos ya recorridos, pero que siguen imponiendo una altísima exigencia: la selectiva y privilegiada profesión docente, a que solo pueden aspirar los mejores entre los promedios más altos.

No soy un nostálgico cándido de las recetas de otros países, para aplicarse ingenuamente en el nuestro; sí, un convencido de la pedagogía comparada, y un renegado ante quienes insisten en buscar las soluciones en su propia ignorancia o hurgándose en el ombligo, para revestir de palabras viejas, prácticas o programas también antiguos. Me inspiran casos así, y confirmar en el documental, por ejemplo, que los uniformes escolares no hacen a las buenas escuelas, ni todas esas medidas disciplinarias que terminan por cobrar vigencia en sí mismas, más allá de asumirlas como un mecanismo supeditado al fin superior, la formación de los estudiantes.

Para algunos podría ser asombroso apreciar que los estudiantes en aquel país no llevan uniforme, ni el pelo celosamente recogido, o cortes convencionales. Esa disciplina entre nosotros se entiende como muy importante, y no como una autorregulación del comportamiento y de los hábitos sanos para sí mismos y la convivencia democrática pacífica.

Finlandia sigue siendo ejemplo; para muchos, inspiración, de que en nuestras propias condiciones podríamos construir una escuela mejor, distinta, con renovadas prácticas y compromisos. De que es posible, no hay duda. La primera clave, pensando en futuro, único espacio donde pueden consumarse los cambios estructurales, está en las escuelas normales, en la Universidad Pedagógica y en las facultades de educación, donde se forman los maestros, a donde tendrían que volver los maestros que hoy laboran para revisarse, acompañarse y mejorarse.

Los cambios profundos en educación no ocurren en los discursos grandilocuentes al inicio del ciclo escolar, tampoco en los congresos parlamentarios cuando se decretan leyes; tienen concreción cuando la vida en las escuelas se enriquece, cuando los maestros y los estudiantes enseñan y aprenden con alegría y pasión.

Nuevo ciclo escolar, buenos deseos

El sábado los niños declararon estar preparados para el regreso a clases. Habrá sido así, poco antes o poco después, con la mayor parte de los millones y millones de niños que hoy vuelven a la escuela para el ciclo escolar. Unos irán más contentos, unos con pesadumbre, pero todos aprenderán mucho, sin duda.

Los comienzos, como los finales, encierran sentimientos encontrados. En el inicio hay alegría por las novedades, tristeza por los compañeros que no regresan o cambian de grupo; así con los estudiantes como con los maestros, aunque los adultos, por las vicisitudes de la edad y en muchos casos los vaivenes laborales, suman incertidumbres delicadas.

En casa Mariana Belén mira con nostalgia la lista de compañeros y extraña ya a varios de sus antiguos condiscípulos de primer grado, a las mujeres, sobre todo. Tendrá maestros distintos y otros retos. Juan Carlos, más sereno, solo se inquieta por la petición bizarra de la directora para que acuda a sus clases con un corte de pelo “convencional”, en un gesto propio de esas mentalidades que se perpetúan cuando los tiempos cambiaron y las exigencias disciplinarias imponen mentalidades abiertas e innovadoras, ocupadas en las variables estructurales que inciden en la calidad de las buenas escuelas, no en el color de las calcetas, los moños en el pelo de las niñas o la blancura de los zapatos deportivos.

Este año lectivo tendrá componentes extra: distintos planes de estudio, un proyecto en ciernes para el cual se capacitó a los docentes pero que se aplicará solo en algunos aspectos, dudas sobre las nuevas reglas que regirán la carrera del magisterio, especialmente su ingreso y promociones, entre los más destacados.

Ojalá durante el nuevo ciclo escolar se vayan despejando las incógnitas que siembra la llamada Nueva Escuela Mexicana; que se transite con transparencia hacia un sistema de ingreso, formación, actualización y promoción magisterial que incentive y potencia a los buenos maestros, sensible a todos y que no se resigne ante los malos; que no falten los apoyos que históricamente escasean en miles de escuelas pobres, especialmente las que sirven a los más pobres; que los papás y mamás, desde casa, alienten, acompañen y exijan en la medida justa; y que las autoridades, de la escuela a la más alta jerarquía, asuman el sentido de autoridad recordado por Miguel Ángel Santos Guerra: hacer a crecer al grupo.

Nunca hubo tiempo que perder, ahora menos. El tren del siglo 21 avanza a veces con pasos acelerados, otras con ritmo lento, pero no se detiene. Es urgente apresurarse para no perder el boleto hacia un futuro distinto.

 

 

Los rechazados en la 4T

Los desencuentros en materia educativa no cesan desde el comienzo del gobierno federal. Apenas anunciada la iniciativa para modificar el artículo tercero constitucional, el presidente abrió varios frentes y recibió andanadas de un sector combativo, pensante y acostumbrado a marchar contra la corriente: la pretensión de borrar la educación inicial o la embestida contra la autonomía universitaria, disfrazadas de erratas, son ejemplos.

Los episodios se suman con preocupación, aunque desde la oficialidad se desdeñan e, incluso, se asumen con cierta alegría, como estertores del pasado corrupto, oscuro y deleznable que debe enterrarse. Así se observaron el rechazo a las medidas contra las estancias infantiles o los recortes presupuestales a distintos programas federales, para privilegiar los del régimen. Otras protestas fueron francamente despreciadas, como la designación de los miembros del Consejo Técnico y la Junta Directiva del organismo que se encargará de la mejora educativa por parte del Senado, convertido en oficialía de partes de la presidencia, como casi siempre ocurrió, aunque la promesa era transformadora.

La más reciente protesta del personal del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados, integrado por una prestigiada membresía científica, parece confirmar que este podría ser el signo del sexenio, si se empeñan en la misma línea de conducción política.

En las próximas semanas otra nube negra asoma en el horizonte: los mal llamados “rechazados” de las universidades, problema añejo, pero que será enfrentado, por vez primera, con otros estilos. Además, el gobierno tiró un chorro de alcohol en la hoguera con decisiones aplaudibles pero que exigen acciones consecuentes: abrió la puerta para la obligatoriedad de la educación superior, cuando el país todavía no garantiza el acceso ni en secundaria o media superior; las becas masivas en bachillerato; estancamiento del presupuesto para las universidades públicas y la creación de la red de universidades Benito Juárez.

Si ya la demanda superaba a la oferta tiempo atrás, este año no será distinto, y es incierto que las instituciones de la tal red resulten atractivas por la precariedad con que nacen. La propia denominación es grandilocuente: ¿universidades con una carrera?, ¿universidades sin realizar todas las funciones sustantivas?, ¿en el siglo 21, universidades sin profesores de tiempo completo, sin relaciones con el mundo académico, sin condiciones apropiadas?

Es prematuro el juicio, pero es inobjetable también, hasta ahora, que faltan señales para avizorar una época promisoria en la educación superior. Por lo pronto, los rechazados de las universidades son otro reto delicado para el gobierno federal; ojalá lo solucionen mirando el futuro, privilegiando el derecho a la educación y no el clientelismo. Pero cuidado: ofrecer instrucción de pobre calidad a los marginados de siempre no será, de ninguna manera, un paso adelante en la necesaria universalización de la enseñanza superior.

Desafíos para el bachillerato en la 4T

En su conferencia reciente en la Universidad de Colima, Juan Pablo Arroyo, subsecretario de Educación Media Superior, expuso un documento que sintetiza las ideas centrales del nuevo gobierno para ese tipo educativo. El énfasis en mi artículo está en dos temas: el problema estructural del abandono escolar y los rasgos de la “nueva escuela mexicana”.

El power point abre con los “desafíos clave”. Encontramos una repetición de lugares comunes: cambiar la forma de aprendizaje en el aula, una idea recurrente que ya proclamaba Juan Amos Comenio cuando escribió “Didáctica magna” en el siglo XVII; hacer del docente y del directivo un agente de cambio, lograr que toda la comunidad participe en el proceso de cambio o tener instalaciones y conectividad adecuadas no son tampoco novedosas. Inquietante es el último: buscar la “sustentabilidad financiera”. No anticipo juicios.

Seis son los ejes de la política pública para educación media superior, solo enlisto: educación con calidad y equidad, contenidos y actividades para el aprendizaje, dignificación y revalorización del docente, financiamiento y recursos, infraestructura educativa y gobernanza del sistema educativo.

Luego aparece el diagnóstico de algunos problemas del sistema educativo. De acuerdo con el seguimiento (datos de la SEP) de la generación que ingresó a la primaria en el ciclo 2001-2002 y culminó la licenciatura en el 2017-2018, solo 24 de cada 100 egresaron de la carrera profesional. En todas las transiciones, desde la primaria, hay pérdidas cuantiosas: 8 niños durante los años de la primaria, 16 en secundaria y 24 durante la media superior. La enseñanza superior también perdió casi un tercio.

La tasa de abandono escolar en media superior es notablemente alta; según datos del INEE, más de 700 mil estudiantes expulsados del sistema cada año. 7 millones por década es una barbaridad, y coarta la posibilidad de concretar el derecho a la educación e impide al país una ciudadanía con buena formación intelectual, cultural, técnica. Leer más…

La escuela deseable y posible

Concluida la última semana escolar de abril, Juan Carlos estaba muy contento. Los viernes suele ser así, porque sabe que tiene por delante dos días de descanso y por su clase de ajedrez, un gusto que le persiste felizmente todo el año lectivo.

En la conversación rumbo a casa le pregunté por lo evidente: ¿por qué te gusta tanto esta semana? Su respuesta me sorprendió, concreta y contundente: porque no llevamos uniforme, porque no hay tareas y porque tenemos más libertad. ¿Qué había de peculiar? La semana de festejos del día del niño, por supuesto, que convierte a la escuela en un sitio y ambiente distintos.

No sé qué piensan otros niños, ni cómo se vive en otras escuelas esa fecha. Pero tengo como hipótesis que la contestación de mi hijo es un diagnóstico certero de la vida escolar en muchas escuelas, quiero decir, de cómo experimentan muchos niños la vida en muchos centros escolares. El resultado, sin el aliento de la familia y la fortuna de buenas maestras, puede ser funesto: odio al ritual de la escolarización, enfado, animadversión, aburrimiento…

La respuesta de Juan Carlos no tiene sentido como una valoración puntual, sino como pista para comprender la naturaleza de la institución educativa y su condición obligatoria: un espacio de reclusión forzosa, como la cárcel, el manicomio o el hospital, a donde uno, en condiciones normales, no elige asistir.

Acudir a clases durante 190 días (como será el próximo año escolar) implica un esfuerzo arduo de maestros y alumnos, una rutina que debe experimentarse como desafío permanente, con ocasiones diarias para el descubrimiento, pero también para el aprendizaje a partir de los errores, para el impulso al trabajo colectivo, así en alumnos como maestros, para la oportunidad de volver a comenzar después de un fracaso.

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