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La nueva dinámica de las universidades

El llamado neointervencionismo estatal en las instituciones de educación superior, especialmente en las universidades públicas, conforma hoy uno de los objetos de estudio más vigorosos en el campo educativo mexicano, desde distintas perspectivas (políticas, económicas, sociológicas y pedagógicas).

Autonomía universitaria, productivismo, burocratización, sobre regulación, empresarialización y gobierno universitario son, entre otras, algunas de las palabras clave del tema. Ya no hay duda en algunas zonas del debate. Por ejemplo, una de las conclusiones más comunes es que asistimos a una mutación profunda de la universidad, no epidérmica, pero con algunos rasgos poco deseables para la academia.

Dejo enseguida un extenso párrafo tomado del libro de Adrián Acosta, de sugerente y evocador título (“Príncipes, burócratas y gerentes. El gobierno de las universidades públicas en México”, ANUIES, 2009), para ilustrar riesgos inminentes: “Pero otra de las consecuencias del nuevo intervencionismo estatal tiene que ver con la obsesión por el control de los insumos, los procesos y los resultados de las acciones gubernamentales en la educación superior. De esta obsesión –y sus respectivas traducciones institucionales en cada universidad- se alimenta el llenado masivo de formatos, informes, evaluaciones, autoevaluaciones, producción de indicadores, documentos, reuniones, talleres, seminarios. El activismo de los funcionarios gubernamentales y universitarios se ha respaldado en programas, metodologías y enfoques que han alcanzado un insospechado grado de sofisticación, alimentado en su mayor parte por consultores locales e internacionales que han incorporado a las universidades públicas entre el tipo de organizaciones que conforman sus carteras de clientes y proveedores –parte de lo que se ha denominado como la ‘empresarialización’ de la universidad… Todo ello tiene que ver, más que con la rendición de cuentas (el paradigma invocado por el propio gobierno federal para argumentar su activismo), con el control burocrático sobre las universidades y sobre los académicos, que ha confeccionado una extraña mezcla de resultados no deseados o perversos en la gestión universitaria, que van desde sospechas sobre la manipulación de la información institucional hasta la certeza sobre el fortalecimiento del fenómeno de sobre burocratización de la vida académica universitaria”.

La realidad que pinta el párrafo de Adrián Acosta es ya, para nuestra desgracia, un retrato costumbrista de la vida en las universidades públicas mexicanas. Su costo puede ser incalculable. Por fortuna, tiene solución. Una de las ideas más simples pero profundas del educador brasileño Paulo Freire es que el mundo no es, que la educación no es, sino que están siendo, por tanto no están acabados. Si creemos en la idea freireana, entonces la transformación de la educación superior mexicana, en los rasgos indeseables que describe Adrián Acosta, no está agotada, depende de sus actores, y puede ser distinta. ¿Será deseable para muchos?

Fuente: Periódico El Comentario

La expulsión de la confianza

En su análisis sobre la educación superior en países desarrollados (europeos y Estados Unidos), uno de los prominentes expertos en el tema, Guy Neave, propuso la tesis de que buena parte de la actual relación entre los estados y las universidades está alimentada por la desconfianza. Para ser precisos, la desconfianza que sobre las universidades tienen los gobiernos, lo que explicaría el hecho de que ninguna otra institución pública (y privada) sea objeto de tantos controles y auditorías como las universidades.

El discurso que apareció para disfrazar el hecho esencial es el de la rendición de cuentas, una magnífica coartada, necesaria en toda sociedad democrática y contra la cual, en apariencia, no se podría estar en contra, pero que no se aplica de la misma forma (o siquiera cercana) para todas las instituciones, empezando por el propio aparato gubernamental.

A diez años de que Neave afirmara públicamente sus tesis, las políticas públicas han dejado mayores efectos en la reconfiguración de los sistemas de educación superior, y la confianza se fue fugando paulatina pero incesantemente. Los gobiernos, el de México, verbigracia, declara grandilocuente que la educación es una pieza cardinal en la construcción del país, pero en los hechos, el régimen panista, de Fox a Calderón, ostenta el poco edificante record de que año tras año, durante casi una década, ha presentado un presupuesto de egresos para educación superior menor que el año anterior, lo que por fortuna ha sido revertido en la Cámara de Diputados.

Si una relación con ese signo es perjudicial para la educación, hay un daño igual o más grave: la desconfianza también se introdujo en las instituciones educativas, presas de la misma desconfianza con sus propios protagonistas. Una senda mortal para edificar las instituciones, que requieren condiciones distintas, complicidades bien entendidas, solidaridad, acompañamiento y auténtico trabajo colegiado, con el rigor y disciplina debido.

Es la desconfianza la que ha arrastrado a que los programas de estímulos, por ejemplo, se vayan convirtiendo en una carrera para evitar todos los subterfugios y engaños, ponderando la productividad por la productividad, sin atender al impacto real en las funciones sustantivas y al cumplimiento de sus objetivos: mejorar la docencia y la investigación mediante el estímulo económico a los profesores.

El rumbo no parece conducir a buen puerto. En la desconfianza todos son sospechosos, todos pueden ser vigías; además, se desdibuja el rasgo que define a la educación: un acto humano, de humanización, de raigambre social y política inocultable. ¿Seremos capaces de dar una vuelta de timón y reorientar el sistema y a las universidades? La tarea no es fácil, pero sí necesaria. Si no somos capaces, las aves de mal agüero o los mercaderes pronto podrían escoger el mejor epitafio.

Fuente: Periódico El Comentario