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¡Hasta siempre, Pepe!

Con una mezcla de nostalgia y alegría reposada escuché el último discurso del Pepe Mujica al retirarse del Senado uruguayo.

¿Qué más se puede decir del personaje?

Fue guerrillero, prisionero y luego emprendió la lucha política. Su vida, con las imperfecciones humanas, evita que le rindamos tributo como santo, porque no lo es. No sería coherente levantarle una iglesia.

Su ejemplo es inmenso. Llegó al poder sencillo de equipaje, sobrio, y se fue así. Ahora, que se retira, no lo hizo distinto. A sus 85 años creyó que el fin de su carrera era ya. Se va a su chacra, ya famosa y visitada por las televisoras de todo el mundo, a tomar mate y acariciar a sus perros, cultivando flores y haciendo tareas sociales.

No es fácil encontrar otro personaje como él en este mundo de fatuidades, donde importan más las apariencias. El respeto del pueblo uruguayo es universal, o casi. Raúl, el guía de turistas que me trasladó de Montevideo a Punta del Este, en conversación personal, me confesó no ser adepto al Frente Amplio, pero reconoció que el respeto es de todos, porque es un líder genuino y generoso.

¡Hasta siempre, querido Pepe! ¡Aguante muchos años más!

Contenido de la reforma universitaria

En la búsqueda de información e ideas para la comprensión del pasado y presente de la universidad latinoamericana, leo un libro muy interesante sobre la autonomía universitaria en la región. En el turno uruguayo, un capítulo me está resultando fuente valiosa. Su autor es Jorge Landinelli, profesor de la Universidad de la República.

El siguiente párrafo me hizo detenerme para desagregarlo, analizarlo sin prisa y trazarme coordenadas para la comprensión. Escribe: “El reformismo universitario uruguayo del siglo pasado se identificó progresivamente con una visión integral de la democratización de la universidad”. Las ideas son preclaras. En aquella visión pueden identificarse cinco dimensiones de la democratización: “como principio de participación y representación en la elección e integración de los órganos de gobierno universitario; como disposición igualitaria de relacionamiento entre los miembros de la institución; como posibilidad social no discriminatoria de acceso a la educación superior; como voluntad de poner al servicio de las mayorías las realizaciones de la actividad universitaria, es decir, los graduados, la investigación, la extensión; como capacidad de ejercer una función crítica, o sea, contraer la responsabilidad de involucrarse desde las prácticas académicas y científicas en la resolución de los problemas fundamentales de la sociedad.”

¿Cuál es el estado actual de la democratización de las universidades mexicanas? Es la tarea.

Uruguay: el paisito del fútbol, el mate y los amigos

Mañana juega Uruguay en Rusia. Aunque no tendré oportunidad de verlo en televisión, deseo que venza nuevamente, sin tanto sufrimiento como el viernes pasado contra Egipto.

Desde hace un tiempo las personas y cosas entrañables del paisito se me revuelven y me brincan, juguetonas, en cualquier cancha. Si leo a Eduardo Galeano se me antoja prepararme un mate y disfrutarlo como hace Luis Suárez antes de los partidos del Barça. Si escucho a Alfredo Zitarrosa las canciones me llevan por las calles de Montevideo. Si escucho al Pepe Mújica quiero volver a leer su biografía, o disfrutar a Mario Benedetti leyendo poemas con Daniel Viglietti. Si escucho a Galeano la imaginación me ubica sentado frente a él en el Café Brasilero, con su copa de tinto, observando la calle bulliciosa con mirada penetrante.

Cuando los pienso, ahora, me resulta imposible sentarme en la sala de la casa de Galeano, mientras conversan sonrientes, copas de por medio, con Serrat y Sabina.

Cuando veo un partido de la selección uruguaya de fútbol se me mezclan todos esos personajes, lugares, libros, bebidas y quiero, con vehemencia, que ganen de nuevo y se vayan colando de a poquito hasta los primeros, es decir, hasta los últimos en volver a casa, con el talento que les sobra y el enorme corazón con el que aplastaron a 200,000 en el Maracana y millones en el campeonato mundial de Brasil en 1950.

Hallazgos maravillosos: siempre Galeano

Hace cinco años, en un viajecito a Uruguay, tomé el autobús para pasear unas horas en el paraíso de Punta del Este. Anduve de aquí para allá, pisando las arenas de la playa solitaria y apenas recorrida por otros transeúntes extraviados al mediodía; caminé las amplias avenidas y me detuve solo lo indispensable, guarecido del sol con un jipijapa ecuatoriano. Así llegué a la librería El virrey. Una tradición uruguaya que desconocía. Entré maravillado y casi deslumbrado con la cantidad impresionante de libros en el local pequeñito. Hurgué sin rumbo ni intención, esperando que algún libro me guiñara. Compré un texto de Walter Pernas sobre Pepe Mújica, la mejor biografía que he leído sobre el expresidente, y luego, como un rayo, recordé que había leído poco antes la noticia de un nuevo libro sobre los sueños de Helena Villagra, la mujer de Eduardo Galeano. No tenía muchos datos, así que interrumpí con respeto a la librera, ocupada en sus quehaceres, y le pregunté por aquella obra que tal vez habría leído en La Jornada o en Página 12.

-¿Nuevo libro de Eduardo? Respondió en tono interrogativo la señora.

-No, no lo conozco.

-Sí, sí, un libro nuevo, basado en su mujer, o un homenaje a su mujer; eso leí.

-Pues no, me replicó, no lo tengo, pero permítame hacer una llamada.

La hizo. Y la respuesta al otro lado de la línea fue descorazonadora.

-No, señor, no existe nuevo libro de Eduardo; lo tendríamos. Es amigo nuestro.

-Muchas gracias, dije. Pagué y salí con mi bolsa.

En el camino hacia la playa me atravesaron dudas. ¿Lo imaginé o lo leí? Giré el pensamiento y la mirada. El horizonte marino me secuestró. Detuve los pasos en el primer bar, pedí una copa de vino tinto y el menú. La historia se guardó en el baúl de la memoria dubitativa.

El domingo pasado mis hijos me pidieron salir a la plaza para brincar, ese extraño pasatiempo, ¡brincar!, por el que nadie en su sano juicio pagaría en mi pueblo hace 40 años. Obligado porque pasan vacaciones en casa, no pude negarme. Salí con la novela de turno y la mejor actitud posible. Ellos entraron al jumping y yo escapé del escándalo para buscar una banca cómoda donde leer. Recordé que allí muy cerca, a pocos pasos, había una librería que no me merece mucho respeto. Con tiempo suficiente para husmear fui nada más que a perder el tiempo. Como en Punta del Este, como es habitual, originalmente no buscaba nada, y a los pocos metros, un libro me lanzó mirada seductora. No pude evadirla: Los sueños de Helena. Eduardo Galeano. Ilustraciones: Isidro Ferrer. Recordé aquella pequeña historia olvidada, lo tomé en las manos y, pese al precio elevadísimo, solo lo dejé en la mesa para pagar. Con ese, encontré otros apreciadísimos. La librería se ganó un respeto que no le tenía, y yo confirmé que aquel libro no era un sueño, que la vieja librera uruguaya no lo conocía porque no estaba aún en su país, pues la edición latinoamericana era más o menos reciente.

El libro sobre Helena y sus sueños todavía no lo leo. Esperaba un momento propicio, una noche como está, fresca, tranquila, cargada de felices sensaciones. Hoy lo leeré, pero antes, quise pasar por mi Cuaderno para contarlo y revivir lindos recuerdos.

 

El arte en la escuela

La historia que replico la conocí a través de la cuenta de Twitter de Rosa María Torres (@rosamariatorres), pedagoga y política ecuatoriana, quien compartió un artículo en su muy sugerente blog OTRAEDUCACION. La tituló: “Proyecto Restaurarte (Uruguay)”.

Poco tendría que agregar si no me animara la intención de difundir una experiencia tan poderosamente pedagógica, articuladora de sentidos, ejemplar en sí misma, de bajo costo económico (relativo, podrían decirme) y altísima inversión artística, intelectual y docente.

Pretendo, con estas líneas, comunicar un poco más el contenido del caso citado. En el fondo, me encantaría que alguna escuela, directora o maestra en Colima o México, descubriera que es posible repetir, adaptar, resideñar, enriquecer la idea en su escuela el próximo año. O, tal vez, alguien podría contestarme que ya se hizo o se lleva a cabo. ¡Las dos serían magníficas noticias!

El caso recoge un proyecto desarrollado en el Liceo No. 3 (escuela secundaria, para nosotros) de Paysandú, la segunda ciudad más grande de Uruguay. En pocas palabras, Rosa María Torres ilustra desde el inicio: “Este es un proyecto de arte en la escuela, en la escuela secundaria concretamente. Sencillo y extraordinario al mismo tiempo. Y con toque uruguayo”.

Fotos y videos ilustran la experiencia contada por la voz de su autor, Fernando Irecio, un profesor comprometido, apasionado, como suelen serlo los extraordinarios. Me salto la historia completa e invito a leer el texto de Rosa María http://otra-educacion.blogspot.mx/2016/12/proyecto-restaurarte-uruguay.html o visitar el blog de Irecio.

El resultado es que cada alumno pinta su butaca con imágenes decididas libremente, adoptando un movimiento o artista, previa elección justificada. Pero cuidado, no se trata solo de restaurar y decorar una silla (que ya tendría valor), sino de desarrollar un ejercicio articulador de contenidos varios, con indagaciones estudiantiles, para armar el dibujo que habrán de plasmar en las sillas y paletas, con asesoría del profesor de arte.

El producto, además de bello, es extraordinario: “El aula transformada en taller y en galería de arte. Las obras no cuelgan de las paredes; son el mobiliario escolar”, escribe Rosa María.

Otro ejemplo estupendo, una muestra de que la voluntad, la creatividad, la sensibilidad y el trabajo en equipo, desafiando a los estudiantes, puede construir una escuela distinta, mejor, otra escuela.