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Sensaciones de una tarde perfecta

Posted by Juan Carlos Yáñez Velazco

I. En el acceso, el vigilante me reconoce y ya no me pide identificarme.
-Pásele doctor. Viene a la presentación de su libro, ¿verdad?
-Así es. Buenas tardes.
-Sí, ya lo conozco. Tengo su libro anterior. ¿Sabe cuánto cuesta este libro? Quiero tenerlo.

Su comentario me sorprende, porque lo siento natural, porque es un hombre sencillo y no tiene necesidad de aparentar. Le respondo:
-No sé cuánto cuesta, pero yo se lo regalo al final, le doy el mío.

II. La segunda sensación es extraña. El escenario es habitual, familiar, podría decir. Pero un grupo numeroso de estudiantes, vestidos con su bata blanca y silenciosos, me cohíben un poco. El público esta vez será mayoritariamente de estudiantes de la carrera de Medicina en la Universidad José Martí.

Mis temores recurrentes en el preludio de una presentación de libro crecen y casi me asfixian el ánimo. No hay tiempo para más. Es hora de comenzar. El rector, Marcos Barajas, anfitrión magnífico, me invita a sentarnos. Al lado, el comentarista, un colega historiador, Alejandro Rodríguez, lee un texto preparado minuciosamente luego de una lectura que desentraña fondos pedagógicos. Lee con parsimonia y seguridad, y sigue las líneas atento porque sus hojas están marcadas con rayones de lo que habrá prescindido para no extenderse; lo sé, porque me lo cuenta al final.

Después de Alejandro tomo la palabra. Intento relajarme desde el primer momento y asociar el tema del libro a la universidad como espacio por antonomasia para la lectura, la reflexión pausada y la observación cotidiana. Donde es posible, ligo mi campo de estudio, la educación, al suyo, al médico; les digo, por ejemplo, que en nuestras profesiones, la escucha atenta es indispensable, porque ahí empezamos a construir el puente para cruzar el camino al aprendizaje y al cuidado de la salud.

La hora de comentarios y preguntas me produce una sensación cercana a la paz festiva, al relajamiento placentero. Son chicas, chicos inteligentes, informados, preguntan sus dudas genuinas, personales, y escuchan. Uno me pregunta sobre Dostoyevski, al que está leyendo; otro me habla de Albert Camus: que si está su huella en mi libro. ¡Maravilloso! La sesión no es corta ni larga. Dura lo preciso. Luego la firma de libros. No sé cuantos, 30, 25, y una fila que se detiene porque varios estudiantes quieren escuchar opiniones o comentarme. También saludo maestros. Paciente, les respondo; disfruto el momento. Cuando puedo, bebo un poco del café ya frío. Les pido su nombre y escribo un par de líneas diferentes a cada uno. Algunos me solicitan una foto. ¡Faltaba más!

III. La sesión cierra, nos despedimos. Atardece en el sur de la ciudad. Mi hijo Juan Carlos, y yo, enfilamos al auto y rumbo a casa. Antes de llegar a la caseta de seguridad, mientras espero la orden de salida, Juan Carlos me recuerda que debo regalarle el libro al vigilante. Lo tomo del asiento trasero y se lo entrego. El destello agradecido de sus ojos me abrillanta la mirada.

La tarde fue perfecta.

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