En su biografía intelectual, George Steiner (Errata. El examen de una vida, 2020), uno de los pensadores más reputados de los últimos cincuenta años, se detiene en su etapa en la Universidad de Chicago y reflexiona sobre esas instituciones. Escribe: Las universidades son, desde su instauración en Bolonia, Salerno o el París medieval, bestias frágiles, aunque tenaces. Su lugar en el cuerpo político, en las estructuras de poder ideológicas y fiscales de la comunidad circundante, nunca ha estado exento de ambigüedades. Están sometidas en todo momento a tensiones fundamentales.
Es así ahora, en nuestro país, España o Argentina, para citar contextos relativamente próximos. En el caso mexicano, por ejemplo, la asfixia financiera que experimentan las universidades desde hace décadas, agudizada en estos años de fiscalizaciones y sospechas gubernamentales, y ante la presión para ampliar espacios, sin recursos para lograrlo, introduce ese tipo de tensiones “fundamentales”, es decir, que rozan los fundamentos de la institución universitaria.
Más adelante, el crítico literario y eminente profesor universitario, afirma otra marca distintiva: Las universidades albergan parroquias diversas y, a menudo, rivales. Los objetivos del sabio humanista, del pensador especulativo (hasta cierto punto solitario), del escudriñador de textos y archivos, del cronista de un pasado ilustre, coinciden de manera imperfecta, si es que coinciden de algún modo, con la tarea del pedagogo, del instructor general.
Me extiendo para mayor claridad: Hay en la marmórea quietud de los institutos de estudios avanzados, en un día de Todos los Santos en Oxford, la eterna sensación de que el estudiante es un intruso. Y esto es seguramente cierto en el caso de la enseñanza universitaria de las ciencias teóricas… Por otro lado, el poder supremo de la investigación científica, de la investigación sistemática en el laboratorio o en el encerado del algebrista puede ser deslumbrante, pero no guarda relación alguna con la vocación del maestro. En ciertos sentidos, los resortes del compromiso son diferentes, incluso contradictorios...
Para Steiner, las disociaciones entre investigación científica y humanística, por un lado, y la enseñanza, por otro, lastran la academia. La tarea docente suele asumirse, por segmentos del profesorado universitario, como penitencia para dedicarse a lo que en realidad querrían enfocarse si pudieran decidir con libertad su programa de trabajo.
Retomo la imagen de Steiner: “Las universidades albergan parroquias diversas…”, y esa diversidad en su interior, con sus tensiones y contradicciones, podría convertirse en vector para las renovaciones necesarias de una institución ya milenaria, que debe reinventarse de cara a un mundo que suma, a los problemas añejos, los desafíos planetarios de la mitad del siglo. Por eso, es casi impensable concebir las universidades desde el regocijo del pensamiento único o la uniformidad castrante.
A partir de las ideas de Steiner, como de muchos otros estudiosos, podemos afirmar que la universidad ha vivido siempre en tensión. Su problema contemporáneo no es la existencia de tensiones, sino la incapacidad política y cultural para administrarlas creativamente, y eso es un problema, en gran medida, de lo que ahora llaman la “gobernanza universitaria”.
La diversidad de la universidad, incluso conflictiva, pero no paralizante, es precisamente lo que puede salvarla de esta coyuntura, porque de la discrepancia pueden surgir las movilizaciones vitales y las grandes ideas.
