Breve tratado contra la estupidez digital

Escena de aula: la velocidad de la nada

Posted by Juan Carlos Yáñez Velazco

El profesor entra al aula con una pregunta que cree difícil, pero no imposible: “¿qué significa comprender un texto?”. La lanza al grupo con cierta esperanza, como quien arroja una piedra para ver si el agua responde con ondas.
No hay ondas. Hay pantallas.

Al fondo, un estudiante ya ha tecleado la pregunta casi literal. En menos de cinco segundos tiene varias respuestas. Elige la más larga —parece más seria— y comienza a leerla en voz alta. Lee bien, con entonación suficiente. La clase escucha. El profesor también.

Nadie dice nada.

—¿Eso es comprender? —insiste el profesor.

Silencio breve. Luego otra pantalla encendida, otro dedo que desplaza, otro texto que aparece. Esta vez es un video. Alguien propone verlo: “Ahí lo explican mejor”. El profesor duda. Acepta. Tres minutos después, una voz amable y animada ha resumido lo que, se supone, deberían discutir.

—¿Entonces? —vuelve a preguntar el profesor.

Una estudiante responde con precisión quirúrgica: repite una frase del video. Otro asiente. Un tercero añade un ejemplo que no es suyo, pero podría serlo. La clase avanza con una fluidez impecable. Todo encaja. Todo está dicho.

Sin embargo, algo falta.

El profesor lo percibe como una corriente fría. No es ignorancia —sería más fácil—, es otra cosa: una comprensión sin fricción, sin resistencia, sin huella. Como si las ideas pasaran por los estudiantes sin tocar fondo.

Decide arriesgar.

—Cierren todo —dice—. Pantallas, apuntes, todo.

Hay una incomodidad inmediata, casi fĂ­sica. Algunos se miran entre sĂ­, otros sonrĂ­en con nerviosismo. El silencio ahora pesa.
—Explíquenlo con sus palabras.

Nadie habla.

El tiempo, por primera vez en la sesiĂłn, no corre: se estanca. Treinta segundos se vuelven largos. Un minuto se vuelve incĂłmodo. Alguien intenta algo: titubea, se corrige, se detiene. No encuentra la frase exacta, no recuerda el orden preciso. Se equivoca.

Entonces ocurre algo mĂ­nimo, pero real: empieza a pensar.

Otro estudiante interviene, no para repetir, sino para disentir. No está seguro, pero se arriesga. Se abre una grieta. La conversación, torpe al inicio, gana cuerpo.

Aparecen dudas, malentendidos, pequeñas intuiciones. Nadie tiene la respuesta completa. Nadie puede buscarla.

El profesor no sonríe. Sabe que lo que está ocurriendo es frágil.

Al final de la clase, alguien pregunta si eso “va a venir en el examen”. El profesor responde que no lo sabe. No es evasiva: es una forma de decir que lo importante ya ocurrió y no cabe en un reactivo.

Al salir, los estudiantes recuperan sus teléfonos con un gesto automático, casi reflejo. La corriente vuelve.

Pero algo ha quedado: una ligera molestia, una sospecha, una interrupción en la  velocidad de la nada.

No es una victoria. Pero tampoco un hecho inocuo.

 

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