Para el Mundial de España los recuerdos crecieron, porque aumentó mi afición y las posibilidades de observar los partidos en la tele.
Solo tenía un equipo favorito: Brasil. México ni siquiera asistió, eliminado por Honduras y El Salvador, descartados en primera ronda del torneo. Los salvadoreños, con el registro de la peor goleada en la máxima competencia: 10-1, contra unos húngaros que hoy vagabundean por Europa.
El Mundial despertaba grandes expectativas: el primero con 24 equipos; si Argentina podría repetir el título, esta vez de la mano de Diego Armando Maradona; si España por fin daría el salto al grupo selecto de países campeones; si seguiría la ley que rezaba “Europa era para los europeos, América para los americanos”, rota solo por Brasil en Suecia ’52.
A mí me fascinaba el jogo bonito, herencia de mi padre por el inolvidable primer mundial de nuestro país, con aquel equipo legendario que encabezaba Pelé y una pléyade de estrellas como nunca reunió otra selección. Este Brasil, el de ’82, coleccionaba jugadores notables, ahora liderados por Arthur Antunes Coimbra, Zico, la camiseta 10, la de los genios brasileños, rodeado por talentos como Toninho Cerezo, Junior, Falcao, Sócrates (humanista, doctor, político, hermano de Sófocles y Sóstenes…) y Eder, dueño de una zurda cuyos disparos enloquecían las leyes de la física. Ese Brasil es uno de esos pocos equipos que jugaban al futbol como dioses, pero fueron derrotados como terrícolas en las canchas españolas.
Para la segunda ronda el sistema de competencia colocó en el mismo grupo a tres campeones; solo uno seguiría: Italia dominó a Argentina con una actuación imborrable de Claudio Gentile, defensor que pateó más de 20 veces al Diego con la complacencia arbitral. Brasil venció a Argentina 3-1 y Maradona, impotente, fue expulsado por Mario Rubio, árbitro mexicano. Luego, Brasil cayó ante los italianos en la actuación heroica de un futbolista que había pasado dos años en la cárcel por un escándalo de apuestas. Paolo Rossi se llamaba el titán que anotó tres goles que noquearon al formidable Brasil.
A la final llegaron dos europeos: Italia y Alemania, verdugos de otros dos europeos: Polonia y Francia. Europa para los europeos. Los italianos vapulearon a la maquinaria alemana y ganaron en una final inolvidable, la primera que disfruté de par en par. La celebración del segundo gol italiano, el 2-0, es una de las imágenes más emocionante de todos los mundiales. Aunque los azurri habían eliminado a mi candidato, me conmovió la carrera desenfrenada de Marco Tardelli, gritando el gol y personificando la gloria.
Ese fue el primero de los mundiales que disfruté. El primero en el que, como se hizo costumbre, ganaron equipos distintos a mis favoritos. El primer mundial del Diego, que cuatro años después, en el Estadio Azteca, nos regalaría dos poemas en su guerra deportiva y personal contra los ingleses, para levantar la Copa contra los casi invencibles alemanes.
