La historia es una maestra vieja y sabia. Las estadísticas son su contraparte burocrática y aburrida, pero suelen caminar de la mano.
En el futbol, los equipos gigantes, los que ya fueron campeones en una copa mundial, no perdonan dos veces en el mismo partido.
En la copa mundial de América del Norte vemos ejemplos palmarios. Brasil, el más grande de todos, perdonó a Noruega cuando pudo aniquilarla. Primero fallaron un penalti, luego Endrick, en una jugada sencilla para un delantero que quiere ser de clase mundial. El castigo vikingo fue brutal. El doble mazazo que recibieron los sudamericanos los debilitó para darle vuelta al marcador.
En el otro escenario, los egipcios pudieron destrozar a la selección campeona del mundo, pero el árbitro, más el corazón o el orgullo nacional, lograron que los argentinos revirtieran un marcador casi imposible cuando faltaban diez minutos y el descuento, en una victoria que algunos califican de heroica y otros tiñen con las dudas que alimenta el impresentable presidente de la FIFA.
La historia suele ser así. Brutal, despiadada. Por eso, hay selecciones que fueron enormes en varios mundiales, como Holanda en los mundiales de ’74 y ’78, como Bélgica o Croacia, más recientemente Marruecos, que se quedaron, hasta hoy, con la etiqueta de aspirantes al título, pero no lograron avanzar, porque en el momento más definitivo, no cortaron la cabeza del gigante para levantar la mano victoriosa.
¿Será 2026 el Mundial de uno de los invitados de la segunda línea el que logre superar las pruebas definitivas?
Hoy cayó Marruecos ante un rival implacable. ¿Podrán Bélgica, Noruega o Suiza acercarse al selecto grupo de los campeones mundiales?
