Cuaderno del Mundial 2026

México ’86: el mundo unido por un balón

Posted by Juan Carlos Yáñez Velazco

Para 1986 la Copa del Mundo volvería a América. En el turno entre europeos y americanos, Colombia había obtenido la candidatura de manera unánime, luego de haberse postulado para la de 1970. Cuatro años antes de la realización, en octubre de 1982, el presidente Belisario Betancur anunció la dolorosa decisión para la afición colombiana.

El país renunció a la organización del magno evento, entre otras razones, por las exigencias de la Federación Internacional del Futbol Asociado (FIFA) para construir o ampliar la capacidad de los estadios, agravado por los conflictos políticos internos, que condujeron al gobierno nacional a regatear la inversión pública en los estadios.

En principio, el poderoso hombre de la política estadounidense, Henry Kissinger, pidió al jefe de la FIFA, Joao Havelange, otorgar la sede a Estados Unidos. En las nuevas elecciones México presentó la mejor propuesta y el vecino norteño la respaldó, mientras que Canada y Brasil desistieron pronto. El hecho histórico en este deporte fue doble: renuncia de la sede y segundo mundial para México.

En el año del Mundial ya cursaba mi carrera en la Universidad. Jugaba en la primera división amateur en mi pueblo, y dividía el tiempo entre los estudios, los entrenamientos y partidos. Seguía siendo un aficionado que coleccionaba todo lo posible, aunque prefería siempre un partido en el Jorge Septién a uno en la tele.

Un año antes del magno evento, se tambaleo el país con el terrible terremoto que destrozó parte del entonces Distrito Federal y afectó otras entidades. En mi pueblo hubo dos muertos. Pero la organización continuó, alentada por una enorme ola de solidaridad en medio de la devastación. La experiencia organizativa del Mundial del ’70 estaba viva. Se construyó un solo estadio, el Corregidora, en Querétaro.

Los grupos con los 24 países se ubicaron en las sedes: los alemanes en Querétaro, los ingleses en Nuevo León, Italia en Puebla, Brasil en Jalisco, Argentina entre el Distrito Federal y Puebla y nuestro equipo en la capital.

El torneo despertaba grandes expectativas. La estrellas eran rutilantes: volvía Maradona por su revancha; Michel Platini lideraba a “les enfants de la patrie”; Karl-Heinz Rummenigge a los germanos dirigidos por uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos, y protagonista del México ’70, Franz Bekenbauer; el inglés Gary Lineker era el estandarte de su selección y obtuvo el premio al goleador de la competencia; Brasil reunía otro equipo espectacular con algunos futbolistas de magia; la armada española la encabezaba un inteligente delantero, Emilio Butragueño y, en México, la esperanza se fincaba en Hugo Sánchez.

La mercadotecnia, con la presencia creciente de la televisión, nos dejó un logo hermoso; Azteca, el balón oficial diseñado por Adidas; Pique, un chile verde uniformado, con sombrero y bigote enormes, fue la mascota, en las antípodas del simpático Juanito, del México ’70, la ola en los estadios y la sensualidad de Mar Castro, la “Chiquitibum” del anuncio para la cerveza Carta Blanca.

La primera etapa transcurrió sin sorpresas. En la segunda quedaron fuera Italia, subcampeona del ’70, vencido por Francia; a los uruguayos, primeros campeones del Mundo, los eliminó una Argentina que no terminaba de convencer.

Brasil era mi gran favorito, pero no escatimé alegría mirando la manera como los españoles destrozaron a los daneses con actuación memorable de Butragueño en el Estadio Corregidora; sufrí la derrota brasileña ante los franceses en el Estadio Jalisco, y la de México con Alemania. La victoria argentina me alegró como propia.

Los cuartos de final se jugaron en partidos trepidantes: en Nuevo León los alemanes eliminaron al anfitrión en penales; los franceses, también en penales, dispusieron de los brasileños; mientras que los belgas, en tiros de once metros, dejaban fuera a los españoles.

Argentina entonces ondeó la bandera muy alto, dejando en la memoria uno de los partidos de más hondo simbolismo deportivo y político. La sede fue el Estadio Azteca; el rival, los ingleses, que habían peleado con los argentinos en la Guerra de las Malvinas. La herida sangraba todavía y los sudamericanos se jugaban más que un pase y un partido. Era otra guerra.

El mediodía nos regaló dos de los goles más inolvidables de los mundiales. El primero, la picardía tramposa de Maradona que anotó el gol conocido como “la mano de Dios”, ante unos impávidos ingleses, sorprendidos primero, indignados todavía. Hoy, las reglas y la tecnología lo habrían anulado y amonestado a Diego. Cuatro minutos más tarde, en el 55, en el llamado “gol del siglo”, Maradona dejó tirados en el pasto a la mitad de los futbolistas ingleses en una cabalgada desde su campo hasta a la portería solitaria y anotar esa proeza. “¿De qué planeta viniste…?”, gritaba Víctor Hugo Morales en la épica narración del gol, mientras soltaba las lágrimas y pedía perdón por su llanto.

Era el Mundial de Diego Maradona. En la semifinal los belgas fueron un bife apetitoso para Argentina. Y la final los enfrentó a Alemania, vencedor de los franceses. Partido épico. Argentina tomó la delantera 2-0, los alemanes, que no se rinden, empataron, para que siete minutos antes del final, Burruchaga moviera las redes y decretara el marcador final.

Es lugar común: México fue el sitio de consagración de Pelé en 1970; y fue el escenario maravilloso para elevar al peldaño de los inmortales a Diego Armando Maradona. El último Mundial que observé mientras corría de manera involuntaria hacia la vida adulta, con sus encantos y sinsabores.

 

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