Cuaderno del Mundial 2026

De argentinos y mexicanos: nunca fui extranjero

Posted by Juan Carlos Yáñez Velazco

Cuando pienso en Argentina ahora no recuerdo un gol de Kempes, Maradona o Messi. Ni en Gardel o un asado. Menos pienso en su gobierno o el nuestro. Tampoco me apesadumbran las derrotas de México en los Mundiales. Lo primero que vuelve a mi memoria es una voz.

En Buenos Aires vivíamos cerca del Rosedal, en el barrio de Palermo. En el estacionamiento contiguo en la calle Demaría pasaba los días un viejo de aspecto desastrado. Allí nos encontraba cuando bajábamos de nuestro departamento. Todos lo conocían como el uruguasho. Nunca supe su nombre. No hacía falta. Mi hijo era entonces un niño de rizos indomables, de facciones tan suaves que se pasaba de lindo. Como muchos niños, de vez en cuando, se negaba a comer. Entonces el viejo, desde la calle, mirando nuestro mesa en una típica calle bonaerense, levantaba la voz con una mezcla de autoridad y ternura que todavía hoy puedo escuchar:

Morfá, rulito, morfá…

Come, rulito, come.

Mi hijo sonreía. Nosotros también. Y volvía al plato. Milagro cotidiano.

Un país puede conocerse de mil maneras. Una consiste en leer lo que sus aficionados escriben durante un Mundial. La otra consiste en vivir allí. Son países distintos.

Llegué a Argentina en 2013 buscando un poco de aire. Atravesaba uno de esos momentos ingratos que de vez en cuando depara la vida universitaria. Mientras en mi propia institución algunos se empeñaban en cerrarme puertas, tres universidades argentinas decidieron abrirlas. Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires nos acogieron durante varios meses. Laura, mis hijos y yo aprendimos entonces que la hospitalidad también puede convertirse en una forma de la pedagogía.

Nunca enfrenté un gesto de desprecio. Nunca me hicieron sentir extranjero. Si alguna vez desperté curiosidad fue por la sencilla pregunta de qué hacía una familia mexicana viviendo en Santa Fe, cuando bajábamos al almacen de nuestra departamento en Marcial Candiotti, en el crudísimo invierno santafesino.

Pero mi deuda con Argentina había comenzado mucho antes.

En la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM tuve algunos de los mejores maestros de mi vida. Eran argentinos. Años más tarde invité a varios de ellos a impartir cursos en la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Colima. Todos aceptaron. Todos encontraron aquí otra casa. Con todos estreché lazos que solo rompió su muerte.

En el comité que acompañó mi tesis doctoral participaron dos argentinos. Uno dirigió la investigación. El otro, Luis Porter, solía definirse, con una sonrisa llena de orgullo, como argenmex. Siempre me gustó esa palabra. Luis es hermano de la pintora argentina viva más importante; hijos de otra artista, Margarita Galetar. Generoso sin par, me regaló dos pintura de su madre que hoy adornan el ingreso a nuestra casa.

Hay identidades que no nacen para dividir, sino para sumar. Como si dos patrias pudieran convivir sin disputarse el corazón de nadie.

Dicen que Chavela Vargas dijo que los mexicanos nacen donde les pega la gana. Creo que eso pueden decirlo muchos otros pueblos del mundo. Los argentinos también.

Luego llegamos al campo de fútbol. México y Argentina han cruzado varias veces sus caminos en las Copas del Mundo. Siempre hemos salido derrotados en la competencia máxima. La frustración existe; sería absurdo negarla. El deporte también está hecho de esas heridas que uno espera curar en el siguiente torneo.

Pero una derrota nunca consiguió borrar lo que aprendí caminando por las calles de Córdoba, conversando en Santa Fe, disfrutando los rosadales de Palermo, o caminando hacia la Boca o Puerto Madero.

No siento envidia de Argentina. Mucho menos resentimiento. Admiro muchas de las cosas que dieron al mundo: su literatura, su música, su universidad pública, su extraordinaria tradición intelectual. También sé, porque ningún país escapa a ello, que entre millones de personas hay generosidades y mezquindades, talentos y mediocridades, personas luminosas y algún chanta, como ellos mismos dicen con deliciosa precisión. Exactamente igual que entre nosotros.

Por eso me cuesta entender que, cada cuatro años, una rivalidad deportiva parezca autorizarnos a simplificar un país entero. México abrió las puertas de los académicos argentinos, chilenos y uruguayo en las dictaduras del siglo pasado. Ellos encontraron cobijo; nosotros, interlocutores valiosos.

Las redes sociales son especialistas en fabricar caricaturas. Bastan unos cuantos insultos para hacernos creer que conocemos a cuarenta y tantos millones de personas. O ciento treinta millones, en nuestro caso. Pero los pueblos no caben en una generalización barata. Caben, si acaso, en las pequeñas historias que nos cambian la vida.

Yo conocí Argentina en las aulas, en sus calles, en las sobremesas interminables, en los cafés donde siempre había tiempo para una conversación más. En sus comedores estudiantiles, en los restaurantes y cines. La conocí en colegas que compartieron conmigo su inteligencia sin arrogancia. En estudiantes curiosos. En librerías donde era imposible salir con las manos vacías. En la amabilidad discreta de quienes nunca preguntaban de dónde venía antes de ofrecer ayuda.

Y también en aquel viejo uruguayo que vivía en un estacionamiento de Palermo y que, sin saberlo, terminó regalándome una de las imágenes más tiernas de ese viaje.

Cada vez que hoy leo insultos cruzados entre mexicanos y argentinos, vuelvo a escuchar aquella voz rioplantense:

Morfá, rulito, morfá…

Entonces recuerdo que los países no son las consignas de sus hinchas ni los excesos de las redes sociales. Los países son las personas que, sin proponérselo, terminan habitando nuestra memoria.

Por eso sigo deseando que algún día México derrote a Argentina en una Copa del Mundo, por supuesto. Sería una hermosa alegría deportiva. Pero no la guerra.

Si ese día tarda en llegar, hay una victoria mucho más importante que ya nadie podrá quitarme. Durante aquellos meses, lejos de casa, aprendí que uno puede cruzar una frontera y, sin embargo, no sentirse extranjero, aunque apriete el invierno o la nostalgia aplaste.

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