Cuaderno del Mundial 2026

Las aficiones del Mundial

Posted by Juan Carlos Yáñez Velazco

Tiene razón Juan Villoro. En un mundial de aficionados, los mexicanos llegarían a la final.

No sé si ganarían el campeonato, aunque argumentos sobrarían. Pocos pueblos convierten el fútbol en una celebración tan expansiva, hospitalaria y ruidosa. Los mexicanos no sólo asisten a los Mundiales: los habitan. Llegan con sombreros inverosímiles, máscaras de luchadores, caras pintadas, sarapes, mariachis de ocasión, banderas que parecen no terminar nunca, música o estribillos pegajosos y una disposición inagotable para hacer amigos antes del primer silbatazo. El desmadre es un homenaje jubiloso a la vida.

Pero pienso que Villoro se queda corto.

Si existiera un Mundial de aficionados, la verdadera final sería interminable. Porque ninguna hinchada viaja únicamente para ganar, creo. Todas llevan consigo una manera distinta de entender la alegría, el orgullo, la nostalgia y la esperanza.
El Mundial no es solo un grandísimo negocio privado, un torneo entre treinta y dos selecciones, o cuarenta y ocho, como ahora. Un Mundial es el mayor encuentro de culturas populares. Durante un mes y días, el planeta exhibe sus maneras de cantar, sufrir, abrazarse, rezar, beber (incluye embrutecerse), bailar, llorar y esperar. El fútbol de pantalones largo organiza la cita; la humanidad pone el espectáculo.

Los Mundiales enfrentan selecciones nacionales, pero también reúnen formas diversas de celebrar la vida.

En los estadios hay tanto espectáculo en las tribunas como la cancha, excepto cuando los dioses con botas saltan al césped y nos regalan sus proezas: Pelé, Maradona, Zidane, Ronaldinho, Baggio, Messi, Iniesta, Mbappe, Lamine Yamal…
Mientras el balón circula entre veintidós jugadores, en las gradas ocurre otra clase de partido. Miles de personas cantan sin conocerse, se abrazan después de un gol como si fueran viejos conocidos, lloran derrotas que al día siguiente seguirán siendo sólo deportivas, pero que en ese instante parecen contener el peso entero de una existencia.

Hay algo profundamente conmovedor en esa confianza compartida de creer que un gol puede cambiar el curso de una tarde y, por unos minutos, también el de una vida.

Los futbolistas llegan en vuelos privados y se hospedan en hoteles silenciosos. Los aficionados cruzan continentes con escalas interminables, ahorran durante años para comprar un boleto, aprenden frases en idiomas que olvidarán al regresar, cargan una camiseta como quien lleva una reliquia, comen en la calle, donde pueden, donde alcanza. No emprenden un viaje; cumplen una promesa o una meta hecha mucho antes de conocer la sede del torneo.

En una época que parece empeñada en encerrarnos detrás de pantallas individuales, los Mundiales producen un milagro cada cuatro años: devuelven el cuerpo a la fiesta. Se canta con desconocidos. Se baila en las plazas. Se conversa en los metros. Se intercambian bufandas. Se improvisan fotografías con personas cuyo nombre no se sabe. Durante unas semanas, el planeta descubre que todavía es posible celebrar juntos.

Los argentinos cantan como si cada partido fuera una batalla nacional. Los ingleses convierten el estadio en un viejo pub donde la música es interminable. Los brasileños bailan incluso cuando el marcador se complica. Los japoneses recogen la basura antes de marcharse porque el respeto también es una forma de pasión. Hoy los noruegos nos asombran con su ritual vikingo; ellos, tan fríos, tan solemnes, tan sobrios, inventaron un ballet que emociona. Los marroquíes, los senegaleses, los colombianos, los croatas… cada pueblo lleva al Mundial una manera irrepetible de decir: “Aquí estamos”. ¡Y qué decir de las calles mexicanas en las sedes futboleras!

El Mundial no reúne solamente a los mejores futbolistas del planeta. Congrega las distintas maneras que inventó la humanidad para celebrar la vida.
Nadie viaja únicamente para ver fútbol. Se viaja para pertenecer a una comunidad global. Para comprobar que hay miles de personas capaces de sentir exactamente lo mismo que uno frente a una camiseta, un himno o un gol. Se viaja también para descubrir que enfrente hay otros miles que aman con idéntica intensidad unos colores distintos. La rivalidad dura noventa minutos; la admiración por la fiesta suele durar toda la vida.

Quizá por eso me conmueven más las imágenes posteriores al partido. Los aficionados intercambiando bufandas, abrazos, cervezas, cantos. Un mexicano fotografiándose con un marroquí. Un coreano empinado sobre un gran jarrito de tequila. Un extranjero, de cualquier nacionalidad, volando entre la muchedumbre con el impulso de personas que no conoce y nunca volverá a ver.

Las cámaras suelen buscar al disfraz más extravagante. Yo me detengo en los ojos. Hay una mirada que sólo existe en los Mundiales. Es la de quien comprende que está viviendo un recuerdo antes incluso de que se convierta en recuerdo. Quien sabe que, dentro de veinte años, no hablará del resultado de un partido, sino de aquella mañana en que caminó hacia el estadio rodeado de canciones en cinco idiomas distintos, de la cerveza compartida con un desconocido, de la ciudad convertida en una plaza inmensa donde el planeta entero parecía llevar la misma camiseta: la del entusiasmo y la fiesta.

Todos los Mundiales terminan. Se guardan las banderas, se apagan los cánticos y los aeropuertos vuelven a llenarse de viajeros silenciosos. Sin embargo, quienes hicieron esa peregrinación regresan con algo que no aparece en las estadísticas. Descubren que el fútbol, además de un juego, puede ser una extraordinaria escuela de convivencia.

Villoro tiene razón. Pero soy más optimista. Los mexicanos llegarían a la final de ese campeonato imaginario y la ganarían. Aunque sospecho que, una vez allí, terminarían compartiendo el trofeo con todos los demás, abrazados al otro, al extranjero, cantándole con el corazón: “hermano… ya eres mexicano”.

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