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Elogio del oficio pedagógico

Posted by Juan Carlos Yáñez Velazco

Hay profesiones que fabrican objetos grandes o pequeños, en maquetas, en la realidad. Otras ofrecen servicios. La pedagogía, cuando es genuina, produce posibilidades.

Mientras el mundo se obsesiona con la velocidad, el rendimiento y la utilidad inmediata, la pedagoga, el pedagogo (quien educa, y aquí caben distintas denominaciones profesionales) siguen haciendo un oficio extraño: creen que una conversación puede cambiar una vida; que la pregunta vale más que una respuesta repetida; que nadie está terminado y que todos somos imperfectos; que existe siempre la posibilidad de volver a aprender. Que todas las personas son educables, con independencia de su código postal o acta de nacimiento.

Su trabajo casi nunca aparece en los titulares. No inauguran puentes ni levantan edificios. No cotizan en bolsa. Su obra es invisible porque ocurre dentro de las personas. Y, sin embargo, pocas profesiones transforman tanto el futuro como aquella que ayuda a otros a descubrir quiénes pueden llegar a ser. Y les insuflan ánimo.

Los practicantes de la pedagogía conocen una verdad incómoda: educar no consiste en llenar cabezas, como nos enseñó Edgar Morin. Se trata de abrir o ensanchar horizontes. Saben que enseñar es importante, pero comprender cómo aprende una persona es más decisivo. Por eso observan, escuchan, preguntan, dudan. Se admiran. Antes que administrar respuestas, intentan comprender preguntas.

En tiempos de algoritmos que clasifican, de pantallas que distraen y de inteligencias artificiales que prometen resolverlo todo, la pedagogía recuerda que ninguna tecnología ha inventado el equivalente de una mirada que confía, de una palabra que alienta o un maestro que descubre el talento donde los demás sólo veían dificultad, porque la educación es un acto esencialmente humano.

Ser pedagoga o pedagogo es elegir una profesión paradójica. Es trabajar con el futuro utilizando el presente. Sembrar sin garantía de cosecha. Aceptar que muchas de las mejores huellas nunca llevarán nuestra firma.
Quizá por eso la pedagogía exige una rara combinación de rigor y esperanza. Rigor para comprender la complejidad del aprendizaje. Esperanza para persistir ante la desigualdad, la exclusión o el fracaso escolar. Donde otros ven estadísticas, el pedagogo ve nombres propios.

Paulo Freire afirmaba que la pedagogía se construye en la dialéctica entre la denuncia y el anuncio: la denuncia de la injustica o lo inaceptable, y el anuncio de un futuro distinto. Ambas funciones las debe practicar todos los días. Y en eso reside parte de la vitalidad, de la profesión y quienes la practican.

Es una vocación para quienes creen que la sociedad puede ser más justa si aprende; más libre si piensa mejor; más humana si educa.

Hoy, cuando tantas certezas se desmoronan y el mundo parece aprender muy deprisa a fabricar tecnología, pero despacio a cultivar sabiduría, conviene recordar que la pedagogía no es un lujo académico, tampoco una carrera hacia la opulencia en la tarjeta bancaria. Es una necesidad civilizatoria. Una misión de transformación social, nos explicó Federico Mayor Zaragoza en Manzanillo, cuando estuvo en la Universidad de Colima para recibir el doctorado honoris causa.

Las sociedades terminan pareciéndose a la educación que son capaces de imaginar. Tenemos un problema también de imaginación, porque la educación no la dirigen los educadores. En el aula solo estamos nosotros, con nuestras posibilidades y limitaciones, con un metro de posibilidades creativas o no. Eso depende, en alguna medida, de cada cual.

Detrás de cada educación digna hay, casi siempre en silencio, una pedagoga o un pedagogo que decidió dedicar su vida a una de las tareas más difíciles y más hermosas: ayudar a otros a convertirse en sí mismos.
A ellas, a ellos: el reconocimiento y la gratitud por sostener, muchas veces sin reconocimiento, la esperanza inquebrantable de que el ser humano todavía puede aprender a ser mejor. Que merecemos una sociedad distinta, porque sus habitantes estamos educados y esperanzados en otro futuro.

 

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