Mientras escribo las páginas iniciales de este Cuaderno, abro el baúl de los recuerdos que me produce el balompié: personas, momentos, silencios y gritos que estaban en el fondo de la memoria. Una ausencia entre todo eso me alegra. Ninguna de las evocaciones tiene que ver con la FIFA, la entidad que gobierna el fútbol negocio.
Mis recuerdos aparcan en otros parajes.
Recuerdo una televisión rodeada de gente. Aparatos pequeños entonces, en blanco y negro, con imágenes difusas que se perdían a veces y había que subirse al techo para “mover la antena” hacia Colima o hacia el volcán, según te gritaran de la sala donde estaba la tele.
Recuerdo la voz de los narradores legendarios: Fernando Marcos, Ángel Fernández, José Ramón Fernández…
Recuerdo los álbumes de “estampitas”, los partidos callejeros en el barrio, las discusiones sobre un gol, un penal o una alineación. La emoción de esperar cuatro años para volver a ver reunidos a los mejores futbolistas del planeta, en una competencia que nos paraliza durante algunas semanas.
Recuerdo el futbol. No a los organizadores, ni a los dirigentes.
Por eso me cuesta mirar algunas cosas del futbol actual y no sentir tristeza. Los boletos cada vez más inaccesibles. Los estadios convertidos en escaparates para clientes exclusivos. Los aficionados tratados como consumidores. Los horarios diseñados para mercados globales. El espectáculo magnificado sin descanso mientras la gente común queda cada vez más lejos de ese planeta mercadotécnico.
Se nos quiere convencer de que el Mundial pertenece a quienes lo organizan. Que ellos deciden y mandan.
Es falso.
La FIFA organiza un torneo. El Mundial vive por millones de personas que lo esperan, lo comentan, lo sufren y celebran. Lo sostienen quienes llenan las tribunas, quienes se reúnen frente a una pantalla, quienes colocan una bandera en la ventana o el auto, quienes siguen creyendo que noventa minutos pueden cambiar el humor de un país entero por unas horas o días. A veces olvidando la durísima realidad que golpea o, tal vez, para soportar el calvario de odio, violencia y muerte.
La FIFA administra el negocio, pero no fabrica la pasión. Solo los impulsos, a veces atávicos, pueden desatarla. Fue así desde el principio de ese deporte, como lo cuenta Eduardo Galeano en “Puro futbol”.
Nadie se enamoró del futbol por una campaña de marketing. Nadie aprendió a amar este juego porque una corporación lo ordenó.
El amor por el futbol nace en otra parte: en una tarde cualquiera; en una cancha de tierra; en la voz de un padre, cuando lo viste sufrir de tristeza o llorar de alegría por su equipo, que luego te heredó; en la de una madre que acompañaba en silencio, aunque entendiera poco, pero sabía que estar es indispensable.
El amor por el futbol nació en los colores de una camiseta, en la magia de un jugador o el asombro de una jugada imposible, en la alegría inexplicable del gol.
Eso no se compra.
Eso no se vende.
Eso no se decreta desde ninguna oficina gubernamental o empresarial.
Los dirigentes van y vienen. Cambian los patrocinadores. Cambian las marcas y los dueños del espectáculo. Ahora modifican los formatos de competencia, las reglas del arbitraje. Todo eso cambia y seguirá cambiando.
Pero siempre, en algún lugar del mundo, en casi todos los rincones, seguirá un niño (y ahora una niña) persiguiendo una pelota, tirando a la portería imaginaria y soñando con el día en que juega su selección o anote su propio gol en un partido real, y cada vez que eso suceda, el futbol y la pelota seguirán certificando que sus dueños no son los empresarios, sino la gente, la que lo juega, lo grita, lo llora, se apasiona con el verde de la cancha, con 22 jugadores disputando un balón durante 90 minutos de una locura deliciosa. Como la vida.
