En estos tiempos, en que un artículo se puede escribir al instante, sin faltas de ortografía, con redondez casi perfecta, a la medida del prompt que cada quien le dicte a la inteligencia artificial de su predilección, cada vez celebro más el punto final del artículo que escribo para mi columna quincenal o mensual.
La tentación es real. Ahorras tiempo, fatiga y pensar en las ideas que hilvanen las 800 o 1,500 palabras que necesita el artículo para cumplir lo prescrito. Eso, cuando ya tienes un tema y habrás de dedicarle horas a la lectura, a tomar notas, preparar apuntes y empezar a escribirlo, para lo cual, en mi caso, es imperativo que el primer párrafo haya sido resuelto en la cabeza. Luego de escrito, habrá que reposarlo, volver al documento una y otra vez hasta dejarlo absolutamente imperfecto, hecho por la mano humana.
Eso en el escenario mejor. Cuando falta la idea de origen, cuando no hay un tema, cuando escasea el tiempo o los compromisos agobian, la fascinación de usar la IA crece. Un buen prompt y listo.
Por eso, ahora, por ejemplo, que coloco el punto final y termino estos párrafos, apenas 200 palabras, festejo este pequeño triunfo sobre la tentación tecnológica.
