Con el féretro delante de mis ojos, mientras observo el desfile de personas que se despiden de Mary, se desgranan los recuerdos de mis distintas relaciones con ella.
Ma. del Refugio González Velasco es su nombre. Aunque todo mundo la nombramos siempre con cuatro letras.
Jovencitos, con poco más de 20 años, nos conocimos en la Coordinación General de Docencia, en una oficina que encerraba anhelos y propósitos de construir una mejor universidad. Llegamos y nuestras juventudes, su desenfado, eficiencia y siempre buen humor, nos cayeron bien a todos. Empezaba a correr la última década del siglo XX.
En el Departamento de Investigación y Desarrollo Académico, creado por Sara Lourdes Cruz Iturribarría y Juan Eliézer de los Santos, coincidimos un puñado de jóvenes egresados que queríamos comernos el mundo pedagógico. En la Coordinación General de Docencia, al mando del inolvidable arquitecto Gonzalo Villa Chávez, nos volvimos un equipo estupendo. Quién sabe cuán eficiente, por inexpertos, pero con un compromiso a prueba de cualquier examen, amigos sin cortapisas.
Los caminos se fueron bifurcando. Unos se fueron de la Universidad, aunque luego volvieron, otros no regresaron; unos, como yo, salimos a estudiar fuera de Colima y la vida nos tenía otras estaciones. Mary permaneció con SaraLou como un fidelísimo apoyo.
Nunca perdí de vista a Mary, cerca siempre de SaraLou, porque nunca me despegué de quien me abrió las puertas de la Universidad de Colima. A donde fue ella, Mary estuvo, en presencia y cariños, hasta las últimas horas.
En el umbral del siglo XXI abrimos el bachillerato semiescolarizado en la Universidad. El apoyo fue unánime de Carlos Salazar, rector, y Juan José Guerrero Rolón, director de Recursos Humanos. Gustavo Ceballos, dirigente del sindicato, se sumó. Con ellos acordamos que la opción sería valiosa para la gente trabajadora que quería seguir estudiando, pero no tenía el horario adecuado. El semi se ofreció los sábados, de 1 a 9 de la noche. Hicimos una selección cuidadosa de los profesores de la nueva modalidad, porque teníamos la posibilidad de elegir al cuerpo docente de un programa que formaba parte de la Reforma Académica del Bachillerato. No menciono nombres por temor al olvido de alguno, pero era un claustro selecto.
Mary, nuestra Mary González Velasco, fue parte de la primera generación. Me lo reconfirma Marcial Aviña Iglesias, la persona que fue artífice del programa y coordinador del mismo. Ahí tuve la suerte de ser su profesor, porque siendo director general de los bachilleratos, me apunté para dar clases. Mary y una generación extraordinaria de estudiantes, muchos de ellos, trabajadoras de la Universidad, fueron parte de la primera generación.
Los años pasaron, Mary anduvo por otras oficinas, pero nos reencontramos cuando ella llegó a mi casa universitaria, la Facultad de Pedagogía. Desde entonces pasaron muchos años ya. Primero fue secretaria, luego participó en el proceso de admisión a la licenciatura. Ingresó, fue estudiante de la facultad, lo hacía bien, pero declinó. Y siguió sus labores.
Siempre tuvo una sonrisa, una palabra afectuosa, muchas veces escuché decirme un “mi niño”, “hijo”, aunque teníamos edades próximas. A mis hijos los atendió siempre, los cuidaba cuando me acompañaban, y yo, con ellos en su regazo, sabía que podía irme a una clase o al cubículo tranquilo. Ellos la querían, la recuerdan y aunque los años pasaron, la abrazaban con afecto. Mi dolor ahora, que veo su féretro, crece con el de ellos. Mariana Belén a la distancia se conmueve, y Juan Carlos, con su voz ya grave y adolescente, la recuerda con afecto.
Mary fue una persona, y con los años, un personaje, una mujer excepcional. A esos roles que jugó ante mis ojos, sumo otro: delegada sindical de mi facultad.
Tengo muchos e incontables episodios de Mary en la memoria. Los recuerdo ahora con un agradecimiento enorme y su sonrisa en mi memoria, con sus ganas de vivir y su deseo de que todo esté bien, de que, por ejemplo, el lunes todo nos vaya genial en la jornada que no puede parar en nuestra querida facultad, aunque su ausencia nos duela cuando lleguemos a la Dirección y su silla, a la izquierda del ingreso, esté vacía.
