Después de repasar las últimas noticias de la violencia en Tecomán y sus alrededores, retomo mi lectura matinal. Lo hago con desazón. Mucha gente apreciada vive en ese municipio; vienen a mi memoria algunos nombres y rostros.
La autobiografía intelectual de George Steiner (Errata. El examen de una vida) discurre por las incertidumbres del mundo para millones de persona que viven condicionados por sus entornos de miseria material y cultural; huérfanos de buenos gobiernos. El autor discute si se justifica el autoritarismo para elevar el nivel cultural, a costa de la libertad, como sucedió, explica, en Leningrado, Varsovia o Berlín oriental.
Las últimas líneas del capítulo ocho me obligan a cerrar la página para tratar de pensar algo. Dice Steiner: Mi política puede resumirse en el intento de apoyar a cualquier orden social capaz de reducir, siquiera marginalmente, la cantidad de odio y de dolor en la existencia humana. De garantizar la intimidad y un espacio para la excelencia. Me considero un anarquista platónico. No una papeleta electoral.
No puedo dejar de ligar algunas de esas palabras al periodo que vivimos en México, y quizá ya naturalizamos: el odio y el dolor. El odio entre contendientes políticos, entre los fanáticos de una y otra tribuna; el dolor, por ejemplo, de las madres buscadoras.
El renacimiento de este país en algún momento tendría que comenzar por cerrar las ventanas por las que se nos cuelan los discursos de odio y destrucción fratricida, y los hechos que lastiman todos los días a muchas familias.
