Hace veinte días, a la salida de la prepa, Juan Carlos, mi hijo, surfeó rápidamente las preguntas habituales: ¿cómo te fue?, ¿qué desayunaste?, ¿tienes tareas?, ¿qué fue lo mejor de hoy?
Esta vez se detuvo en sus clases de literatura. Me contó las obras que estaban comentando en clases con el maestro Martín. Repasó la Ilíada, la Odisea, Hamlet, Don Quijote. Alguna más. Le comenté que todavía estaba en cartelera la Odisea, que podíamos verla. Me dijo que no casi de inmediato. Eso no me interesa, me reviró: quiero saber del boom latinoamericano. No lo han visto en clase, pero está en su programa del curso.
Me preguntó qué sabía del tema. Me sorprendió. Y sin orden empecé a hablar de los autores, de obras representativas, de los países, de los exilios. El camino a casa transcurrió así. Él escuchaba atento, como yo miraba a los autos de enfrente. La hora es pesada y en el semáforo busqué un video sobre el fenómeno literario. Le di mi teléfono y escuchamos ambos, él absorto en las imágenes. La expresión “realismo mágico”, lo atrapó. Nos detuvimos en García Márquez.
Su curiosidad crecía como pocas veces lo he visto en un tema escolar de los años más recientes. Entonces, recordé que en Netflix he visto el anuncio de la serie de
, segunda temporada. Le dije y agregué: podemos verla, si quieres. Otra vez desenfundó veloz: ah, sí, sale. ¿Empezamos esta noche? Sí, contestó. Empezamos, pero primero tienes que hacer la tarea.
Y comenzamos esa noche.
Quien la vio sabe que los capítulos duran una hora, más o menos. Al día siguiente teníamos clases y no podíamos desvelarnos. Veríamos uno. Al terminar, con apenas algunos intercambios verbales, le pregunté: ¿seguimos mañana? Sí. ¿Te gustó? Sí. A mí también.
Así nos fuimos en la primera temporada. Un capítulo por noche. Luego vino el fin de semana y disfrutamos dos. Agotamos la primera temporada. Llegaron sus exámenes y una salida mía fuera de casa por dos noches. Le propuse que terminara de verla solo, que tendríamos que esperar varios días y nos faltaban cuatro capítulos. No, me contestó con repetición: te espero.
Este fin de semana terminamos las dos temporadas. En el preludio del final le pregunté: ¿qué piensas, el bebé tendrá cola de cerdo? Sí, me dijo. Sonreí: yo también. Cruzamos miradas y observamos la última escena.
Luego de ordenar la sala, como desde hace tiempo antes de dormirnos nos dimos un abrazo. Esta vez fue distinto para mí. Fue el abrazo más entrañable, empapado de su curiosidad inquieta y de mi orgulloso sentido paterno.
Veinte horas de compañía tan especial bien valen cien años de soledad.
