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De Mileto a la inteligencia artificial: entre la ciencia y la imaginación

Posted by Juan Carlos Yáñez Velazco

Durante 22 días leí el libro De Mileto a la inteligencia artifical. El método científico (2026), publicado por Jorge Gastélum-Escalante en Editorial Porrúa. Tengo preciso el número, porque decidí leer cada día una de sus 22 historias. Una y nada más que una, no por extensión, sino por decisión. Leía primero las breves historias, luego, meditaba cada una sin prisa, en la comodidad del ocio. Rememoraba diálogos, buscaba imágenes de Tales y Mileto, de Hipatia y Alejandría, de Alhacen, de la relación entre Descartes y la joven reina Cristina. Con el matrimonio Marie y Pierre Curie me detuve maravillado y perplejo al mismo tiempo: ¿hasta dónde se justifica la pasión y el compromiso con la ciencia? Contemplé portadas distintas en varios idiomas de los libros de Roger Bacon o Copérnico, y escuché algunas entrevistas de Yuval Noah Harari, entre otras divagaciones.

En algunos casos me detenía más tiempo y debía abandonar cuando las exigencias laborales o domésticas reclamaban presencia. Me sucedió con Albert Einstein, de quien había leído ya la biografía monumental escrita por Walter Isaacson, así que hurgué entre mis notas, reviví aspectos de la historia del científico que en sus primeros años fue objeto de sospechas por sus dificultades para hablar y su desproporcionada cabeza. Y en ese capítulo, por supuesto, me deleité con algunas imágenes menos conocidas de Marylin Monroe.

El penúltimo relato, “El panel de las Trimates”, protagonizado por Dian Fossey, Jane Goodall y Biruté Galdikas, me trajo a la memoria las clases inolvidables de etnografía impartidas por Martha Corenstein que Jorge y yo, con un par de colegas morelianos, José Luis y Vicente Sánchez, disfrutamos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM cuando coincidimos en el posgrado de pedagogía, en el ya distante inicio de la última década del siglo pasado.

El libro de mi respetado colega es un prisma, una ventana para atisbar un poco más en las historias, para comprender intimidades del desarrollo científico, contextualizar los aportes de cada uno de los personajes y de las narraciones del autor, ficticias o reales, lo que importa poco para estos fines, que no son solo científicos sino también literarios.

Con el libro, Jorge Gastélum aumenta su colección sobre epistemología, pensamiento y el desarrollo del método científico, con títulos como La escuela de Atenas y los creadores del método científico (2015), Consejos de los grandes autores para escribir e investigar en los libros (2019), El camino de la investigación (202) y La cualidad también es científica (2023).

Quienes han leído a Jorge Gastélum reconocerán su estilo y algunas de sus obsesiones peculiares, como revitalizar palabras; pero también hallarán motivos para celebrar la versatilidad de su escritura. En efecto, el autor ratifica el dominio del lenguaje, su capacidad para traducir conceptos abstractos o complejos a un lenguaje accesible. Su claridad y concisión, aunadas a la brevedad de cada capítulo, sellan una obra de escritura impecable, que intersecta la literatura con la rigurosidad de las ideas y teorías descritas.

Soy un defensor del libro en todas sus formas, impreso, sobre todo, pero más aún, de los libros que se escriben y diseñan para agradar con una propuesta de contenidos que no se olvida de la estética. Y en la obra que comento hay un acierto doble: las ilustraciones magníficas y a cargo de estudiantes de Diseño Gráfico y Artes Visuales de la Universidad Autónoma de Occidente.

De Mileto a la inteligencia artificial consolida a Jorge Gastélum como un autor capaz de saltar desde los territorios rigurosos de la ciencia y la metodología, a la inventiva y la convicción de que la educación, en tiempos de inteligencia artificial o de liquideces inciertas, no se puede producir en ausencia de la lectura.

La suya es una apuesta dirigida a los estudiantes, así lo consigna la cuarta de forros (Relatos para estudiantes), pero yo creo que es más amplia, pues también es un texto para los docentes, por ejemplo, para que en algunas clases nos tomemos unos minutos y leamos en voz alta con el grupo algunas de estas historias. Estoy seguro de que algunos, una de ellos, algún día las recordará en su laboratorio y sonreirá con el momento en que descubrió su vocación científica, o nada más el gusto por preguntarse y dudar de casi todo.

 

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