Cuando América Latina se tiñó de izquierdas, sobre todo en el Sur, muchos nos entusiasmamos por una renovación ideológica que consolidara democracias y progresos sociales. Lula en Brasil, Néstor Kirchner y Cristina Fernández en Argentina, Hugo Chávez en Venezuela y Pepe Mujica en Uruguay parecían un póquer espectacular de liderazgos que también se miraban con entusiasmo desde Europa. A ellos se sumaban el boliviano Evo Morales, indígena y líder de los productores cocaleros, y Michelle Bachelet, la primera presidenta en Chile.
Fue un oasis emocional efímero. Mis simpatías se desmarcaron pronto del que menos me despertaba: el venezolano. Luego las cartas se fueron cayendo. Los escándalos de corrupción alrededor de Lula lo debilitaron, aunque habría de renacer porque la incompetencia y brutalidad de la derecha es incomparable. El péndulo argentino cobró factura y después del matrimonio Kirchner/Fernández llegó Mauricio Macri (desde la dirección del club de fútbol Boca Juniors y de dirigir empresas familiares) a gerenciar el país de las fisuras. Al exguerrillero uruguayo lo seguí admirando hasta el final de su gobierno y de su vida, y me parece ejemplo de cordura y coherencia democrática.
A la muerte de Chávez se abrieron interrogantes sobre el sucesor. Se profundizaría la revolución bolivariana, lo que sea que eso signifique, así como también se enardeció la oposición a sus políticas. María Corina Machado siempre me dejó dudas y nunca compré sus banderas, más allá de la necesidad de democratizar a un país cuya población empezó a migrar y no por el gusto de vacacionar o cambiar las arepas por otras gastronomías. Pero los venezolanos tienen derecho a elegir lo que sea que ellos consideren, o a quien quieran, como han reclamado. No seré yo quien diga tal o cual cosa al respecto. ¡Faltaba más!
María Corina Machado obtuvo el premio Nobel envuelta en una polémica mundial por sus logros y medios. Todas las derechas aplaudieron y algunas humillaron. A mí me parecía temerario, aunque ya cualquier resultado puede esperarse de esa institución fundada con fines honorables.
Obligado a fijar postura, diría que la distinción a la señora Machado no fue una buena elección, pero eso pasó a segundo término cuando regaló su premio al presidente de los Estados Unidos (propagandista del odio y la destrucción del diferente, enemigo de la paz) y reconfirmó el error, certificando que vivimos en una realidad loca de atar. O como la calificó Martín Caparrós, el periodista argentino: un mundo estúpido.
