Breve tratado contra la estupidez digital

El nuevo analfabetismo: compartir sin leer

Posted by Juan Carlos Yáñez Velazco

Hubo una época en la que el analfabetismo consistía en no saber leer.

Era una limitación grave, por supuesto. Las personas que no podían descifrar un texto quedaban excluidas de una gran parte de la vida cultural y social. Durante siglos, aprender a leer fue uno de los grandes objetivos de la educación.

Hoy, curiosamente, nos encontramos frente a una forma distinta de analfabetismo. Una más sofisticada. Se trata del hábito cada vez más extendido de compartir textos que nadie ha leído.

El fenómeno es particularmente visible en redes sociales y aplicaciones de mensajería. Alguien recibe un artículo, una noticia, una advertencia o una reflexión supuestamente importante. Sin mayor investigación —y, en muchos casos, sin haber pasado del título— decide compartirlo inmediatamente con otras personas.

El contenido circula con gran velocidad. La lectura, en cambio, queda pendiente.

Este comportamiento produce situaciones curiosas. A veces alguien comparte con entusiasmo un texto que contradice exactamente lo que esa misma persona cree. O difunde una información que, si hubiera leído completa, habría descubierto que es falsa, exagerada o sencillamente absurda.

El objetivo no parece ser la comprensión del contenido. El objetivo es participar en la circulación.

Compartir se ha convertido en una forma de presencia digital. Un pequeño gesto que dice: “aquí estoy, también tengo algo que aportar a la conversación”. El problema es que esa conversación, en muchas ocasiones, ocurre sin que nadie se detenga a examinar lo que se está intercambiando.

La velocidad de las plataformas favorece este comportamiento. Leer con atención toma tiempo. Compartir, en cambio, requiere apenas un segundo. El resultado es un ecosistema informativo en el que las ideas viajan mucho más rápido que la reflexión.

Por supuesto, no todo es tan dramático. Muchas de estas circulaciones pertenecen al territorio inocente de los memes, las curiosidades o las anécdotas ligeras. El problema aparece cuando el mismo mecanismo se aplica a noticias, análisis o temas que requieren algo más que entusiasmo digital.

Quizá uno de los desafíos culturales de nuestra época no sea simplemente enseñar a leer —algo que, al menos en teoría, la mayoría de nosotros ya sabe hacer— sino recuperar el hábito de leer antes de compartir.

No parece una exigencia demasiado ambiciosa.

Pero en la vida digital contemporánea, incluso las prácticas más sencillas pueden convertirse en pequeñas revoluciones.

 

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