Con el inicio del semestre en la Universidad de Colima sumo uno más a la carrera académica en mi alma mater. Perdí ya la cuenta de cuántos ciclos escolares acumulo. Los alumnos que escucharon mis clases son incontables, pero recuerdo a la gran mayoría de ellos. De algunos habré olvidado nombre, su rostro nunca.
Esta vez impartiré dos materias, una que he trabajado por varios años, y otra nueva, que en principio rechacé, pero luego encontré más que interesante por las posibilidades de experimentar formas de enseñanza y construir un espacio colectivo de pensamiento, lectura y escritura.
Como cada inicio de semestre, las materias me provocan incertidumbre, ansiedad, curiosidad y hasta temor. En cada planeación que realizo durante los periodos intersemestrales, con un programa nuevo o actualizado, asumo el diseño como una hipótesis, una apuesta para procurar que los estudiantes no solo se apropien de algunos conocimientos, sino que comprendan el sentido de la materia, su valor formativo, remuevan algunas ideas y despierten intereses por algunas capacidades central del universitario, por ejemplo: la lectura comprensiva, la escritura como necesidad humana o la expresión verbal como condición para relacionarse con otros de manera razonable.
Esta vez, cuando estoy más cerca del final de una etapa laboral, sigo sintiendo emociones indispensables: por el primer ingreso al aula, por observar los rostros de los alumnos que no me conocen ni conozco; por la responsabilidad de preparar cada clase con el máximo cuidado; por tratar de sostenerme sobre el hilo de la paciencia, la pasión y la perseverancia; por luchar para mantener el interés a lo largo de 16 semanas.
Celebro mis más de treinta años en el ejercicio docente refrendando la alegría y el privilegio inolvidable de contribuir, desde las aulas, a la formación de mejores pedagogas y pedagogos, pero, sobre todo, de ciudadanos letrados, críticos y comprometidos con su tiempo y sociedad.
Posdata apesadumbrada
Lejo de Colima recibí con tristeza la noticia del fallecimiento de Jesús Brizuela Padilla. Tuve el gusto de conocerlo como estudiante en la Facultad de Pedagogía. Inteligente, respetuoso, atento y asertivo. Me quedé con la mejor impresión durante los dos cursos que trabajamos. Expreso mi profundo pesar a su familia, en especial, porque las conozco, a su mamá, la maestra Rosa Padilla, admirada y estimada colega, y a Rosa, su hermana, también mi estudiante en la Maestría en Innovación Educativa. Seres humanos excepcionales. Un abrazo fraterno.
