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EL CENTRO DE MI VIDA

Las librerías tienen un encanto especial para quienes apreciamos los libros y la lectura. Todas, o casi todas, me producen emociones y despiertan ilusión por hallazgos fortuitos o anhelados. Pero visitar la librería del centro comercial y penetrar el espacio donde antes hubo zapatos y mañana podrían vender teléfonos celulares o bikinis espectaculares, produce sensaciones semejantes a mirar un cajón de sastre o el almacén de ferretería. Me sucedió de nuevo. Con poco tiempo, y sin ganas de perderlo en aquel insultante caos, pregunté directo al dependiente. (Librero es oficio sagrado que no aplica). Con indiferencia, escuchando música de Calle 13 (lo único que aplaudo), entró en el sistema de la computadora y tecleó el título del libro que pedí. Los otros dos clientes, jovencísimos, buscaban y conversaban. Miré a un lado y a otro, en los aparadores los paseantes caminaban indiferentes. Una librería en el centro comercial que promete ser el centro de tu vida es un atrevimiento, sin duda. No, no lo tengo, me regresó de las cavilaciones el vendedor. Dudé en el siguiente paso, con el tiempo encima. Solté la pregunta desesperada: ¿algún libro de Leonardo Padura? Buscó unos instantes en la pantalla y salió decidido a uno de los pasillos. Caminó y yo tras él. Identifiqué los lomos de la editorial. No, no tengo, dijo después de unos minutos. Hurgué. Al instante le dije: aquí está el que buscó (“El hombre que amaba los perros”). Al lado había otro de Padura. La cacería había terminado. Misión cumplida. Con el ojo despierto, mientras caminaba a la caja, una foto en la portada y el nombre del autor jalaron mi atención. No lo dudé ni con el precio. Llevé los dos libros al mostrador y se los pasé para el cobro; con el primero saldaré una deuda de gratitud, el segundo, “Libro del anhelo”, de Leonard Cohen, es un ansiado regalo que quería concederme. Solo por eso valió la pena penetrar en este remedo de librería, cuyo nombre no voy a mencionar.

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DIVAGACIONES CON MANDELA (EN CLAVE DE TWITTER)

 

9788466312929Leyendo cierta prensa de mi país en estos días recordé a Nelson Mandela cuando dijo: la prensa es el reflejo oscuro de la realidad.

A pesar de su concepto sobre la prensa, Mandela insistía: pero debemos leerla, para saber cómo piensan quienes nos dominan o lo pretenden.

La idea del líder sudafricano camina a contracorriente de quienes prefieren abstenerse de leer la prensa que no comparta sus convicciones.

Es parte de una cultura política intolerante y cerrada al diálogo, donde sólo se lee o escucha a quienes piensan igual.

Es el caso de los políticos o gobernantes que ensalzan la crítica y la libertad de expresión: siempre y cuando no sean ellos el blanco.

¡Qué distinto al pensamiento de Pablo Latapí: el que no piensa como yo me ayuda!

Claro: Latapí era un educador, y los políticos… pues eso.

La lección de Mandela es una invitación al estudio, al esfuerzo permanente: para derrotar al adversario hay que conocerlo en sus entrañas.

Paulo Freire nos recordó magistralmente que la educación tiene una naturaleza política, y que hay preguntas obligadas.

Freire invitaba a preguntarnos: por qué se educa, para qué, a quiénes se educa, cómo, pero también, contra quiénes se educa.

Me recuerda a Savater cuando dice: nos educamos siempre, el problema es que los malos lleguen primero que los buenos.

Por cierto, encuentro semejanzas entre el pensamiento y el lenguaje de Mandela y Freire.

Para Mandela seguía vigente el lenguaje proscrito de “oprimidos” y “opresores”, que Freire analiza en “Pedagogía del oprimido”.

 Por ahora, parece que los malos van ganando, pero la otra lección de Mandela es esperanzadora: también puede ganar la dignidad.