Después de un largo viaje, con doce horas entre carreteras y esperas en terminales, llegué a mi destino. Cansado y hambriento busqué la puerta de salida. Eran casi las diez de la noche. Subí al vehículo de alquiler y el taxista avanzó en la ciudad, luego en lo que parecía una zona semidesierta, con túneles y calles empedradas, apenas iluminadas a nuestro alrededor. La buena suerte y el GPS encontraron pronto el destino. No lo sabía hasta tres minutos después. Salimos de la carretera y entramos a un callejón solitario. Me gustaría decir que se me erizaron los pelos, pero no quiero faltar a la verdad. Después de la segunda vuelta, apareció el edificio alto de piedra, una entrada en arco enorme y una subida temeraria por una calle empinada. Más tranquilo, escuché música “en vivo”, supuse que el restaurante del hotel tenía un cantante o un grupo, o tal vez el bar. No sé qué me preocupaba más en ese momento: recibir mi habitación o que el restaurante tuviera todavía servicio y calentarme el estómago con una sopa y un trozo de carne comestible. Después de saludar y pedir mi habitación, pregunté por el servicio de alimentos: a las 10:30 cierra, me dijo el encargado de un hotel desolado, con 12 grados de temperatura en el ambiente, pero una sensación mayor para el habitante del trópico. ¿Y la música, está en el bar? Pregunté. No, me respondió: enfrente hay un salón de fiestas y tienen evento. Ah. Subí las escaleras al primer nivel, habitación 326, deshice la maleta, sobre todo, la camisa y el pantalón que usaré mañana en la conferencia y revisé la limpieza en la cama. Todo en orden. Pasé por el baño, lavé la cara y bajé rápido a un restaurante silencioso, donde dos meseros se saboreaban la posibilidad de salir unos minutos antes. Busqué platillos regionales, hábito fiel cuando estoy lejos de casa. Nada exótico encontré. En casa materna comía sopa de fideos pero supuse que acá sería distinta. Eso pedí, y un filete cocinado en una salsa de tres chiles. Más una copa de vino, pero me atajaron: no hay, no tenemos vino tinto. Bueno, un agua mineral sin hielo. Sentado ya, con los nervios relajados, empecé a mirar a izquierda, al bar y la chimenea, en un salón en penumbras; luego a derecha, hacia la calle y lo que habrá sido o será una puerta de acceso para clientes externos al hotel. Poco a poco se me desempolvaron recuerdos. Sí, dije, aquí he estado, aquí pasamos dos o tres noches hace algunos años, aquí estuvimos algunos viejos amigos y otros nuevos colegas de distintos estados. Sí, me convencí, fue el hotel donde nos hospedaron cuando la Universidad de Guanajuato fue sede de un congreso de tutorías y vine para presentar un libro (La escuela que soñamos) e impartir un taller. Al cansancio natural de las horas de viaje e inactividad se sumó una profunda tristeza porque ahí estuvo también Alejandra, y ya no está más, porque la venció el cáncer hace algunas semanas apenas. Mi cansancio y el hambre fueron mal menor frente al recuerdo doloroso que se me clavó hondo y sigue, y me obliga a contarlo ahora, para tratar de superarlo, para dormir esta noche, sin fantasmas ni dolores.
Guanajuato, noviembre de 2025.
