Escribo estas líneas poco después de disfrutar el partido Argentina-Cabo Verde. En principio, me despertaba poco entusiasmo: Argentina arrasará, una goleada sin piedad, una eliminatoria a modo, diferencia abismal… Empezó el partido y los caboverdianos me sorprendieron de nuevo, como en el partido con la selección española, que no pudo ganarles ni anotarles un gol.
Tres campeones del mundo (Uruguay, España y Argentina) fueron incapaces de ganarles en 90 minutos: una proeza, un campeonato en sí mismo. Un arquero mítico.
Los primeros minutos los pasé entre el hambre y la vicisitud de qué pasaría. Y llegó el gol de Messi. Pensé, como muchos, se acabó. El mediodía, el cansancio me hicieron cabecear. Desperté para el segundo tiempo. Y pronto llegó el mazazo, pero a los argentinos, con un gol inesperado para empatarlo. Vino el segundo de Argentina, de nuevo creí: se acabó. Pero seguí pegado a la tele. Y llegó el empate con un gol estupendo. Tiempos extras.
Pronto volvió la diferencia en el marcador, pero no en el partido. Argentina ganó con un esfuerzo que no habrán imaginado en la peor pesadilla. Cabo Verde soñó por algunas horas en que era posible el milagro, y poco faltó para lograrlo. Lucharon, lo intentaron, nunca bajaron la cabeza ni el ánimo, y su proeza quedará como una de las más lindas locuras de un país pequeñito que soñó y luchó. Volverá alguna vez, sin duda, y entonces, los que ahora vimos ese partido, recordaremos a estos titanes que hicieron palidecer a la arrogancia de la campeona del mundo.
