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El Seminario de Cultura Mexicana

El 31 de marzo cumpliré 10 años de mi ingreso al Seminario de Cultura Mexicana corresponsalía Colima.

Tengo los detalles frescos del preludio. Me llamó el doctor Fernando Alfonso Rivas Mira para invitarme a desayunar. Estaría también el licenciado Carlos de la Madrid; secretario y presidente del Seminario, respectivamente.

Acepté gustoso, aunque con las inhibiciones de encontrarme con dos hombres a quienes respeto personal y profesionalmente. Desayunamos en el restaurante Los Olivos. Comimos y de ese momento tengo presente la frugalidad del licenciado de la Madrid. Si Rivas Mira, como se le conoce en la Universidad, me caía muy bien, el ex gobernador de Colima me pareció un hombre simpático, inteligente, mesurado.

Luego de los alimentos, intercambios protocolarios y demás, fueron al asunto: me dijeron que querían proponerme para ser parte del Seminario. Aclararon: ellos propondrían y los miembros del Seminario tendrían que aprobar de forma unánime. Acepté. Envié mi currículum y luego recibí la feliz noticia de que había sido aceptado.

En aquella noche del 31 de marzo presenté un discurso de ingreso que titulé: La universidad, entre el pasado y el futuro. En la primera fila miraba al rector y algunos funcionarios mientras hilvanaba mis ideas. Era una crítica a la universidad como institución social, y algunas ideas de lo que yo pensaba que tendría que ser la institución educativa de los siguientes años. No hablaba de una en particular, pero las alusiones fueron incómodas por fragilidad epidérmica.

Aquel recuerdo es imborrable. Así lo conservo. Ahora el Seminario, en Colima, cumple 63 años, y refrendo mi gratitud, donde esté, a Carlos de la Madrid, y a Fernando Alfonso Rivas Mira. Ser miembro es un gusto. Y haberlo sido por su intercesión, un privilegio.

El desafío de los profesores ante el nuevo semestre

Esta semana comenzamos el semestre escolar en la Universidad de  Colima. Tercer ciclo lectivo en modalidades remotas, con los mismos retos y en un contexto con variables nuevas.

Para la Universidad el desafío es doble: primero, retener a la mayor cantidad de estudiantes, a contracorriente de lo que calcula la UNESCO para América Latina, y de las estimaciones que a cuentagotas proporciona la Secretaría de Educación Pública, pero que dibujan un abandono de proporciones descomunales.

El segundo desafío es consolidar una serie de plataformas y condiciones que no lastimen las oportunidades de aprendizaje, especialmente de los estudiantes con peores carencias familiares, culturales y socioeconómicas.

El reto para los maestros es extraordinario. Nuestro papel va más allá de transferir archivos digitales o asignar tareas. Tenemos que lograr, en la medida de lo posible, que cada sesión didáctica sea una experiencia provechosa, que cada contacto tenga sentido para los alumnos, que cada tarea sea ocasión de aprendizajes.

En la película de Ratatouille, el chef Gusteau habría escrito una teoría sobre la cocina: cualquiera puede cocinar, pero no cualquiera puede ser un buen chef.

Nunca como ahora es más claro también en la docencia: cualquiera puede dar clases, pero no cualquiera será un buen maestro, si no se compromete con su preparación y se entrega con generosidad al oficio magisterial.

Si en un salón de clases los estudiantes necesitan y merecen buenos maestros, en tiempos de confinamiento, los profesores no podemos eludir el compromiso social, profesional y ético con los estudiantes. No podemos olvidarlo: en cada experiencia pedagógica, nosotros somos la cara de la Universidad. La cara positiva o la pésima.

La docencia no es sólo un empleo. Lo aprendí hace muchos años con Federico Mayor Zaragoza, cuando recibió el doctorado honoris causa en la Universidad de Colima, siendo él director general de la UNESCO. No. La docencia no es una chamba: es una misión de transformación social y no puede ser epidérmica. Esa misión empieza en el mismo maestro.

Ese es el reto que tenemos las maestras y maestros de la Universidad y de todas las instituciones educativas. Ni más, ni menos.

 

De luto por Joan Margarit

Cuando buscaba libros del poeta catalán Miquel Martí i Pol encontré a Joan Margarit. Leí tres o cuatro poemas, una entrevista y vi varios videos. La fuerza de su figura, su voz teatral y la carnalidad de sus poemas me deslumbraron. Hice a un lado la búsqueda inicial y conseguí la poesía completa del premio Cervantes 2019, que no recibió en acto público por la pandemia.

Arquitecto y profesor, era considerada el mayor poeta vivo catalán, autor, además, de una obra escrita simultáneamente en español y la lengua de Cataluña; no son traducciones, defendía él, son poemas que se escriben en sus propios idiomas.

Hoy me desperté con la triste noticia de que murió Joan Margarit. Fue inevitable recordar aquellos versos del libro escrito a su hija, Joana, mientras se iba muriendo frente a sus ojos. Poemas desgarradores, de amor y dolor.

Por Joan Margarit, entre otras razones, empecé hace algunas semanas a estudiar catalán. Quería leerlo en su idioma y, de paso, a Miquel Martí i Pol, quien me condujo, involuntariamente, al territorio de su poesía. Lo haré un día, no sé cuando, pero estará frente a mis ojos.

Nuevo semestre en la Universidad

Comienza un nuevo semestre en la Universidad de Colima. Como desde hace tres años, coordinaré el curso de Gestión y administración de la educación superior con un grupo de estudiantes de tercer año de la carrera de Pedagogía.

Son 24 los inscritos en este ciclo y espero que el trabajo vía remota, mejorado con la experiencia de los meses del largo confinamiento, produzca aprendizajes valiosos para los muchachos.

Me parece que el semestre anterior los resultados fueron más positivos que cuando volvimos después del parón, así que ahora, en un horizonte igualmente complejo, confío en que sigamos avanzando.

En estas semanas, cuando abrimos nuevos cursos y conocemos otros estudiantes, con la expectativa del semestre naciente, me gusta pensar cosas distintas a lo que tenemos. Ahora, entre las ideas que acaricio, es que los cursos universitarios pudieran estar abiertos a personas interesadas en tomarlos, sin ser alumnos regulares, como estudiantes de otras instituciones, personas dedicadas al ámbito laboral próximo, entre otros.

En esa opción de flexibilidad aprecio ventajas: interés por aprender y no por pasar materias, una enfermedad que a veces padecen los estudiantes; la riqueza de conocer otras perspectivas, nutridas por la práctica laboral o diversas disciplinas y carreras. Pero también, la concreción de la educación universitaria como un derecho, entendido en su sentido más amplio.

Estoy seguro que ganaríamos todos: estudiantes regulares, maestros e interesados en volver a las aulas o ingresar desde otras instituciones. Las universidades, por supuesto.

Ojalá un día sea posible.

Peligro: novedades educativas

Nico Hirtt es un profesor y sindicalista belga, fundador de Appel pour une École Démocratique [Llamada o Convocatoria para una Escuela Democrática] que analiza la escuela con una perspectiva crítica sólida. Su obra es respetable, como sus ideas rebeldes, escuchadas en los foros mundiales alternativos.

En un artículo publicado en octubre del año pasado, Hirtt examina la escuela digital y la clase inversa que rebrotaron con el confinamiento por la pandemia del COVID-19, calificándolos en el título como “dos virus troyanos del liberalismo escolar”.

El profesor Hirtt elige tres ángulos para observar los dos objetos de su estudio: la transmisión del saber, las desigualdades escolares y el contexto económico. Su posición es firme desde las primeras líneas: la enseñanza a distancia y el autoaprendizaje a domicilio sólo pueden admitirse como el último recurso en circunstancias excepcionales. En su análisis desde los saberes escolares coloca en el mismo saco a la pedagogía inversa, al enfoque por competencias y la educación tradicional, porque parten, a su juicio, de un concepto caricaturesco de la enseñanza tradicional, que reduce el papel de la escuela a la transmisión de saberes como función que puede desarrollarse sin dificultades con las tecnologías, prescindiendo de profesores y apostando a plataformas, podcasts, videos, pdf’s y otros medios en boga.

Para Hirtt, la escuela digital, apoyada en esas novedades (clase invertida o enfoque por competencias), pretende prescindir de la relación profesor-alumno, alma de la relación pedagógica. Dichas posturas reducen la relación entre teoría y práctica a una etapa lineal, sin las complejidades de su adecuada articulación, negando el valor de la teoría como fuente de interrogantes que deben responderse y luego contrastarse empíricamente.

Esa interpretación, en que la escuela se convierte sólo en dispensadora asincrónica de saberes para el autoaprendizaje, servirá especialmente a quienes tienen fuera de ella apoyos que refuercen aprendizajes, pero amenaza las oportunidades de quienes sólo acumulan carencias.  En otras palabras, cuando la escuela abandona su rol como transmisora activa de saberes, con un profesor presente, sólo saldrán adelante los favorecidos en la pirámide social.

El artículo de Hirtt es una provocación para interrogarnos por las consecuencias de modas que se instalan y suponen resolver problemas que, a veces, se disfrazan bajo velos de modernidad pedagógica, pero agravan las desigualdades de aprendizaje y son incapaces de contenciones ante la precariedad de millones de estudiantes en los sistemas educativos, sobre todo con la pandemia.

La reflexión de Nico Hirtt es parte de una agenda oportuna para debates de otra naturaleza, en los campos de la epistemología o las teorías pedagógicas, antes que en los medios o parafernalias que distraen de lo realmente estratégico.