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Los saberes necesarios para el futuro

En el libro de un gurú de moda –colombiano cuyo nombre no voy a mencionar en el tema de la educación basada en competencias encontré una alusión a Edgar Morin y su obra “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”, que me recordó las dudas acerca de la concreción de las ideas de Morin en el sistema educativo mexicano, no por insolvencia teórica, sino porque el discurso reinante en el mundo pedagógico oficial navega otras aguas.

Pensé, por ejemplo, en la reforma de la educación media superior, con su pretensión de suprimir la enseñanza de la filosofía, medida antagónica a las ideas del filósofo francés, en el texto aludido.

Pienso también si desde ciertas corrientes frívolas se puede enseñar el ideario de Morin. Si la obsesión es, por ejemplo, instruir para ser competentes-competitivos-exitosos (con el modelo Carlos Slim como perfil de egreso): cómo educar advirtiendo a los estudiantes sobre el peligro de la ilusión y el error en el proceso de conocimiento, o cómo enseñar la identidad terrenal, el proceso de incertidumbre o la antropoética.

Sospecho de la comprensión que se tiene de Morin a la hora de aterrizarlo en los sistemas e instituciones educativas. Incluso dudo de la claridad que tiene el iluminado que ahora inspira sistemas e instituciones educativas y que nos enseña, entre otras joyas, que el objetivo es, dice sin rubor, la “persona humana” (¿hay algunas que no lo sean?).

Conforme avanzo la lectura confirmo que el tal gurú lo es para un cierto tipo de “personas humanas”, probablemente bien intencionados pero ingenuas. Lean a continuación lo que escribe como la competencia a formarse después de aprender uno de los capítulos de su libro: “Conceptuar las competencias como un concepto complejo, con base en la cartografía conceptual”. ¡No sé si me doy a entender!

Si los sistemas, las instituciones y los actores de la escuela necesitan revitalizarse y sólo encuentran en el camino la orientación banal y milagroso de ciertos vendedores de espejitos, nuestro futuro en el mediano plazo y largo plazos habrá que esperarlo tan negro como nunca, porque a todos los problemas habrá que sumar la ignorancia de nuestra incompetencia.

Fuente: Periódico El Comentario

El presupuesto educativo para 2011

En la discusión del presupuesto para educación en 2010, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), con su rector a la cabeza, se unió a las negociaciones de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) con el Congreso de la Unión y el gobierno federal.

ANUIES, como ha sido usual en los años recientes, es responsable de buena parte de la negociación del financiamiento para las universidades públicas estatales. Por su parte, antes de 2010, la UNAM había acordado su presupuesto sin mediaciones ni otros participantes; así, la decisión de unirse al organismo que agrupa a las instituciones educativas públicas y privadas fue relevante. El impacto político y mediático no habrán sido menores, aunque sea difícil cuantificar los efectos. Al final, el presupuesto para la educación superior conseguido superó el proyecto del ejecutivo federal.

La fortaleza de la ANUIES con la UNAM es mayor y no desdeñable, por eso cabía esperar movimientos políticos, como ya sucede en la víspera del debate por el nuevo proyecto de egresos. En la discusión para 2011 el gobierno federal quiso mover sus piezas y recomponer el escenario. En principio, la UNAM tiene una partida presupuestal que no la obliga a presionar por más recursos a su favor. La jugada parecía perfecta, para sacarla de las negociaciones que encausa ANUIES. Pero su rector tomó otra determinación que no esperaban las autoridades federales.

Ahora, ha dicho José Narro, tenemos que participar en la negociación del presupuesto para que el mismo trato que recibe la UNAM sea tributado al conjunto de las universidades públicas. Una lección estratégica que deja descolocado al gobierno federal.

Si antes el papel de la máxima casa de estudios nacional era crucial, hoy lo es mucho más, porque el rector tiene mayor autoridad y sus argumentos rebosan solidaridad. Si antes su presencia era poderosa e incómoda, hoy lo es más, afortunadamente. Sin embargo, las piezas esperan el siguiente movimiento y faltan varios capítulos.

Fuente: Periódico El Comentario

UNAM y UdeC

UNAM. 10 de septiembre, cien años. No es una institución perfecta. No existen. Muchos problemas la laceran. No hay instituciones exentas de dificultades, vicios, errores. Guillermo Sheridan en “Letra libres” de julio hace un recuento ineludible: escasa autocrítica –mi opinión es distinta; él mismo es unamita-, un poderoso sindicato voraz, excesivo protagonismo político, ineficacia administrativa, burocracia robusta y en crecimiento, frente a una academia que debiera vigorizarse. Otros males alargarían la lista, sin duda.

Extensa sería también la relación de las virtudes y potencias de la máxima casa de estudios mexicana. La UNAM, en su centenario, constituye el referente de la educación superior nacional en el mundo. Por eso debe ser –junto a todas las instituciones educativas del país- mucho más sólida. Su valor histórico, cultural, intelectual, artístico, arquitectónico, social y pedagógico es inmenso.

Mil trazos podrían mostrarla en plenitud. No es el espacio. Me limitaré a retomar lo que de ella expresara Alejandro Gómez Arias, uno de los líderes del movimiento que conquistó la autonomía en 1929. Ella debe ser fuerte y mexicana, afirmó: “Porque la universidad necesita ser fuerte para defender los derechos de todos a la educación y la cultura…. Porque esta universidad es profunda e indisolublemente mexicana; no de ningún régimen, no de ningún gobierno, no de una clase, no de un grupo hegemónico. Es del pueblo de México del que recibe los recursos que la sustentan y que año con año hace correr en sus aulas el gran río de la vida nacional.”

Universidad de Colima. Siete décadas para una universidad en México son ya una inestimable experiencia.

Setenta años son, contra las viejas y consagradas universidades europeas, un desafío, un camino por construir, una promesa, la obligación de ser aprendiz permanente, de madurar sin dejar la juventud de ánimo.

Inaugurada cuando en Colima no existían siquiera los bachilleratos ha forjado una trayectoria particular, un nombre propio entre las universidades mexicanas; en las tres últimas décadas, un prestigio no gratuito, ni fácil. Es producto de miles de hombres y mujeres que por ella pasaron y siguen vivos en sus obras.

Quienes repasen la historia universitaria colimense encuentran allí razón y rumbo. Sus primeros rectores fueron educadores de vocación, hombres que recorrieron todos los caminos, desde la docencia en escuelas rurales hasta la cúspide de la universidad. Cientos de profesores se ofrecieron generosos a los estudiantes, a veces sin paga, otras, en circunstancias adversas. Allí están las semillas, las bases que forjaron el presente vivo y el impulso para un futuro que no puede menos que ser venturoso, por Colima, por los miles de estudiantes y de familias que confían en ella. No, no es perfecta. No existen esas instituciones, pero está viva y lucha por transformarse y ser mejor.

Fuente: Periódico El Comentario

El valor de la universidad pública

En 2005 se celebró en Barcelona la “Second International Conference on Higher Education”, auspiciada por la red internacional de instituciones de enseñanza superior, conocida por sus siglas en inglés como GUNI (Global University Network for Innovation). Sus recomendaciones resaltaron, entre otros aspectos, el valor social de la educación superior, su definición como derecho y el papel ineludible de los gobiernos en su financiamiento.

En la misma reunión de GUNI se realizó un encuentro de premios Nobel que acordaron una serie de conclusiones conectadas con aquellas, que deben ser ponderadas en la justa dimensión del valor intelectual y social de quienes las signaron. Los resultados de la conferencia y del encuentro de los notables constituyen una firme postura respecto al presente y futuro de la enseñanza superior.

En momentos en que se avecinan tiempos sombríos por las amenazas financieras que se ciernen sobre las universidades, conviene repasar aquellos acuerdos, especialmente en un contexto como el nuestro donde los recursos no alcanzan para educación pero sí aumentan para pagar los compromisos de la deuda y los costos de la guerra contra el crimen organizado. Veamos algunas conclusiones.

-La educación superior es un bien público que debe llegar a todos. En ese sentido, las instituciones de educación superior, independientemente del origen de sus recursos, cumplen una función pública que debe gestionarse con autonomía política respecto a los estados y autonomía financiera respecto a las empresas.

-Los fines de la educación superior son antagónicos a la búsqueda del lucro o beneficios económicos directos de la actividad. Debe proveerse sobre la base de la igualdad y negarse a cualquier forma de discriminación, especialmente comercial o financiera.

-Como servicio público la docencia y la investigación deben ejercerse con libertad pero al servicio de la sociedad.

-El futuro de la educación superior depende en buena medida de los alumnos, por lo cual es imprescindible el diálogo entre las universidades y los niveles escolares previos.

-La educación superior debe transformar a los estudiantes en ciudadanos.

-Conforme a lo dispuesto en el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos son los méritos el criterio para acceder a la educación superior. A mi juicio, es el único punto cuestionable, pues las investigaciones sociológicas son prolijas en demostrar que los rendimientos escolares están condicionados por el medio social de los estudiantes, lo cual, misteriosamente, conduce a los jóvenes de las capas medias y altas a tener mayores probabilidades de ingresar a las universidades, no porque dichos segmentos sean más inteligentes o más disciplinados.

-Las instituciones de enseñanza superior deben desempeñar un rol crucial frente a la problemática social, no pueden aislarse de sus entornos ni enfrascarse en sus propias necesidades.

-Las universidades deben ejercer un papel de vigilancia crítica sobre la sociedad, los problemas del mundo y sobre sí misma.

-Se niega el carácter de mercancía de la educación superior, en un mundo dividido y pauperizado.

Sólo una visión de ese tipo, convencida del valor de la educación, generará los factores para mejorar el funcionamiento de la instituciones, su capacidad de incidir en la transformación social y las condiciones que permitan a los jóvenes su acceso a ellas, sin tener como handicap la lotería perversa que les hizo nacer en un barrio pobre de una ciudad miseria y no en los barrios electrificados de las metrópolis.

Fuente: Periódico El Comentario

Persistencia de la exclusión

El cuarto informe del presidente Felipe Calderón muestra los pobres avances del país en materia educativa. La educación sigue siendo un derecho no efectivo para un enorme grupo de mexicanos; para millones, una posibilidad perdida de manera irremediable conforme aumentan su edad; para otros tantos, se reduce a la oportunidad de una primera inscripción en el nivel educativo y su deserción temprana del aparato escolar, como antesala de la exclusión social o como corolario de la marginalidad.

Las cifras expuestas hace unos días no admiten el optimismo: el gasto nacional en educación disminuyó 0.7% con respecto a 2009; el índice nacional de analfabetismo de la población de 15 y más años es de 7.4%, menor a 2009 sólo en menos de 40 mil personas; los analfabetos y personas sin educación básica completa suman 33.4 millones, un millón más que al inicio del régimen de Vicente Fox, el 42.6% de esa población; finalmente, la atención al grupo etario disminuyó en 11.5% respecto al año anterior, es decir, que en 2011 tampoco habría mejoras en el indicador.
La cobertura en educación media superior (16-18 años) se estima hoy en 64.4%, pero la eficiencia terminal en bachillerato es de 62.9%, en otras palabras, a dicho nivel educativo ingresan dos terceras partes de los jóvenes en esa edad, y sólo terminan seis de cada diez. En suma, con ese comportamiento menos de la mitad de los jóvenes del siglo XXI tendrán un certificado de bachillerato.
En educación superior las cifras son más críticas. Las cuentas oficiales ubican la cobertura en 30%, y la eficiencia terminal ni siquiera aparece en el cuadro que muestra los indicadores más relevantes, de ese modo, el porcentaje de jóvenes mexicanos con un título de enseñanza superior podría estimarse apenas entre el 10 y el 15% del grupo de edad, panorama distante al de los países de semejante nivel de desarrollo.

Dirán, y con razón, que las cifras oficiales muestran avances, pero son nimios con respecto a los rezagos y los promesas. Son inobjetables también las tendencias, y los hallazgos en la investigación pedagógica y sociológica no avalan que estemos frente a un proyecto educativo para resarcir desigualdades sociales y escolares.
Las cifras anteriores y otras sólo documentan la fragilidad de un sistema social incapaz de dotar a sus ciudadanos de los beneficios de la instrucción mínima, consagrada en la Constitución y conferida a todos los hombres y mujeres en la Declaración Universal de los Derechos Humanos por el simple hecho de haber nacido.
Una conclusión es dolorosa en las cifras del cuarto informe presidencial: en México la educación no está garantizada a todos, ni todos los estudiantes tienen acceso a una buena formación. Lo único que tal estado de cosas garantiza es la perpetuación de enormes circuitos de desigualdad, así como la transmisión intergeneracional de pobreza y desesperanza. No hay que tener una bola de cristal: los pobres, principalmente ellos, seguirán siendo pobres, ignorantes y víctimas de la violencia.

Fuente: Periódico El Comentario

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