En México tenemos una relación peculiar con los salvadores políticos. Nos gustan. Los buscamos. Y cuando no los encontramos cerca, los importamos.
La versión más reciente viene del norte. Se llama Donald Trump y algunos compatriotas hablan de él con un entusiasmo que recuerda al de los peregrinos cuando descubren una nueva aparición milagrosa. Según esta nueva devoción, Trump es poco menos que el último defensor de la civilización occidental, el hombre que pondrá orden en el caos contemporáneo y, de paso, corregirá varios problemas del planeta.
La situación tiene algo de ironía histórica. Durante su presidencia, Trump expresó en diversas ocasiones opiniones bastante poco afectuosas sobre México y los mexicanos. Pero la memoria política, como todo el mundo sabe, tiene la duración de una tendencia en redes sociales.
En realidad, el fenómeno no dice demasiado sobre Trump. Explica mucho, en cambio, sobre nosotros.
En América Latina tenemos una larga tradición de confiar en figuras mesiánicas. Cada generación encuentra la suya. A veces el elegido aparece en casa —como ocurrió con Andrés Manuel López Obrador— y otras veces se manifiesta en el extranjero, lo cual tiene la ventaja de que uno puede admirarlo sin sufrir demasiado sus políticas.
Además, el salvador lejano posee una virtud extraordinaria: siempre es más fácil idealizarlo.
De modo que el espectáculo se repite con admirable regularidad. Cambian los nombres, los discursos y las banderas, pero el mecanismo es siempre el mismo: un líder promete restaurar el orden del mundo y una multitud decide creerle.
La política, convertida en religión, tiene esa ventaja: ahorra el esfuerzo de pensar.
Y, como toda fe respetable, exige una sola condición a sus devotos: memoria corta y líquida.
