Breve tratado contra la estupidez digital

La tiranía de los grupos de WhatsApp

Posted by Juan Carlos Yáñez Velazco

Hay inventos tecnológicos que transforman la historia de la humanidad. La imprenta, por ejemplo. O la electricidad. O la confianza, con la cual funcionan los créditos y la democracia.

Luego está el grupo de WhatsApp.

El grupo de WhatsApp merece un lugar destacado en la historia contemporánea, no por su sofisticación tecnológica sino por su extraordinaria capacidad para multiplicarse.

Uno entra a un grupo casi siempre por accidente. Alguien decide que es buena idea crear un espacio para coordinar algo razonable: una reunión, un proyecto, una actividad. Hasta ahí todo parece perfectamente civilizado.

El problema comienza después.

Porque el grupo, una vez creado, adquiere vida propia. Lo que comenzó como una herramienta práctica muta en una conversación permanente sobre cualquier cosa.

Primero aparecen los mensajes funcionales: horarios, recordatorios, preguntas breves.

Luego leemos los saludos.

Después las felicitaciones.

Más tarde los memes.

En algunos, me cuentan, las ofertas. Digo: me cuentan, porque cuando eso sucede, salgo corriendo.

Y finalmente —como una etapa inevitable de la evolución digital— los videos.

En ese punto el grupo ya no tiene nada que ver con su propósito original. Se convirtió en una especie de plaza pública virtual donde conviven personas que, en circunstancias normales, jamás sostendrían una conversación continua durante meses.

Lo más fascinante del fenómeno es la diversidad de personajes que habitan estos espacios. Repasemos algunos.
El entusiasta, que saluda todos los días con un “¡buenos días, grupo!” acompañado de la imagen de un amanecer sobre la taza de café. De cualquier amanecer, en cualquier lugar del mundo y cualquier taza de café, casi nunca la suya.

El informador compulsivo, que considera como deber cívico compartir cada noticia, rumor o advertencia que encuentra en internet.

El filósofo, o mejor, el sofista, que envía reflexiones profundas atribuidas a celebridades o a un misterioso “autor anónimo”.

Y está también la mayoría silenciosa, ese amplio sector de participantes que jamás escribe nada pero observa todo con mezcla de curiosidad y resignación.

Salir de un grupo, por supuesto, es una operación social delicada.

Abandonar discretamente puede interpretarse como señal de desaprobación. Permanecer en silencio durante meses puede parecer descortesía. Participar demasiado puede ser agotador.

Así que la mayoría de nosotros opta por una solución intermedia: silenciar el grupo.
Silenciar un grupo de WhatsApp es una de las grandes estrategias de supervivencia de la vida digital contemporánea. Consiste en reconocer que la conversación existe, pero que no necesitamos enterarnos de cada una de sus manifestaciones. Es una forma elegante de distanciamiento social frente un Covid virulento.

El problema es que los grupos, como ciertas especies biológicas particularmente exitosas, tienden a reproducirse.

Cuando uno logra domesticar un grupo, aparece otro. El grupo del proyecto, el grupo del evento, el grupo de la familia extendida, el grupo del grupo anterior, y tantas variedades que mi cordura no comprende.

Y así seguimos, acumulando pequeñas comunidades digitales cuya actividad principal consiste en intercambiar mensajes que nadie necesita con urgencia. Que no necesita nunca.

Tal vez, dentro de algunos años, la etiqueta digital evolucione lo suficiente como para establecer una regla simple: los grupos deberían existir solo mientras cumplen su propósito.

Es una idea revolucionaria: nacen, cumplen su función y mueren. Nunca se reproducen.

Mientras tanto, seguiremos habitando este curioso ecosistema de conversaciones interminables.

Con una pequeña esperanza: que el botón de “silenciar” continúe funcionando.

Related Post

Leave A Comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.