Breve tratado contra la estupidez digital

El derecho humano a no responder WhatsApp

Posted by Juan Carlos Yáñez Velazco

Debo decirlo con franqueza, antes de que mi silencio digital empiece a generar interpretaciones inquietantes: estoy cansado de WhatsApp.

No es un cansancio técnico. El teléfono funciona, internet también, y hasta las actualizaciones se instalan sin dilaciones porque mi aparato todavía las soporta. No. Es un cansancio más profundo, casi moral. Una especie de fatiga civilizatoria provocada por la sensación de que hemos olvidado una regla básica de convivencia: hay momentos inadecuados para interrumpir a otro ser humano.

Hubo una época —no tan lejana— en la que ciertas horas del día gozaban de un respeto sagrado. Por lo menos en mi pueblo. La comida, por ejemplo. Ese pequeño ritual doméstico en el que el mundo exterior quedaba temporalmente suspendido. Y la noche, momento en el que la humanidad coincidía en una idea simple: si alguien ya está durmiendo, probablemente no necesita saber nada más hasta el día siguiente.

WhatsApp, sin embargo, decidió que todo eso es una superstición arcaica.
Hoy la sobremesa puede ser interrumpida por alguien que considera imprescindible compartir un video de un perro que canta rancheras o un mono que arrastra un peluche desbordando ternura y lágrimas en los espectadores. Y la noche —ese territorio antes reservado al silencio— puede ser violentada por el mensaje urgente de que alguien reenvía, por vigésima vez, un texto que comienza con la ominosa advertencia: “Lean esto antes de que lo borren.” O cualquier pendejada.

Confieso algo: no me atrevo a bloquear a nadie.

Bloquear a alguien hoy es un acto equivalente a expulsarlo del club de la humanidad infotecnologizada. Es un gesto que requiere la firmeza de carácter que yo, lamentablemente, no poseo. Así que sigo atrapado en ese delicado equilibrio entre la cortesía y la desesperación.

Porque el verdadero problema no es el mensaje ocasional. Todos necesitamos escribir algo a alguien alguna vez.

El problema es el ejército. La vasta y disciplinada tropa de reenviadores profesionales cuya misión en la vida parece consistir en transportar hacia otros todas las cosas que reciben. No las cuestionan, no las verifican, no las descartan. Simplemente las trasladan. Y la hora les es indiferente; pueden ser las doce de la noche o las tres de la mañana.

Son algo así como el servicio postal de la banalidad.

Gracias a ellos uno recibe, con regularidad insospechada, imágenes motivacionales sobre amaneceres imposibles, reflexiones filosóficas atribuidas a Einstein, al papa o a Paulo Coelho; advertencias médicas redactadas por especialistas imaginarios y, por supuesto, los inevitables videos que alguien considera demasiado importantes como para no enviarlos a todos sus grupos y contactos. O invitaciones para asistir a un evento muuuuy relevante a 700 kilómetros de donde vives. ¿Sería posible que WhatsApp pidiera nuestra aceptación para ser incorporado a un grupo? ¿Es un milagro improbable?

Todo esto ocurre bajo la noble convicción de que se está prestando un servicio a la humanidad.

Uno quisiera preguntar, con genuina curiosidad sociológica: ¿en qué momento perdimos la capacidad de no reenviar y menos interrumpir al semejante?

Porque existe, aunque parezca increíble, una tercera opción entre reenviar a todos y sentirse culpable por no hacerlo. Esa opción se llama silencio. Consiste en leer un mensaje, suspirar con discreción y permitir que muera dignamente en el propio teléfono.

Es una práctica antigua, casi monástica.

Pero WhatsApp, con su sistema de notificaciones, palomitas azules y ansiedad permanente, convirtió el silencio en algo sospechoso. Si no respondes pronto, alguien puede pensar que estás molesto. Si no reaccionas, puede parecer que ignoras. Si no participas en una conversación interminable sobre un tema que no te interesa en absoluto, corres el riesgo de parecer antisocial.

La paradoja es magnífica: una tecnología diseñada para facilitar la comunicación nos obliga a desarrollar complejas estrategias para administrar nuestra capacidad de incomunicación.

Por supuesto, uno puede silenciar grupos. Yo lo he hecho. A muchos.
Pero siempre aparece uno nuevo: el grupo del evento, el grupo de trabajo, el grupo de la familia extendida, el grupo del grupo anterior, que ya era demasiado grande, o el grupo íntimo del grupo de los amigos.

No me atrevo a bloquear a nadie, ya lo dije. Pero empiezo a admirar en secreto a esas personas que responden con serenidad casi filosófica: “Disculpa, no vi el mensaje.”

Tal vez ese sea el último refugio de la libertad digital.

Mientras tanto, sigo observando el teléfono con una mezcla de resignación y curiosidad antropológica. Cada notificación es una pequeña ventana a la condición humana contemporánea.

Y sospecho que, cuando los arqueólogos del futuro estudien nuestra civilización, encontrarán millones de teléfonos llenos de mensajes reenviados. Después de analizarlos cuidadosamente, probablemente llegarán a una conclusión sencilla:

Tenían una tecnología extraordinaria para comunicarse y decidieron usarla, sobre todo, para enviarse estupideces.

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