Durante siglos, opinar fue un privilegio. HabÃa que saber algo, haber leÃdo algo, pensar algo antes de abrir la boca. Hoy ocurre lo contrario: parecerÃa que no opinar es una anomalÃa.
Las plataformas digitales han instaurado una especie de mandato invisible: todo debe comentarse, reaccionarse, juzgarse. Cada noticia exige un veredicto inmediato; cada acontecimiento pide una postura instantánea. No importa si sabemos poco o nada. Importa pronunciarse.
AsÃ, el silencio — signo de prudencia o cordura durante mucho tiempo— empieza a verse como rareza.
La estupidez digital prospera precisamente en ese clima. No porque la gente sea más tonta que antes, sino porque las condiciones de la conversación pública se degradaron.
Pensar requiere tiempo. Dudar convoca pausas. Comprender exige distancia. Las plataformas, en cambio, premian velocidad, ocurrencia e indignación inmediata.
La consecuencia es que cada dÃa circulan millones de opiniones que nacen muertas: no buscan comprender nada, sólo participan en el ruido.
Tal vez uno de los pequeños actos de resistencia intelectual de nuestro tiempo consista en algo muy sencillo: reivindicar el derecho a no opinar. El derecho al silencio.
No todo merece nuestra reacción.
No todo requiere nuestra voz.
No todo exige un comentario.
A veces, el gesto más inteligente en la esfera digital es cerrar la aplicación y pensar un poco más. O rascarse la panza mirando el techo.
