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Las escuelas multigrado en pantalla

La semana pasada el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) anunció el arranque de dos programas televisivos con Canal 22 y el Sistema Público de Radiodifusión del Estado Mexicano. Inició ya “Voces de la evaluación”, que se transmitirá martes y jueves a las 21:30 h. Luego vendrá “Pensar la educación”.

El jueves 6 de septiembre, con Juan Carlos, mi hijo de 8 años, vimos el segundo de la serie “Voces de la evaluación”. Lo de él fue involuntario; veía otro canal y a las 21:34 h. le pedí que me prestara un momento la televisión para ver si había comenzado. Un grupo de niños vestidos de blanco caminaban senderos polvorientos para llegar a su escuela, al fondo, un paraje desolado. Contaban las peripecias de 4 kilómetros diarios para llegar a clase y la vuelta a casa.

Juan Carlos no protestó y las imágenes siguieron. Lo perdí de vista y me concentré en la pantalla. Las voces infantiles de los escolares, a veces tenues, se perdían con el ventilador que intentaba bajar el intenso calor de la noche colimense. Aparecieron las mamás y el director de la escuela, con rostros curtidos pero alegres relataron aspectos de la vida comunitaria.

Después de un corte apareció el conductor y Sylvia Schmelkes, consejera de la Junta de Gobierno, experta en asuntos espinosos del sistema escolar, hoyos negros que amenazan la viabilidad educativa del país y cuestionan la impertinencia de insistir en la calidad de la educación sin colocar en el centro a la equidad.

El tema del programa son las escuelas multigrado. Ella explicó con claridad los rasgos generales. Entonces me di cuenta que Juan Carlos no solo estaba en la habitación en penumbra; miraba la pantalla y escuchaba atento. No aguantó las preguntas. Papá: ¿cómo trabajan en las escuelas multigrado?, ¿en Colima también hay escuelas multigrado? Le pedí que escucháramos y enseguida respondería.

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Analfabetas en Colima

A propósito del Día Internacional de la Alfabetización (8 de septiembre), declarado por la Unesco en 1965, el portal Afmedios publicó una nota de Citlally Vergara que titula: “En Ixtlahuacán vive la población con más porcentaje de analfabetismo”; su fuente, la Encuesta Intercensal 2015 del INEGI.

Las cifras, tomadas con tino por la periodista, recuerdan que en Colima, en ese año, vivían 523,309 personas de 15 años y más, grupo con el cual se calcula el analfabetismo. De ellas, 95.58 % se declaró alfabeta y 3.88 %, analfabeta; el resto no lo indicó. La mayor proporción de analfabetas son mujeres (53.79%). En el país, el analfabetismo se fijó entonces en 5.5 %, con extremos en Chiapas (14.8 %), Guerrero (13.6 %) y Oaxaca (13.13 %), y en Ciudad de México, Nuevo León y Baja California, con 2 % o menos de su población iletrada.

En Colima, por municipios, el más avanzado es Villa de Álvarez, con 1.71 %, como en los mejores estados del país; el rezagado, Ixtlahuacán, con 10.56 % de analfabetas, cerca de las entidades con peores números. También con cifras elevadas, Armería (8.68 %) y Tecomán (7.31 %).

Un programa federal lanzado posteriormente redujo las cifras nacionales y estatales, pero no la crudeza del problema, porque el concepto que se usa para medir el analfabetismo es bondadoso: personas que no saben leer ni escribir un recado, definición obsoleta en una época donde las tecnologías democratizan el acceso a la información (fidedigna o basura), pero también profundizan brechas. Un ajusto del concepto estallaría las cifras de analfabetas, cosa que políticamente resulta indeseable, por supuesto.

Otra cara del problema educativo es el grado de escolaridad de la población en México, actualmente de 9.2 grados. Según el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, entre 1970 y 2016 la escolaridad promedio se elevó 1.3 grados cada 10 años, así que faltarían 22 años para llegar a los 12 promedio de escolaridad, y dos décadas más para cubrir los 15 grados que la Constitución decreta como obligatorios para el Estado y derecho para el ciudadano, esto es, más allá de la mitad del siglo.

Finalmente, en un día que conmemora los progresos mundiales y nacionales en la materia, conviene recordar siempre a Paulo Freire, para quien el analfabetismo no es una hierba dañina, sino expresión de sociedades injustas.

Dos años del INEE en Colima

En julio de 2016 el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación abrió su casa en Colima. En estos días celebramos los primeros dos años, con ánimo renovado y proyectos en construcción, con equipo integrado y entusiasta.

La historia es corta y puede resumirse en un tuit: en abril de 2016 asumí el cargo de director general adjunto, en junio del mismo año seleccionamos el equipo de trabajo, en julio abrimos el edificio y la maestra Sylvia Schmelkes inauguró en enero de 2017.

Los 24 meses han sido intensos; unos más que otros, sin tregua. En momentos el desafío fue extremo: como personas y como equipo, por fortuna, los sorteamos y crecemos en ambas dimensiones. Somos un grupo en aprendizaje perpetuo, en movimiento incesante, como la vida del Instituto.

Cuando se hizo público mi nombramiento, muchos amigos en el ámbito educativo me felicitaron. Algunos de ellos, con buena o insana intención, me preguntaron por qué trabajaría con el secretario de Educación estatal; algunos aludían a la delegación federal de la SEP. Ese elemento es constante todavía: se conoce poco al Instituto, o no tanto como sería deseable. Es común empezar las conversaciones informales o charlas aludiendo a la condición legal del INEE, a la Junta de Gobierno o su estructura orgánica. La sorpresa de sus rostros dibuja una de las zonas urgidas de aceleración: la comunicación social. La autonomía es una de las víctimas principales.

Comunicar mejor, más ampliamente, a nuevas audiencias, con mayor impacto y reinventando la interlocución permitirá que los reportes, informes, estudios y documentos que genera el Instituto se conviertan en herramienta útiles y apreciadas por los actores principales del sistema escolar. La tarea es colectiva, no de una oficina; el desafío, global.

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Si el pueblo leyera… y AMLO


Estos días he leído abundantes comentarios en Twitter acerca de la frase que algunos atribuyen a Pedro Ferriz y concluye así: “…Si el pueblo leyera, AMLO no sería presidente”. Se acuñó a propósito de la consulta sobre el aeropuerto nuevo para la Ciudad de México, pero es irrelevante para la intención que anima estas líneas.

Aclaro de una vez y sin ambages: no soy abogado de AMLO (ni fustigador). Mi centro es otro. Me indigna la intolerancia que azuza aquel tipo de definiciones; la fatuidad de suponer que quienes no son iguales o piensan distinto son detestables.

En principio, la frase de marras cree que ser lector gestiona un pasaporte de infalibilidad y superioridad moral, política e intelectual. Los ejemplos que desmienten no son excepción: en los años recientes dos presidentes mexicanos declararon y surtieron muestras inapelables de que no eran lectores consuetudinarios ni gozosos.

La lectura no es una patente de corso. Importa el hábito, sin duda, pero para las decisiones ciudadanas, también importa qué se lee, cómo se lee, para qué se lee y contra qué se lee; además, cuenta el contraste de opiniones, la diversidad y apertura.

Nunca olvido a José Saramago cuando dijo: el hombre más sabio que conocí (su abuelo) era analfabeto. El analfabeto no puede leer textos, pero eso no le degrada en su condición humana. El analfabetismo no es un pecado ni una hierba dañina que debe erradicarse, es una expresión de sociedades injustas, afirmó sabiamente Paulo Freire, quien sostenía también que nadie lo sabe todo y nadie lo ignoro todo en el acto educativo, y en la vida; con lecturas o sin libros.

Me indigna aquella expresión no porque vaya dirigida al próximo presidente de la República, sino porque anida odio a los otros, al otro sin el cual no somos, y con esa animadversión no se construyen sociedades civilizadas, respetuosas, divergentes pero tolerantes.

Esa fractura enorme que parece pronunciarse en la sociedad mexicana, que venía de antaño y sigue acentuándose es, probablemente, el reto político más trascendente. Parece invisible, pero está vivo y crece.

Sin alimentación ni educación un país no puede ingresar al siglo XXI, afirmó Carlos Fuentes en una conferencia en Costa Rica (julio de 1997), sobre la importancia de la educación en el entonces próximo nuevo milenio. La educación es más que enseñar el abecedario o las operaciones aritméticas, la ciencia o la historia, una profesión, es la formación de los ciudadanos en todas las dimensiones que lo componen, entre otras, la ética. En esa materia, que hoy se evalúa poco y pondera inadecuadamente, las redes sociales, las calles, la violencia y la impunidad nos colocan en estado de indefensión.

Leer es necesario, saludable, puede ser divertido y es políticamente correcto, pero no es suficiente para ser buen ciudadano. Formar el hábito es tarea de la escuela, pero no solamente de los maestros. Otra vieja enseñanza que nos legó Paulo Freire es que no se pueden leer textos sin contextos: palabras lejanas o de espaldas a la realidad. Solo nosotros, el colectivo, seremos responsables, y cada uno ha de empezar en sus mensajes en redes sociales y en su comportamiento familiar y ciudadano. ¿Podremos? ¿Queremos?

Motivos para el optimismo en la universidad

La semana anterior asistí a la Universidad Autónoma de Yucatán para participar en la Segunda reunión del Consejo Consultivo del Sistema de Educación Media Superior, al cual fui invitado por su rector. Aunque la reunión fue la segunda, para mí fue la inicial, pues a la anterior solo pude asistir vía Skype, distante por otros compromisos.

Lo anecdótico es insustancial. No importa ni un poco el hecho, sino la constatación de que las universidades públicas buscan nuevos horizontes, con estrategias más o menos afortunadas, más o menos mediáticas, con acciones de mayor o menos trascendencia, pero que reflejan la necesidad de encontrar asideros o insumos inéditos para su tarea.

No puedo describir lo que la hace la UADY, porque el conocimiento no me autoriza, pero sé ahora de la estrategia en que estoy implicado, los consejos consultivos, siete en total, que somete a escrutinio crítico acciones y proyectos.

Mi balance está contaminado por afectos, pero estoy convencido de que no me convocaron para sentarme en primera fila a aplaudirles. En su discurso y actitudes leo apertura, sensibilidad para escuchar, ganas de aprender.

La sesión convocada con agenda y documentos a discutir tuvo una magnífica conducción. Los consejeros expresamos con absoluta libertad nuestros argumentos y propuestas. Ellas, mujeres en su mayoría, tomaron nota, preguntaron, resumieron.

En los muchos años de trayectoria en las universidades he participado en un número incalculable de reuniones. Pocas me causaron la misma impresión y emoción. El hecho obliga a colaborar con la máxima responsabilidad. Si los comentarios, sugerencias, críticas son tomados en cuenta, ya no es decisión nuestra, ni obligación de ellos.

La reunión me dejó motivos para seguir confiando en las posibilidades transformadoras de la universidad pública, lugar privilegiado al que cabría exigirle siempre compromiso indeclinable con sus funciones y con la sociedad que las sustenta.

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