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Confesiones nocturnas

Hoy tuve apenas la segunda clase en las primeras tres semanas del semestre escolar. Mi planeación ha debido ajustarse por circunstancias imprevistas. Tres horas de clase, en el nuevo formato, de sesenta minutos, son un desafío para los profesores y [me temo] un suplicio para los alumnos. ¡Tengo 15 oportunidades por delante para desafiarme!

Mañana será un día intenso. Trabajo en el cubículo temprano, asesorías de tesis a mediodía, luego, por la tarde, viajaré a Coquimatlán para continuar mi proyecto en escuelas de Colima.

La noche será especial: homenaje del Seminario de Cultura Mexicana a uno de mis más apreciados maestros, José Miguel Romero de Solís, a quien tuve el placer de conocer en los cursos de historia de la educación e historia de la educación en México, de la naciente Facultad de Pedagogía, hace 35 años.

He sido afortunado de tenerlo como maestro, luego, de una amistad que cultivo con intermitencias, pero al que infinitamente guardo aprecio y admiración. José Miguel es para mí una de las más luminosas referencias docentes e intelectuales.

Otra vez

Se nos está volviendo costumbre infeliz lamentarnos e irritarnos por una mujer muerta cada semana, aunque asesinan a más.

Si la muerte de adultas o adolescentes no valen menos en el ranking de la indignación, la de una niña de siete años, sustraída en las puertas de su escuela, rebasa cualquier límite, por la atrocidad y las complacencias.

Las políticas de seguridad siguen sin ofrecernos resultados palpables en hechos y estadísticas. Los besos, abrazos y reprimendas maternas podrían funcionar en la tierra de los ositos cariñositos, pero en la realidad, los distintos órdenes de gobierno están superados.

Por ahora, desde la ignorancia en la materia, no vislumbro la salida, porque ni siquiera se aceptan los problemas y consecuencias, que no son abstracciones, sino muertes dolorosas que se acumulan sin cesar.

¿Soñé o era ella?

Desperté temprano y cansado. La noche había sido insuficiente para reparar la semana laboral agotadora. Por un instante me tentó la idea de cerrar los ojos y dormir todo el tiempo que el cuerpo aguantara. Recordé que los días previos fueron malos para la rutina de caminata. No había tiempo para más descanso, dije. Casi cayéndome metí las piernas en el pantalón deportivo, y otro tanto sucedió al abrocharme las agujetas. El reloj marcaba las 8:15. Ya el sol caía y el fresco admitía una chamarra ligera. Subí al auto y emprendí el camino conocido a la rutina. Los primeros minutos fueron insoportables. El paseo matinal estaba casi abandonado. El cuerpo no respondía y había olvidado los audífonos para distraerme. Al acercarme a la mitad de la ruta saqué el teléfono para observar el avance y los metros recorridos. La flojera había quedado atrás y empezaba a disfrutar el viento fresco en la cara, las piernas en movimiento y el ruido exterior que aplacaba ideas internas. Cuando levanté la vista creí que los ojos, sin lentes, jugaban una mala pasada. ¿Era ella? Moví la cabeza. Volví al teléfono y de inmediato al frente. Miré a su acompañante y luego a ella; sí, era ella. Linda, como siempre, con una mirada distinta, distante, esquiva. Nos acercábamos cada vez más y aunque habría querido bajar los pasos, era inevitable el encuentro en diez metros, nueve, siete, cinco, tres… Los impulsos cardiacos aumentaron. La miré de nuevo, con desesperación, esperando que volteara una vez, una sola. Las palabras se congelaron. No salió una. Pasaron. Pasé a su lado con el corazón acelerado, emocionado. En ese instante, pedazos de segundo apenas, se mezclaron alegría, emoción, excitación… Miré atrás con ese coctel de emociones. No había nadie. Regresé la vista al frente. Un microsegundo después la cabeza sin orden volteo atrás. De nuevo, dos, tres veces. No había nadie. El andador estaba solo. A lo lejos, muy lejos, solo pude ver un perro en medio de sus dueños, un par de ancianos caminaban lento. El corazón se revolvía ahora por desconcierto.

Horas después, sentado frente al teclado, todavía no sé si la soñé o fue ella quien detonó una danza de sentimientos que siguen bailando dentro de mí.

Sociedades de padres: ¿remedio o cáncer?

La pregunta que me propongo reflexionar es más amplia: ¿las sociedades de padres y madres de familia en las escuelas son un cáncer o el remedio a distintos males escolares?

Desde hace tiempo he sostenido en conferencias y reuniones, con públicos varios, que las familias son un actor imprescindible para la escuela, que las madres y padres, sobre todo las primeras, más cerca de la crianza habitualmente, deben ser aprovechadas por los centros educativos, porque está demostrado que su valor puede potenciar (o ralentizar) las posibilidades formativas de los maestros.

Los resultados de las pruebas del Plan Nacional para la Evaluación de los Aprendizajes (PLANEA) son elocuentes: la correlación entre las condiciones de escolaridad de las madres y los resultados de aprendizaje de sus hijos obliga a tomarla como una variable clave para mejorar procesos formativos.

Para que suceda, es preciso un ejercicio de transformación inédito: convertir a la familia en protagonista pedagógico, no solo el soporte del estudiante, que ya es muy relevante. Exige que la escuela entienda que el padre y la madre deben jugar en el mismo plano con intenciones paralelas al proyecto educativo, que la familia también tiene derecho a opinar y no solo la obligación de estar informada en reuniones verticales, monótonas y sin espacios para interacción. Por supuesto, exige fijar límites a la injerencia de los padres, convertidos en sindicalistas (a veces enfurecidos) de sus hijos; abogados defensores de oficio sin conocimiento completo de las causas.

Contra mis convicciones, la agencia en las escuelas para la representación familiar, las llamadas “sociedades de padres de familia”, gozan de mala reputación, en general. No sé si alguna vez escuché un comentario positivo de ellas, en su faceta diferente a organizadora de actividades sociales. No lo recuerdo, aunque trato de ser objetivo y memorioso.

En experiencias más directas, las sociedades de padres se reducen a correas de transmisión de instrucciones, recados, cooperaciones, en suma, recordarnos obligaciones. A veces, toman decisiones autoritarias que pasan por encima de madres y niños. No en pocas ocasiones, en cambio, escuché hablar de manejos poco transparentes de recursos, de exigencias para obtener favores, cosas que de alguna forma se descubren y luego aumentan desprestigio.

Entonces: ¿las sociedades de padres de familia son la solución a males o un cáncer? En el plano conceptual, sigo pensando que deben ser un aliado pedagógico, pero me faltan ejemplos suficientes para comprobarlo.

Memorias de amor

I. El jueves llegué a mi habitación cansado, pero con tareas. Había oscurecido en San Juan de Alima, Michoacán. En la mañana tenía la conferencia; estaba lista, revisada de principio a fin, y viceversa, entonces preferí salir de las no sé cuántas paredes de la habitación irregular para caminar y buscar un lugar con luces suficientes, una mesa y un trago amargo. Quería respirar otros aires, refrescarme recuerdos y la cabeza. Enfilé a la playa oscura guiado por los ruidos del mar. Estaba solitaria y apenas pude apreciar unos metros delante de mis lentes, entre las piedras frente al hotel; a cincuenta metros, una pálida espuma jugueteaba entre las sombras. Ahí recibí la noticia fatal del fallecimiento de un compañero de la carrera: Luis Ernesto. Si el ánimo se apagaba, aquel mensaje fue fatídico. Espanté los peores pensamientos volviendo los pasos, subiendo los escalones, eludiendo la alberca y buscando la mesa mejor iluminada en el restaurante.

Fui a la barra con el flaco que cenaba sin esconder el hambre. Le pedí la carta y pregunté sobre tequilas y rones. Sin soltar la tostada de la mano derecha me dijo que él no sabía, que solo una vez había probado algo que le habían invitado. Elegí y regresé a mi mesa. Abrí la computadora, revisé, retoqué, corregí alguna palabra y en media hora creí que era hora de cambiar canal. El flaco de la barra ya reposaba su comida en la recepción, mientras la puerta abierta no miraba pasar a nadie. En este pueblo no hay ladrones, ni personas a esta hora.

A la computadora se le acababa la pila. Hurgué en la mochila y encontré el libro para el viaje: La peor parte. Memorias de amor, de Fernando Savater. Lo abrí y empecé. La noche era joven para dormirme. Aguantaría algunas páginas. Pedí otra copa y me acomodé en la silla incómoda. Puse en el vaso agua mineral, ajusté los lentes y comencé.

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