Novedades

¡Qué emoción y qué nervios!

Temprano mi línea de tiempo en Twitter tenía a #Dinamarca como tendencia. Imaginé lo peor: un loco musulmán, o rubiecito local, asesinaba sin piedad en las calles de Copenhague; una bomba explotaba y hacía pedacitos de la estatua de La Sirenita o un avión destrozaba el puente que une al país con Suecia. No pude con la tentación. Abrí los tuits y encontré el video de la mañanera donde el ciudadano presidente de este país, el 16 de enero del maléfico año que corre, anunció sin dudarlo que para el 1 de diciembre tendríamos un sistema de salud chingón, y para no dejar lugar a interpretaciones, precisó: como Dinamarca, Canadá o Reino Unido. Nomás.

Las cuentas no son lo suyo, ya sabemos. Como le pasaba a Peña Nieto. Bueno, como les pasa a casi todos esos. También sabemos que el hoy presidente no tiene bola de cristal y sí un serio problema de incontinencia verbal crónica.

Yo, medianamente respetuoso de la investidura, no querría burlarme del presidente, porque sí no lo hace bien, es altamente probable que el país siga dando tumbos y brillando sólo en discursos gubernamentales. Pero no pude aguantarme la risa durante los diez minutos que pasé leyendo los mensajes de todos quienes se declaraban bien “pinches emocionados y nerviosos” porque ya pronto tendríamos un sistema de salud como el que nos merecemos y nos robaron los malditos neoliberales.

Lamentablemente para el pueblo que no es tan bueno ni sabio, se presentó la pandemia que, hay que advertirlo, ya para enero 16 cabalgaba alocada por aquí y por allá. Entonces, el presidente de este país podría justificarse muy bien diciendo que no contaban con la pandemia, aunque luego me confundo, porque el padre de las mañaneras y su secretaria de la Función Pública dijeron que la pandemia le cayó como anillo al dedo a la 4T.

Con pandemia o sin pandemia, la nota triste es que no habrá un sistema de salud como el prometido por el presidente, ni ahora ni en ocho días. O tal vez ni en ocho años, ni en ocho décadas.

Cien mil muertes

Los cien mil muertos son inaceptables. No hay forma de justificarlos, ni de aceptar explicaciones elogiosas para nadie. Menos cabe el esperpéntico “nos vino como anillo al dedo”, dicho y repetido, para que no haya duda. No son imbéciles, saben de qué se trata y saben también que tienen un séquito que lo adula todo, que todo lo aguanta y que siempre buscará el argumento de los “tiempos neoliberales” en que la cosa iba peor.

Los cien mil muertos ocurrieron en un periodo gubernamental. No hay manera de tirar los cadáveres al panteón del sexenio pasado o antepasado. Sin anestesia: que cada uno se haga carga de sus muertos.

Los cien mil fallecidos tienen historias, rostros, nombres; los enlutados son cientos de miles más que perdieron a aquellos cien mil.

El gobierno federal no es el único culpable. Los estatales y municipales hicieron su aporte a la barbarie. López-Gatell y su equipo se equivocaron, con maromas y sin maromas. Cuando el subsecretario de Salud hizo predicciones que fueron destrozadas pronto, debía saber que no gobernaban China, que los mexicanos tienen hábitos alimenticios y enfermedades que luego se usaron como escudos para justificar desaciertos o superficialidad.

En el gobierno federal nunca hubo espacio para la mínima autocrítica. No la ha habido y probablemente no la haya. Equivocarse es natural y hasta inevitable; nunca reconocerlo, es infame, sobre todo cuando hay muertos en el camino, cien mil muertos, por lo menos.

La ciudadanía, una buena parte, se sumó también al desgarriate gubernamental. Con su irresponsabilidad y el menor respeto, se saltaron las reglas siempre que era posible y siguen. Es imperdonable la muestra de insolidaridad ciudadana.

Ese coctel entre ciudadanos y gobiernos es mortífero. Ya son cien mil muertos y sumarán miles más, porque ni unos, ni los otros, está dispuesto a perder la batalla del insensato.

No se trata de hacer espectáculo con la muerte, ni de festejar los 50, 60 o 100 mil como reclama el mediático subsecretario.

Se trata de recordarlo, tenerlo presente cuando sea preciso y llegue la hora de los juicios.

Se trata de recordar que entre esos cien mil se fueron compañeros, amigos, hermanos, hijos, padres, esposas.

Se trata, también, de asumir las responsabilidades sin buscar justificantes absurdos.

Se trata de ya no repetirlo la próxima vez que suceda.

Pandemia y juventudes

América Latina dejará de ser una sociedad juvenil en el año 2037, según las estimaciones del Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía. Seremos entonces naciones donde los adultos superen en número a los jóvenes y niños. Los retos cambiarán en muchos ámbitos, como educación, salud y empleo.

Una buena parte de los adultos de esa sociedad hoy son jóvenes. Jóvenes que viven en el continente más desigual y que en millonarias cantidades enfrentan desigualdades de distintos tipos.

La pandemia recrudeció las brechas y podría agudizar sus efectos. Ya está demostrado con amplia evidencia.

Si queremos una mejor sociedad en 20 años, es imperativo resolver las inequidades que nos atraviesan y podrían condenarnos al atraso por lo menos la mitad del siglo. No sólo en educación.

Ante esas realidades resulta más incomprensible la situación que enfrenta el sistema educativo mexicano con los presupuestos asignados para programas estratégicos. Es verdad que el gobierno federal destina enormes cantidades de dinero para becas a los jóvenes, pero no a las instituciones educativas o a políticas que permitirían mejorarlas; tampoco a la formación de maestros ni a la enseñanza de los niños más pobres, en cuyas manos estará jugándose, en buena medida, el futuro.

Por eso, me resulta incomprensible leer que el Tec de Colima requiere 13 millones del presupuesto estatal, pero sólo tiene contemplados 8 millones.

Pregunto. ¿La pandemia no dejó en claro todavía a gobernantes y políticos los distintos valores que tiene la educación? ¿Por qué se tiene que limosnear el presupuesto para educación?

Es en estas horas, al destinarse recursos económicos, cuando en definitiva se mide el valor que tiene la educación para quienes toman decisiones que afectan o benefician a las sociedades. Es ahora, no en los discursos ni documentos. Es en los presupuestos.

¿Importa la educación? Es decir, ¿importan presente y futuro? Lo demás es pura demagogia.

Días de guardar

Hay días que prefiero no levantarme. O que lo haría, si al poner un pie, el izquierdo, el primero de mi lado en la cama, cambiaría a otro humor. Hoy desperté con sensaciones incómodas, con malestares físicos y emocionales, o con delirios de mi imaginación. No quería despertar, no quería ser yo. Dormí poco y mal. Cuando revisé la agenda, todavía recostado, no tuve remedio. Debía comenzar para reponerme y estar listo para una conferencia al mediodía. Como pude preparé mi desayuno y planifiqué el día antes de irme a la Universidad. Ahí cambió todo. En un edificio casi desolado, en silencio absoluto, mientras conectaba la computadora y los accesorios para la conferencia, encendí el motor del ánimo. Caí en la cuenta del privilegio de una profesión así. Pensé que tenía un auditorio de 70 profesores y la oportunidad de dirigirme a ellos desde el desgano o el cansancio, o desde la alegría. Ni lo dudé. El tema tampoco admitía medianías. Empecé y puse todo el empeño, como si fuera la última conferencia. Me agoté después de casi dos horas, pero creo que fue fructífera. Pasaré la tarde con cansancio de las horas acumuladas, pero reposada alegría.

¿Transformación o demolición?

La semana pasada se aprobó el Presupuesto de Egresos de la Federación para el siguiente año. Se consumó una decisión predecible hace semanas, a pesar de las campañas para frenar algunos absurdos. Al final, ocurrieron los recortes brutales en áreas estratégicas del sistema educativo nacional.

Dos tijeretazos son muy sentidos y con repercusiones lamentables: la reducción del presupuesto de las escuelas normales en 60 por ciento y la eliminación del Programa Escuelas de Tiempo Completo.

En ambas pudo haber situaciones irregulares. Lo ignoro. Pero el argumento de eliminar la corrupción o lo insustancial no tiene cabida. Las razones expuestas por expertos e implicados encontraron puertas cerradas. La decisión estaba tomada. Diputados maestros que dan la espalda a la educación es incomprensible. Tendrían que volver a sus distritos y explicar la votación.

Los afectados por las decisiones de la Cámara de Diputados son incalculables. En principio, directamente, miles de estudiantes de escuelas normales; tres millones y medio de estudiantes beneficiados por el programa Escuelas de Tiempo Completo y muchos profesores que no tendrán en una sola sede su plaza.

Pero también salen revolcados en su credibilidad otros personajes, como el secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma. Acrobático, ahora dirá, imagino, que desapareció el programa pero no los apoyos. Las cuentas no cuadran. La cosa puede funcionar con tontos e ingenuos.

La cuarta transformación comienza a convertirse en una auténtica demolición, y podría ser plausible, porque el sistema educativo tiene desafíos estructurales, el problema es que no hay un proyecto alternativo claro, ni mejor.

La tragedia, la gran tragedia es que los transformadores no demuestran su capacidad de transformarse, ni mediana imaginación.