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Verano sin curso

Apenas terminar el año escolar en la primaria, Mariana Belén y Juan Carlos, sin revisar la oferta de cursos de verano, fueron contundentes: no queremos curso de verano, ya estudiamos mucho, queremos descansar. Así nomás.

Las réplicas tibias no tuvieron éxito. Los cursos comenzaron hoy y ellos se quedaron en casa. No pasó nada ni nadie sucumbió con el desorden.

A las doce del día hablé con Mariana; recién despertaba. La decisión era o podría ser cuestionable, pero a los 12 u 8 años, los niños tienen ya capacidad para empezar a decidir cosas con responsabilidad: no hay cursos de verano, pero sí un poquito de lectura diaria; no hay cursos de verano, pero solo un número limitado de horas de pantalla; no hay cursos de verano, pero sí las tablas de multiplicar, y ejemplos por el estilo.

No es tan fácil la decisión, por supuesto, en casa también hay riesgos, como demuestran las estadísticas delincuenciales, pero tenemos que aprender a vivir con adversidades y prepararlos.

Las dos semanas de cursos de verano pasarán a su ritmo, los niños dormirán más de lo normal, se desvelarán a veces, se levantarán más tarde, se desordenarán con la comida, con el baño y así. Todo es posiblemente cierto, pero ya serán adultos, tendrán empleo, una rutina, responsabilidades; entonces no habrá espacio para la libertad de decidir si vas al trabajo o no. Hoy sí, hoy pueden y creo que tienen el derecho de decidir.

 

 

 

 

 

 

Agenda de temas educativos pendientes

Un apreciado periodista me invita a escribir del tema principal de mis artículos: la educación. Y luego me desgrana algunas de las líneas que considera relevantes en su jerarquía, que comparto en buena medida: formación de valores y el papel de la escuela, cuotas, corrupción en los centros educativos (con las cuotas y las parcelas escolares, específicamente) y la situación de las escuelas multigrado.

El coctel que me ofrece el periodista y amigo es apetitoso, pero también campo minado. Tengo por costumbre hilar mis artículos con ideas que puedo sostener y defender, con argumentos y eventualmente suposiciones o interrogantes. Opino cuando sé del tema, o creo saber; y cuando lo hago, asumo consecuencias.

Ante el temario sugerido me sorprendo por la precariedad de mis argumentos. Las cuotas están prohibidas y no se me ocurre pensar que un director de escuela en Colima, con tres dedos de frente, se atreva a implantarlas con disfraces o subterfugios; si es el caso, agradecería datos, pruebas, pistas.

En el asunto de las parcelas escolares quisiera pensar que siguen teniendo la vigencia pedagógica que las originó, como territorio natural para aprendizajes reales, de subsistencia vital y colectivas. Más allá de eso, no me atrevo a insinuar malos manejos; podrían decirme que peco de ingenuo, y lo acepto; repito: las pruebas son bienvenidas.

La formación de modales y valores en la escuela es un territorio para análisis que desbordan una página breve; y las escuelas multigrado también, aunque aquí caben primeras y firmes posturas: la escuela multigrado es, desde mi punto de vista, la expresión de sociedades injustas y políticas educativas obsoletas y rebasadas por la realidad y la legalidad.

Si la educación de calidad es un derecho de todos solo por haber nacido en el país, la escuela multigrado no debería existir como funciona habitualmente, fincada en el trabajo solidario y comprometido de sus profesores, pero sin proyecto educativo y curricular sólido, sin profesores preparados ni materiales ad hoc. No es un problema de voluntades o capacidades inherentes a la decisión de los maestros, es deficiencia estructural del sistema.

La invitación del citado colega y periodista es tentadora y la acepto, pero la iré desgranando con argumentos, con datos y no solo con las suposiciones que también caerán, por supuesto, pero con alguna evidencia.

 

Twitter y la escritura terapéutica

A veces me tienta la idea de hacer una clasificación de los tuiteros en mi TL. Luego me acuerdo de lo bien que me hacen pasar muchos momentos y me retracto. En realidad, me pasa de todo, de lo bueno casi siempre, de lo no tanto a veces.

Uso Twitter con distintas intenciones: informativas (buena parte de las cuentas que sigo tienen esa motivación), pedagógicas, políticas, amistosas, humorísticas y poco más. Mis valoraciones tienen que ver con lo que busco y, en consecuencia, cuando no lo encuentro, pues dejo de seguir y ya está.

Entre los que poco soporto, pero a veces no puedo evitarlos, son los que se viven el día entero quejándose del montón de trabajo y de la falta de tiempo, y para dejarnos constancia, no dejan de tuitearlo. ¿Y qué carajos haces aquí?, se me antoja escribirles. Pero luego recuerdo: cada uno es como es. Y la escritura tiene una indudable función terapéutica. Tal vez escribir de los agobios del exceso laboral y la escasez de tiempo resulta contradictorio, mientras no dejan su cuenta de Twitter a un lado, pero podría serles una forma de salvar momentáneamente la angustia.

Otra clase de tuiteros que tampoco me simpatizan mucho son aquellos que van repitiendo fórmulas que exhiben agotamiento mental del tipo: “avísenle a @fulanitodetal que…”.

No quiero seguir y aborto las siguientes clases de tuiteros. Cada uno es cada cual, y si Twitter sirve para evitar el suicidio o el desahucio, ya cumplió su función con creces. Por fortuna, desconectarse sigue estando en nuestros dedos con un teclazo.

 

 

La final de Rusia con Galeano

Al silbatazo del árbitro solo seguí viendo la televisión el tiempo que tardé en recoger mi taza con restos de un café frío. Después del beso de los presidentes, chau. Mi candidato a la Copa Mundial era Croacia. Las razones eran todas sinrazones, puras emociones.

Los equipos llegaron con méritos indudables. La contundencia de los franceses era notable y fue mortífera hoy; pero la alegría y el desparpajo de los croatas, con jugadores menos dados al exhibicionismo y el escándalo, me gustaban para campeones. La historia de la Cenicienta en el deporte más globalizado y millonario del orbe era una pequeña bofetada a las grandes ligas de contrataciones estratosféricas.

Practicante del incordio, enarbolé el uniforme de manteles románticos parisinos. El primer tiempo de los croatas me ilusionó con el milagro, aunque el infortunio jugaba a favor de los azules. Se impuso la historia y la eficacia.

Me vino a la cabeza entonces la figura de Eduardo Galeano, el sabio uruguayo que clausuraba su casa un mes para concentrarse en las copas mundiales de fútbol. Lo imaginé viendo el final del partido, el 4-2 que parece inapelable. Le pregunté: ¿qué dice usted, Eduardo? ¿Cuál es el balance del partido? Me miró con sus ojos penetrantes, luego levantó la copa, sorbió el resto del tinto y frunciendo el ceño meditó su respuesta mirando al techo o a no sé dónde.

Eduardo me contó, o eso entendí, que habría preferido un marcador distinto. Que era un poco excesivo. Disfrutó la alegría heroica de los guerreros croatas, una nación joven y valiente, con futbolistas hijos de las guerras, refugiados en su infancia en tierras extrañas de donde volvieron con sus padres para fundar un país que hoy se sentirá orgullosa de deportistas que desparraman talento por los clubes más poderosos, como el Madrid o el Barça. Celebra también que su presidenta sea mujer y aficionada sin rubores, una hincha más y no una joven vieja de cartón piedra. Sobre los franceses prefiere callar. No puede olvidar que despacharon del Mundial primero a Argentina y luego a nuestro Uruguay. Respeto su silencio y mi pesar. Bebemos en silencio de nuestras copas.

Es la victoria de la diversidad étnica y la revuelta de los esclavos; me sorprende en sus palabras finales. Los croatas suman nacionalidades distintas, pero nadie como los franceses y todas las naciones que nutren a la selección gala, hijas de la explotación. Sus futbolistas tienen la suerte de ser amados por negros y blancos, pero los distintos, los otros que vienen de donde nacieron aquellos morenos y negros, siguen siendo repudiados y expulsados de las costas francesas y europeas. Sí, una pequeña victoria de esa diversidad, en una batalla todavía inconclusa y a la que le restan muchos capítulos, me dice con su convicción que forjó en una vida de lucha sin tregua. Pero ganaremos algún día, que ya no veremos, tú no, menos yo, martilla.

Lo de la Copa Mundial de Rusia es fútbol, pero no solo deporte. Es un espejo a escala de las sociedades mundiales que hoy vivimos, con sus alegrías y dolores, con sus bajezas y maravillas, con sus tristezas y glorias.

Con Eduardo Galeano abrí estas páginas y hoy las cierro. Espero escribirlas de nuevo en Qatar.

¡Hasta entonces, hasta siempre!

La sonrisa eterna

Viernes por la tarde. Cierre de semana laboral intensa y productiva. Salgo satisfecho. Siempre quedan tareas, un informe para el lunes, lecturas rezagadas, una reunión inconclusa, la respuesta que no llega. Pero lo esencial está hecho y merece la pena olvidarse de todo ello para dedicarse a otras tareas. Cerca de casa, con un poco de hambre, me detengo en el kiosko. Una cerveza me cruza la cabeza, una en especial. Hace tiempo que no la tomo, y aunque mi garganta lastimada no lo recomienda, la tentación vence.

Elijo un par de botellas verdes, una bolsa de cacahuates y enfilo a la caja. Solitaria me recibe una de las habituales en el negocio:

-¡Buenas tardes, joven! ¿Es todo?

-Sí, es todo. Gracias.

-Son 63 pesos.

Pago con un billete y espero cambio. La observo mientras hurga entre las monedas, el gesto apacible y sonrisa esbozada, sus canas entrelazadas en el pelo recogido.

-¿Cómo hace para estar siempre contenta?

Le pregunto y su cara sorprendida se pone rojiza; sus ojos brillan y sonríe tímida. Calla porque no sabe qué decir; creo.

Le insisto:

-Sí. Es que siempre está contenta, la veo sonriente, a pesar de estar horas en pie, sin descanso. No es fácil encontrar gente como usted. Eso lo pone a uno de buen ánimo.

-¡Ay, joven, gracias!

Cara cohibida y algunas palabras salen apenas de sus labios. No son audibles.

El no tan joven recuenta mentalmente mientras recibe el cambio: ¿cuánta gente conozco y con cuánta gente convivo con esta actitud siempre positiva? Son varios, sí, tengo varios amigos. No son montones, pero tenerlos es una fortuna, y entre más cerca mejor. Pienso un rostro en especial y sonrío nostálgico.

La sonrisa es señal de inteligencia y buen corazón. Bueno, casi siempre; hay unos que tienen la sonrisa tatuada y, como la hiena, acechan el momento de atacar. ¡Hagámoslos a un lado!

Quien sonríe o tiene la capacidad de provocarnos la risa no tiene precio. Dicho en otro plano: ya ganó el cielo.

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