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Lecciones infantiles

Apenas dejar mi mochila en el restaurante, la necesidad me enfiló al baño. Le propuse a Juan Carlos que me acompañara para lavarse las manos. Sin retruécanos, se paró y caminó a mi lado.

Entramos y fui al área de urgencias menores. Él se quedó en los lavabos y empezó cauteloso, mirando a un lado y otro, buscando las llaves de agua y jabón. Lo miré de reojo. Su pelo largo se movía cuando ejecutaba la operación sanitaria. Salí de lo mío y fui a lavarme las manos. Él seguía en lo suyo. Terminé y me puse a su lado. Seguimos los dos, él con lentitud, yo con hambre. Dejé que la llave se apagara y fui por las toallas de papel. Él continuaba. Sin pensarlo le dije: me gusta como lavas tus manos. Giró levemente su cabeza y sin inmutarse confesó: sólo veo las instrucciones para lavarse las manos. Mientras, su cabeza me invitaba a ver el cartel pegado en la pared, junto al espejo.

Fue una de las lecciones más vívidas de la pandemia. Una lección infantil que los adultos científicos consideran indispensable, pero el resto no atendemos.

La pandemia y los derechos infantiles

Ayer 14 de abril participé en la Tercera Cumbre Nacional de Gobierno Abierto, organizada por el Instituto Nacional de Acceso a la Información. Me invitaron a un panel con el tema “Falta de garantías en los derechos humanos durante el COVID”. Hablamos del derecho a la salud en mujeres, adultos mayores, hombres y, en mi caso, la educación de la infancia.

Enseguida algunas de las ideas que expuse.

Con la pandemia todos los pasajeros del sistema educativo experimentamos efectos perniciosos, aunque de diferentes intensidades. Y de nuevo, están perdiendo más, quienes menos tienen y más requieren una plataforma para romper la transmisión crónica de la pobreza.

La pandemia nos confirma que, en el mejor de los casos, el sistema educativo amortigua la profundización de las brechas socioeconómicas y culturales, aunque algunos podrían sostener que funciona como parte de una maquinaria despiadada e insensible ante las diferencias sociales.

La pandemia es una vieja maestra sabia. No inventó los problemas educativos. Nos colocó frente a muchas pantallas para observar lo que no habíamos visto, querido ver, que diagnosticamos erróneamente o fuimos incapaces de resolver.

El confinamiento es antitético a la pedagogía, porque la educación es un proceso de encuentros, dialógico.

Significó, para millones de estudiantes, el congelamiento de los derechos que posibilitan la escuela y el trabajo pedagógico. Un paréntesis del derecho a los aprendizajes, a la socialización, al juego, pero también, a los deberes del estado de alimentar a los niños más pobres.

Otros derechos negados fueron los de opinar, de pronunciar su palabra y ser escuchados, cuando se abrieron las clases en las pantallas o por otros medios, y ahora, desde una visión adultocéntrica, muchos opinamos sobre el retorno a las aulas, menos los infantes y adolescentes.

La escritora estadounidense Anna North, poco antes de la pandemia, corregía su libro más reciente donde afirma: “Las pandemias tienen el potencial de conmocionar a las sociedades para que adopten nuevos estilos de vida”.

Hoy, están en juego muchas cosas en el sistema educativo, entre otras, la capacidad de cambiar y construir un presente y un futuro más promisorio para la infancia, o la desgracia de cristalizar la profecía de Unicef, de que podríamos asistir a una catástrofe generacional, la de los niños y adolescentes de ahora, pero también la nuestra, los adultos que no fuimos capaces de erigir un entorno social más sensible, abierto y justo.

 

Lecciones de lo inaceptable

Leo en Twitter que el fin de semana médicos de Jalisco protestaron ante la Secretaría de Salud para exigir la vacunación al personal de instituciones públicas y privadas. En automático hilé imágenes y notas. Recordé la declaración del gobierno federal: no hay vacunas para los médicos de hospitales privados. No me sorprende.

Desde hace tiempo leímos estadísticas elocuentes: el porcentaje de enfermos de COVID-19 que se recupera en clínicas privadas es muy superior al de las públicas. A un costo altísimo, por supuesto. La diferencia no es la competencia profesional de los médicos del ejercicio privado, sino las condiciones, lo sabemos.

Que el gobierno federal no vacune a los médicos de hospitales privados, que no vacune a todos sin distinción entre el ejercicio profesional en uno u otro sector es una medida irracional e indignante.

Presenciamos otra de las muestras fehacientes de la insensibilidad que dirige la batalla contra la pandemia.

 

Los libros de texto: ¿qué se oculta?

El escándalo de los libros de texto gratuito de primaria que la Secretaría de Educación Pública pretende elaborar en formas, tiempos y responsables anormales, se ha vuelto motivo de una cauta discusión pública, preocupada por las consecuencias que podría tener la iniciativa que encabeza un polémico personaje que conduce la Dirección de Materiales Educativos.

Son distintas las aristas para el análisis. Algunos colegas se preguntan para qué cambiar los libros de textos sin modificar los planes de estudio; otros discuten si los profesores son los más competentes para la encomienda. Los ilustradores defienden el derecho a cobrar por su trabajo y no sólo recibir en pago una constancia; pero las críticas mayores, creo, las acarrean los tiempos fijados y capacitaciones al vapor que se dieron a los convocados.

Ninguno de esos nudos es sencillo. La concepción de los nuevos libros tendría que reconocer la circunstancia que atravesamos y la necesidad de que los libros sean cada vez más diseñados para sistemas educativos híbridos, sin dependencia excesiva de los maestros y con enfoques didácticos y comunicativos modernos.

A mí me inquieta otro ángulo que apunta más a las causas y el probable destino del sistema educativo nacional, sobre todo con la pandemia y los saldos que arrojará. Se trata de la ligereza con la cual las autoridades de la Secretaría de Educación Pública toman decisiones, como si gobernaran un territorio desprovisto de historia e inteligencia, y la educación fuera un campo aséptico, de decisiones fáciles.

Los saldos de la SEP están en rojo. En la conducción de la pandemia exhiben incompetencia; el procedimiento para la promoción horizontal se les volvió un problemón en tramos irrelevantes, la secretaria no aparece y ahora, la puntilla, los libros de texto.

Mi conclusión es desalentadora: les importa poco la educación o no entienden la compleja dimensión que implica concebir y operar el sistema educativo.

Ante esas fragilidades de la gestión, podría ser el momento de que las secretarías de educación en las entidades pusieran el buen ejemplo y planearan o empezaran la reorganización pospandemia de los sistemas educativos, con los márgenes de libertad que concede el federalismo. ¿Pueden? ¿Quieren?

 

Centenario de Paulo Freire

Para 2021 me había propuesto como objetivo la lectura de la obra completa de Paulo Freire. Lo inspira el centenario del nacimiento del educador brasileño y universal. Distintos compromisos lo postergaron tres meses. ¡Llegó el momento!

En un remanso de las tareas obligadas y ante la urgencia de empezar un proyecto que me llevará, calculo, por lo menos seis meses, decidí que es hora de abrir la primera página. Este fin de semana arrancaré. La agenda incluye la obra completa de Paulo, algunos textos sobre su pensamiento y un par de revistas especializadas que dedicaron sendos números a repasar distintos aspectos de su vida y pensamiento.

Empezaré con las dos revistas. Luego iré sin prisa, sin parar, con el tiempo disponible.

No tengo una meta concreta. Sólo leer, subrayar, emborronar un cuaderno negro tipo francés que espera ansioso. No sé qué resultará. ¡Sería fantástico escribir cien páginas!

El proyecto me ilusiona y desafía. Buenas horas aguardan.