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POR CALLES DE ATENAS CON MÁRKARIS

PETROS-MARKARIS-2No es la reencarnación de Sócrates o Platón, ni se acerca, pero es griego y tiene su peculiar filosofía expresada en destellos como “Menos da una piedra”, elogio resignado de las nuevas costumbres a que están obligados los griegos para no hundirse en la desesperación y encontrarle algún optimismo a la vida, devastada por los topes mortales del capitalismo en su terrorífica montaña rusa que ora se despeña aquí, ora allá o acullá. Se llama Kostas Jaritos, comisario de la policía ateniense que nos conduce (o pierde, para un desorientado) por las calles griegas, mientras busca la madeja que descubra los móviles y responsables de la materia de trabajo de su departamento de homicidios.

El comisario Jaritos es el personaje creado por el escritor Petros Márkaris, autor de una saga policiaca que ya suma ocho novelas disponibles en librería electrónica y un libro de ensayos sobre la actual crisis en su país. Griego desde 1974, nacido en Estambul de origen armenio, se autodefine de formación y cultura alemana. A sus más de 70 años tiene una consistente biografía, como guionista, dramaturgo, traductor y novelista.

Mi encuentro con Márkaris fue fortuito. Me sorprendió encontrar en las mesas de librerías santafesinas varios títulos suyos publicados en Tusquets. Un libro levanté para leer la contratapa: “Pan, educación, libertad”. En internet encontré toda la información que necesitaba. Lo compré, leí y cerré con una sonrisa, a pesar de las tribulaciones que debe pasar su mujer, Adrianí, para llenar con delicias (austeras, lo que concede máxima gracia) los platos cada noche, debido a los recortes asfixiantes del salario de Jaritos. ¡Las penas con Pan, educación, libertad son menos, qué duda cabe!

Ahora en fila de lecturas tengo uno más, para completar la trilogía sobre la crisis griega. Después no sé si me seguiré con el resto. Empecé con el más reciente, ya citado, y mientras escribo estas líneas hago una pausa en la lectura del segundo, “Liquidación final”; terminaré con el primero (“Con el agua en el cuello”) cualquier día próximo.

El comisario Jaritos, es decir, Márkaris, me gusta; y como esto no es una reseña literaria no estoy obligado a explicarlo ni describir porqués: me gusta y como leo por gusto, ya está. Además del disfrute, me ayuda, debo agregar, porque entre los textos académicos muy sesudos (y densos, a veces) que debo leer para mi oficio, necesito salir a la ventana de un departamento en el quinto piso para tomar el viento fresco, así sea a través de un libro en las calles de un país lejano y ajeno, que de a poco, se vuelven literariamente entrañables.

LOS LIBROS EN LA CALLE

kioskoCamino a Córdoba, mientras esperaba en el aeroparque bonaerense Jorge Newbery, me entretuve en los quioscos de revistas y periódicos: había algo extraño a lo que mi memoria registraba de esos lugares en México. Pronto me cayó el veinte. Eran los libros, de distintos autores: Sigmund Freud, Eduardo Galeano, Ernesto Sábato, Fontanarrosa, Jorge Luis Borges; junto a ellos, otros menos populares, argentinos contemporáneos o del pasado. Eso sucedió hace varios años. Desde entonces, cuando regresé y a lo largo de este 2013, me acostumbré a ver libros en los quioscos de periódicos y revistas en las calles argentinas.

En el más reciente viaje de Buenos Aires a Santa Fe, preparándome para una ruta de seis horas, en la estación de ómnibus “Retiro” encontré un par de libros que no buscaba (los encontré o me encontraron): “El pensamiento pedagógico del Che”, de Lidia Turner Martí, y la primera edición en Siglo XXI Editores de un libro que había comprado 20 años atrás en la UNAM: “Por una pedagogía de la pregunta. Crítica a una educación basada en preguntas a respuestas inexistentes”, de Paulo Freire y Antonio Faundez, prologado esta vez por un colega y amigo valenciano, Pep Aparicio Guadas. Pero había más libros en apenas tres metros cuadrados, de Freire y de otros autores.

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PERSISTENCIA DE LA MEMORIA

Empecé a corear el “2 de octubre no se olvida” cuando llegué a la universidad. La frase tantas veces repetida me acompaña desde que tropecé con los libros de Carlos Monsiváis y, sobre todo, la emotiva “Noche de Tlatelolco”, de Elena Poniatowska. El segundo texto que escribí y fue publicado en una pequeña revista escolar en nuestra facultad se llamó “Memorandum: a veinte años”; vio la luz hace justamente 25 años, el 2 de octubre de 1988. El grito (y el hecho funesto) lo sigo sintiendo, aunque debo confesarlo: cada vez me sale con menos entusiasmo el coro.

Es verdad que el 2 de octubre no se olvida. No se olvida a quienes nos ubicamos de este lado de la vereda, de quienes fuimos y somos persistentes inconformes con una sociedad permanentemente injusta, autoritaria y poco democrática. No se olvidó nunca, ni antes ni ahora, pero tampoco a los del otro lado, a los mismos que asesinaron, que reprimieron en aquellos años. Con otros nombres y apellidos son los mismos que no dejaron de asesinar, con otros métodos; los mismos, con otros nombres y apellidos, pero con los mismos colores, que siguen comprando a la prensa y a la todavía cuantiosa opinión pública venal. Son los mismos que ayer fueron expulsados y regresaron a su paraíso de la corrupción y la impunidad.

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DECISIONES INAPLAZABLES

Las circunstancias dictan un imperativo que no parecen atender los involucrados: asegurar la viabilidad financiera de las universidades públicas. Es tarea del Estado, por supuesto, principalmente de sus gobiernos, de sus diputados y de los rectores, pero se mira de soslayo o se confía en la generosidad de alguna mano invisible que vierta la solución. La mano no asoma y no asomará si no hay decisiones políticas e imaginación, hechos firmes y no la misma demagogia irresponsable.

El caso reciente de la Universidad Autónoma de Zacatecas y las latentes crisis financieras en otras instituciones estatales son una más, la enésima advertencia de una bomba de tiempo en medio de un campo minado. Pero las condiciones acelerarán estallidos cuando se acumulen las variables en curso: la crisis de los jubilados, el aumento de los gastos de operación y las necesidades, la expansión de las plantillas laborales, la ineficiencia de los gastos y el estancamiento de los presupuestos.

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HACIA LA RESPONSABILIDAD SOCIAL UNIVERSITARIA

En las páginas finales del último capítulo del libro Universidad, responsabilidad social y bien público. El debate desde América Latina (2012), Ernesto González Enders, profesor de la Universidad Central de Venezuela, propone cuatro líneas de acción para dar contenido al discurso de la responsabilidad social universitaria.

El capítulo forma parte de un volumen coordinado por el ex rector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente, y por Axel Didriksson, académico de la UNAM y ex funcionario en el gobierno de la Ciudad de México. Junto a González Enders escriben otros habituales en el análisis de la educación superior regional, como José Dias Sobrinho, Ernesto Villanueva y Carlos Tünnermann, quienes dan cuerpo a un volumen que merecía mejor edición de Miguel Ángel Porrúa y la Universidad de Guadalajara.

El conjunto de trabajos se unen por varias ideas poderosas que argumentan con solvencia: el compromiso social de las universidades, una singularidad que aporta Latinoamérica al mundo y que encuentra un punto de referencia en el Movimiento Universitario de Córdoba (1918); la defensa racional de la educación como un bien público y un derecho humano, cuya obligación reside en los Estados; la necesidad de adaptar las universidades latinoamericanas a las transformaciones sociales de la mano del desarrollo de sus respectivos países, así como la construcción de proyectos propios de internacionalización en respuesta al entorno global.

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