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LA LECTURA NO ES UN PLACER

La lectura no es un placer. Mi afirmación es políticamente incorrecta, pero de lo dicho estoy cierto y creo tener argumentos suficientes. También creo que es de dudosa eficacia pedagógica ese eslogan facilón de que la lectura es un placer. O por lo menos, del placer como preferirían experimentarlo todos aquellos que no suelen ser lectores habituales.

Lo diré desde el plano de la escuela: la lectura como placer es una experiencia infrecuente, cuando no, inexistente, ajena o desconocida para la gran mayoría de los estudiantes en las escuelas. Allí, por muchas razones, la lectura está preponderantemente asociada al estudio, al trabajo, al esfuerzo, al aburrimiento, al tiempo perdido, a la inutilidad, al para qué sin respuestas convincentes del enseñante.

Si la lectura fuera un deleite, y los mexicanos leyeran tan poquito como dicen las estadísticas y lo constatan las experiencias de los profesores, tendríamos razones para sustentar algunas hipótesis sobre la tontería o la flojera de los habitantes de este país, que no aprovechan la experiencia gratuita de montarse (metafóricamente) en un libro y disfrutar tanto o más que frente a un partido de fútbol, una telenovela, un programa de chismes o una cabalgata.

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ENLACE Y LAS UNIVERSIDADES

En su artículo “La suspensión de ENLACE: ¿un asunto de fe o de reflexión?”, Pedro Flores-Crespo, investigador de la Universidad Autónoma de Querétaro, preguntó: ¿quién ejerce la vigilancia y la contraloría social de las acciones que emprenden la SEP y el Instituto Nacional de Evaluación Educativa? La pregunta es pertinente e interesante.

En la actual visión político-educativa, la evaluación se constituyó en el timón de la nave, el mapa de navegación y el capitán; eso exige, desde una perspectiva medianamente democrática, que las acciones gubernamentales junto a las políticas públicas sean objeto de escrutinio riguroso. Si ellas fijan condiciones, establecen marcos normativos y supervisan, luego entonces son primeras responsables y no pueden excluirse a la hora de los juicios.

Por otra parte, Pedro Flores-Crespo advierte algunas ausencias en el debate por la denostada prueba y desliza un cuestionamiento al que quiero referirme de forma más extensa. Literalmente dice: “algunos rectores de universidades públicas prestigiadas ahora hacen mutis cuando en otro momento rechazaban tajantemente (la prueba) ENLACE”. No sé a qué rectores alude, sólo recuerdo una declaración del doctor José Narro afirmando que dicho examen no se aplicaría en la UNAM, pero es otra muy buena pregunta y habría que insistir: ¿por qué no dicen nada? El que calla no dice nada, interpreto, aunque no porque no lo piense o no tenga una postura.

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ROSTROS DE LA UNIVERSIDAD DE COLIMA. UNA INVITACIÓN A REFLEXIONAR

Rostros de la Universidad de Colima. Indicadores institucionales en PIFI, CUMex y rankings internacionales (Universidad de Colima, 2013) invita a la reflexión colectiva en y sobre nuestra universidad. Al cumplirse más de siete década hacerlo es una condición indispensable para valorar pasado y presente, para trazar futuros e inspirar visiones. Solo no se piensa a sí mismo quien está condenado al oscurantismo, actúa de espaldas a la sociedad o se concibe falsamente como de una clase suprema. Tristemente en México, o en Argentina, la reflexión sistemática sobre la universidad no es un tema tan común y extendido como las instituciones universitarias lo requieren.

José Ortega y Gasset, filósofo español, sostuvo en su famoso libro Misión de la universidad, hace más de 80 años, que la universidad es, en muchas prácticas y políticas, un espacio repleto de chabacanería, de insustancialidad; que una escasa vida académica y sus políticas la atraen hacia la mediocridad. Actualizando el lenguaje diríamos que transitamos de la indiferencia al cinismo exacerbado por políticas que “estimulan” la productividad improductiva y premian la simulación, lo que Luis Porter definió como “la universidad de papel”.

En nuestro contexto conviene preguntarnos con el mejor de los ánimos y con responsabilidad frente a la historia y la sociedad: ¿estamos lejos de aquel horizonte descrito por Ortega y Gasset? ¿Hemos superado la tentación o el pecado de ser “Una institución en que se finge dar y exigir lo que no se puede exigir ni dar”?

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ROSTROS DE LA UNIVERSIDAD DE COLIMA*

Rsotros-JCYanezLa universidad hoy

La universidad es una institución integrada esencialmente por una comunidad de profesores, investigadores y estudiantes, cuya interacción tiene como funciones centrales la actividad académica, la transmisión, producción y difusión del conocimiento, ejercidas en libertad dentro de un marco social al cual sirve con responsabilidad y sentido crítico. Esos tres grupos son los principales soportes sociales, quienes producen y reproducen a la universidad como institución educativa, del saber y de la cultura.

La centralidad discursiva de la institución universitaria está fuera de discusión, más aún en la llamada “sociedad del conocimiento”, pero las invitaciones a relativizar su real poder transformador son necesarias. José Ortega y Gasset, por ejemplo, sostenía hace 80 años que la universidad es, en muchas prácticas y políticas, un espacio imbuido de chabacanería, de insustancialidad; que una escasa vida académica y una serie extensa e intensa de políticas la atraen hacia la mediocridad; que transitamos de la indiferencia al cinismo exacerbado por políticas que “estimulan” la productividad improductiva y que premian la simulación, lo que Luis Porter definió como “la universidad de papel”. ¿En nuestro contexto estamos lejos de aquel horizonte descrito por Ortega y Gasset: “Una institución en que se finge dar y exigir lo que no se puede exigir ni dar”? ¿Estamos sorteando el peligro?

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PENSAR LA UNIVERSIDAD

Rsotros-JCYanezLa próxima presentación de nuestro libro Rostros de la Universidad de Colima. Indicadores institucionales en PIFI, CUMex y rankings internacionales (Universidad de Colima, 2013) en las celebraciones por el 29 aniversario de la Facultad de Pedagogía, me llevó a releer algunos pasajes del texto escrito colectivamente en 2012. El reencuentro con las páginas que durante el proceso de escritura revisé una y otra vez trajo nuevas preguntas y confirmó conclusiones.

El libro tuvo como objetivo descubrir, revelar o trazar rasgos de distintos rostros de la máxima casa de estudios colimense a través de los datos públicos sobre su evolución en los años recientes. Los cuatro capítulos y la información que provee cada uno permiten reconstruir aspectos parciales de la institución y, en su conjunto, una perspectiva más amplia y rica. Son objeto de cada capítulo, primero, los datos que la Universidad ofreció en sus documentos oficiales, principalmente el informe rectoral.

El segundo recupera los datos presentados por la Secretaría de Educación Pública en el Programa Integral de Fortalecimiento Institucional (PIFI), el instrumento que ha conducido el rumbo de la educación superior mexicana, al cual las instituciones públicas someten proyectos generales y específicos para obtener financiamiento que inyecta posibilidades de transformación con notorios claroscuros. Los datos de la Universidad de Colima se comparan con las otras universidades públicas estatales para ubicarla en ese concierto.

En el tercero, la comparación se realiza entre la UdeC y las universidades integrantes del llamado Consorcio de Universidades Mexicanas (CUMex), las de más alto prestigio bajo ciertos indicadores. Finalmente, se rastrea la posición de nuestra Universidad en algunos de los más reconocidos rankings internacionales y se repasan los criterios para la definición de una “universidad de clase mundial”.

El texto se inspira en un par de convicciones que recupero de dos autores preclaros en la materia. El pedagogo mexicano y doctor honoris causa por la UdeC, Ángel Díaz-Barriga, quien sostiene que pensar la universidad es un compromiso intelectual, social y ético. La segunda proviene del investigador argentino Pablo Gentili, quien afirma: “Una universidad abierta para pensar el mundo debe estar, primero, abierta a pensarse a sí misma. Una universidad abierta a cambiar el mundo debe ser, ante todo, una universidad abierta a cambiarse a sí misma”.

Pensar la universidad es condición de su sobrevivencia, y más en nuestro tiempo y circunstancia, en que algunos sectarios socavan la esencia del trabajo universitario con actitudes que tiran a la basura el mínimo raciocinio que debe impregnar los actos y pensamientos en las casas de estudio. Discutir la universidad es también una obligación contra esos comportamientos y esas expresiones del totalitarismo que pretende aniquilar a los otros desechando las ideas. Por eso, pensar la universidad es más indispensable y obligado que nunca. Pensarla y discutirla: discutirla pensándolo, pensarla discutiéndola y, al hacerlo, comprometernos en su transformación con libertad y responsabilidad.