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DEFENDER LA CIUDAD RECUPERÁNDOLA

Leyendo el libro “Apuntes sobre educación” (Buenos Aires, Losada, 2012), del pedagogo italiano Francesco Tonucci, recordé las sensaciones que me produjeron las populosas calles de la ciudad argentina de Córdoba, por lo menos en la zona que habité: que las ciudades en manos de los ciudadanos que las transitan, se ejercitan, toman café o mate en las aceras, son ciudades menos proclives a la violencia. No es que Córdoba sea un paraíso de la convivencia, pero es que ciudades en manos de ciudadanos no estarán en manos de los delincuentes o las organizaciones criminales, o serán menos vulnerables.

El libro de Tonucci es un repaso de la educación y la vida en las ciudades a partir de los puntos de vista de los niños; eso lo hace un objeto preciado. No es solo la sabiduría de un viejo maestro, sino las opiniones que recogió en ciudades italianas y argentinas conversando con niños, complementadas con las curiosas preguntas que el propio Tonucci nos asesta para ponernos de cabeza y cuestionarnos las creencias que damos por sentadas de una vez y para siempre.

Tonucci nos recuerda que hay dos maneras de trabajar por la seguridad de una ciudad: con los sistemas de defensa (policías, alarmas, sistemas de vigilancia, cámaras, armas, patrullas), o con la participación ciudadana. La primera es ineficiente e insuficiente. Los ejemplos abundan, pero quizá el mejor caso (peor por sus efectos) sean los Estados Unidos. Enormes gastos militares, ejércitos poderosos aparcados en todas las esquinas del mundo, policías modernas, entrenadas, ciudadanos armados… y los resultados son cruentos. Ejemplifica: en 2001 murieron tres mil personas en las Torres Gemelas, pero treinta mil por armas de fuego.

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¡RECTORES VEMOS!

imageLo escuché en el Centro Cultural Universitario de la UNAM: en una de las crisis del equipo de los Pumas el rector José Narro Robles acudió preocupado a una reunión en los campos de entrenamiento; en cambio, no acude a una facultad o instituto para dialogar ni cuando existen problemas.

Aun cuando mi fuente era confiable, tuve oportunidad de confirmarlo con otra persona bien informada de la UNAM y del futbol. Así es, me respondieron, le importan más los Pumas que las escuelas. El origen de la conversación había sido la presencia del rector Narro en el encuentro de rectores organizado por Universia y Banco Santander en Río de Janeiro. Candil de la calle, remataron el diálogo.

Lo que pretendía enfatizar ya está dicho, y no sin pesar, por la UNAM y por la figura que representa el doctor Narro.

Es inocultable que este tipo de situaciones ocurrieron antes en otras universidades. La relación entre el futbol y las universidades en México tiene varios capítulos vergonzosos, entre los cuales quizá el más grosero sea el del entonces rector que fue registrado en el equipo profesional de la Universidad Autónoma de Tamaulipas y jugó un pedazo de partido (por lo menos eso registro) en el Estadio Azteca.

Estas excentricidades, que a algunos podrían parecer nimiedades, nos dan una medida de la importancia de cargos e instituciones. Quizá nos permitan adivinar o hipotetizar, al menos, por qué con tanta facilidad se pasa de un cargo a otro, y por qué, con tanta ligereza, cualquiera puede opinar o dirigir una escuela, donde lo secundario son los alumnos, el aprendizaje o lo académico.

Qué pensar del rector de la universidad, cuyo nombre no voy a mencionar, que concedió un racimo de doctorados honoris causa, entre otros, a Rosa Gloria Chagoyán, quien diera vida a personajes como Juana la cubana o Lola la trailera; y a Jorge Muñiz, ambos por sus aportaciones a la muy cultural industria del entretenimiento nacional en el género que practican. Y para darle mayor dimensión al acto, contaron con la complicidad de un diputado priista quien les facilitó un auditorio de la Cámara de Diputados, allí donde también se aprobó la reforma educativa, esa que ya está transformando a México como nunca, dicen sus acólitos.

En fin, con rectores así –porque no son los únicos-, como no darle la razón a José Ortega y Gasset cuando acusaba a la universidad de su época de chabacanería, con una escasa vida académica promovida desde sus autoridades y con políticas que la atraen hacia la mediocridad, “una institución (escribió) en que se finge dar y exigir lo que no se puede exigir ni dar”.

Ojalá las palabras de Ortega y Gasset ya fueran obsoletas, y el mío nada más que un exabrupto aguijoneado por pasajero malestar.

 

PREGUNTAS INQUIETANTES. DIÁLOGO CON ABELARDO AHUMADA

En su columna “Periscopio” del 7 de agosto, el estimado Abelardo Ahumada externa dos preguntas pertinentes e invita a un diálogo con respuestas novedosas. Lo acepto, y aunque no estoy seguro de cumplir su condición, conviene seguir tejiendo en esa materia: la educación de los jóvenes, sus perspectivas a la puerta de los estudios superiores, así como el papel de las instituciones y el Estado.

Estoy de acuerdo con Abelardo: se precisan nuevas respuestas. Agrego: también otras formas de plantear el tema del ingreso a los estudios universitarios, distintas a como encaró históricamente el Estado mexicano el derecho a la educación superior, consagrado en el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Mantener el tratamiento no resolverá el problema, porque las becas no son la solución estructural, sino la obligación mínima de los Estados frente a sociedades pobres y excluyentes.

Las preguntas de Abelardo son provocadoras para la reflexión. Primera: “Si fueron mil profesores los que presentaron a examen de oposición para disputar sólo seis plazas nuevas, ¿seguirán permitiendo las autoridades que el Isenco siga abierto y produciendo cada año decenas de nuevos candidatos al desempleo?”. Como no soy autoridad, no la responderé, y no sé que piensan ellas. Propongo otra manera de verlo a partir de una pregunta: ¿está cubierto en Colima el derecho a la educación constitucionalmente obligatoria? La respuesta es contundente y simple de expresar: no. Ni en Colima ni en el país. No en preescolar, tampoco en media superior, y la sangría que experimentan primaria y sobre todo secundaria es preocupante. Las cifras las leo en la estadística de la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado y en la SEP.

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LAS REFORMAS PASARON Y LA TELE SIGUE ALLÍ

Se aprobaron la reforma educativa y la reforma de las telecomunicaciones, sin más contratiempos que los habituales (menores) en este sistema político y en la peculiar concepción de la democracia nacional. En pocos meses se consumaron y los ciudadanos dan vuelta a la página para seguir en lo de cada día, dispuestos a aguantar la carga que les pongan encima.

La reforma educativa es parcial e incompleta, por muchas razones, entre otras, porque quienes la propusieron e impusieron pasaron por alto que al sistema educativo lo componen no solo escuelas, alumnos y maestros, o que es más complejo que un sistema de evaluación para premiar y castigar. Confundidos, supusieron que una prueba de opción múltiple puede discriminar entre quienes son “buenos” y “malos” docentes. Olvidaron, desdeñaron o ignoraban las lecciones elementales para que una reforma educativa funcione.

En resumen, dejaron fuera muchas de las variables, entre otras, a una maestra poderosa, omnisapiente y omnipresente: la televisión, primera educadora de la mayor parte de nuestros niños, primera consejera y dictadora de las cátedras más escuchadas y vistas de pedagogía moral, sentimental e informativa.

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LA PEDAGOGÍA DE DISNEY, PARTE 2

El libro que comenté en este mismo espacio hace algunas semanas, “Universidad Disney. Cómo la estrategia laboral y empresarial de Disney forma a los empleados más leales y competentes del mundo” (México, Aguilar, 2014), escrito por Doug Lipp, ofrece una reconstrucción de los principios para capacitar al personal de los parques de diversión más universales e ideas para reflexionar sobre su traducción a otros ámbitos.

Organizado en trece lecciones, al final de cada una presenta un “repaso de la lección”, con el resumen y preguntas para aplicar en los centros, empresas o instituciones de los potenciales lectores. Aunque están pensadas desde enclaves teóricas distintas, algunas de las interrogantes me parecen sugerentes incitaciones para analizar en una escuela la calidad de su funcionamiento, la participación de los actores o la responsabilidad de la gestión escolar. A continuación, les comparto algunas de las que me parecen más útiles en contextos como el nuestro.

¿Qué valores de tu organización no son negociables? ¿Qué beneficios proveen esos valores a la organización y a los empleados? ¿Cuáles son los valores más sólidos? ¿Y los más débiles? ¿Todos conocen los valores?

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