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Un día cualquiera

Cuando las vacaciones hacen honor a su nombre y la tranquilidad se asienta sin tapujos, cuando uno olvida o cree olvidar que vive en un país o en una ciudad que de pronto –es un eufemismo, lo sé- se volvió insegura y peligrosa, me resultó placentero releer “Días y noches de amor y de guerra”, del escritor e intelectual uruguayo Eduardo Galeano. Mi interés para regresar a ese viejo texto era el tema de la memoria, quiero decir, el valor de la memoria entre los seres humanos, como un recurso imprescindible para no perder el norte ni el sur, para no olvidar, para recordar, para recrear lo bueno –abundante o escaso- que tiene o encuentra uno en la vida, y por supuesto, para indignarse cada vez que sea menester.

Reencontrar al inestimable Galeano fue la mejor noticia que pude darme esa tarde del miércoles, o jueves. Empecé la lectura y pedí café en una plaza comercial, mientras esperaba a mi hija que juega, y velo el sueño del pequeñito de nueve meses que tiene mi nombre. Aquí al lado apenas le hacen mella los gritos de otros chiquillos, y no me interrumpen suficiente como para zafarme del libro. Ellos, mis hijos, cada uno en su mundo, felices; el padre, a su manera hace lo propio.

Después de repasar por la mañana la edición del “Diario de Colima”, con las terribles noticias que ya se vuelven dolorosamente comunes, una frase del libro en cuestión se me pega en la memoria y en el corazón, extraña, misteriosamente: “Cada muerto se muere varias veces y al final sólo te queda, en el alma, una niebla de horror y de incertidumbre.”

“Días y noches de amor y de guerra” no es el canto a la alegría, tampoco es la celebración ingenua de los hombres y mujeres, son mil historias en trocitos que su autor recogió en el exilio, en su conversación con Allende, con Gelman, con Zitarrosa, con tantos y tantos entrañables conocidos o no, en situaciones menudas, en anécdotas, en callecitas olvidadas y ciudades perdidas de nuestra América Latina. Pero es, sobre todo, y por eso vale la pena, la celebración de la memoria, de la esperanza y de la lucha, de la necesidad de creer en el ser humano y en el valor del esfuerzo constante. Es también un recuento de desgracias y canallas, para no olvidar, para recordar y celebrar el lado luminoso de la vida, el que forman los hombres y mujeres que sólo aspiran a construir una sociedad justa, democrática pero próspera, digna y entrañablemente humana.

Fuente: Periódico El Comentario

Razones para continuar

La educación es un proceso social complejo, y la transformación de los sistemas escolares o de las instituciones educativas una tarea que reclama, además de lucidez y recursos, una enorme perseverancia y la confianza en que, pese a tantos argumentos en contra, ella sigue siendo un instrumento confiable para cambiar a las personas.

No es fácil mantener la esperanza, pero un profesor que no la tiene tampoco educa. Alguna vez leí en Fernando Savater que los pesimistas pueden ser buenos domadores, pero no buenos educadores. Lo creo, sin duda, pues sin esperanza no hay educación y tampoco transformación.

Una lista de las objeciones hacia la educación podría ser interminable. Habrá algunas que no sean desdeñables, como erróneas políticas, escasos recursos, magros resultados, pésimos diagnósticos, autoridades poco profesionales o francamente irresponsables, dirigentes sindicales corruptos, profesores flojos y sin convicción por su tarea, en fin. Pero luego de la indignación por todo eso, o precisamente por eso, debe renacer con mayor fuerza la esperanza, la necesidad de armarse y disponerse a las batallas cotidianas para sacar lo mejor, o ayudar a sacar lo mejor –como cada uno prefiera- de los estudiantes con quienes trabaja y a quienes tiene la obligación de educar.

Entre más tiempo paso entre escuelas y conviviendo con profesores, o leyendo y analizando experiencias, más claro tengo que, como decía Paulo Freire, el cambio es difícil pero es posible. Hace un par de semanas lo ratifiqué de nuevo en la Universidad de Guadalajara, a donde asistí invitado al segundo encuentro regional de tutorías organizado por la región centro occidente de la Asociación Nacional de Universidades. El tema que abordé fue la docencia y las tutorías. No voy a repetir lo que dije, sino a compartir la emoción que me produce conversar con colegas profesoras y profesores, el brillo de sus ojos cuando comparten un comentario o una idea, la generosidad con la que se acercan al final, te piden una opinión, agradecen o te saludan para expresar su beneplácito.

Ahora fue en Guadalajara, como dije, pero una semanas atrás fue algo semejante con estudiantes de la escuela normal de Colima, un grupo selecto como pocos y al que debemos cuidar como a nadie, porque representan la renovación de la docencia, pues en sus manos, en su inteligencia y sensibilidad estará el futuro de nuestros hijos y nuestra sociedad.

Ese brillo, la actitud de los estudiantes y los profesores, sus preguntas o comentarios, los “papelitos” que envían con algún mensaje, la sugerencia de qué libro leer son, en mi balance, argumentos para creer en el presente y en el futuro de la educación, para confiar y tener la esperanza en la tarea educadora, difícil pero posible. Por eso vale la pena seguir.

Fuente: Periódico El Comentario

¡Pobres vidas!

Si el trabajo dignifica al hombre, por qué se aburren tanto, preguntó al aire Joan Manuel Serrat en un concierto de 1983. Escuchándolo recordé uno de los primeros correos electrónicos que leí a mi regreso de las últimas vacaciones. El correo decía, palabras más palabras menos, lo que sigue: “Estimadas y estimados, espero que hayan pasado excelentes vacaciones. Bienvenidos a la realidad”.

Quién lo escribió no importa, en realidad es intrascendente. Y si me lo preguntan, creo que ya no lo recuerdo, pero me temo que otras muchas personas habrán redactado algo semejante a sus múltiples amigos, colegas, empleados, súbditos o superiores.

“Bienvenidos a la realidad”. Y la realidad, supongo, es el trabajo, el trajín cotidiano, las tareas y obligaciones de todos los días. Apenas leído sentí pena por la autora del mensaje. Pensé: qué desgraciada forma de vivir la vida, si dichas palabras pueden aplicarse. Es cierto, la vida tiene demasiados problemas, y hasta Mariana Belén, con sus cuatro añitos y medio, ya lo advierte.

Podríamos decir, por ejemplo, que el mundo va terminar aplastado, entre otras desgracias, por la basura que tiramos a la calle, o achicharrado por el cambio climático. Pero es el mundo que nos hemos merecido, no hay otro, y a pesar de todos los problemas, no deja de ser maravillosa la experiencia de estar vivos y disfrutar, por ejemplo, un par de hijos, un buen libro, una canción, una copa de vino, una noche fresca o tirarse entre nubes de ocio.

Aunque cada uno vive la vida como quiere, y es muy respetable, tengo la certeza de que “vivir” sólo durante las seis o las ocho semanas de vacaciones, o los días de quincena, es una forma tristísima de habitar el planeta, o es lo mismo que habitarlo en estado vegetativo. Pienso con un poquito de pesar –ya lo dije, ya lo dijo Serrat: cada uno es como es- en esas personas desgraciadas que cada lunes lamentan regresar a la realidad, como lo harán el martes, el miércoles, el jueves, y de nuevo el lunes, el martes… como Sísifo y su maldición, la de subir la piedra por la cuesta sin la esperanza de que un día se quede arriba.

Fuente: Periódico El Comentario

La universidad, conciencia crítica

El discurso del rector de la UNAM en la apertura del segundo encuentro de rectores del grupo Universia mereció, en muchos medios periodísticos nacionales y extranjeros, menciones destacadas. No fue una oportunidad más de expresar la opinión de otros mexicanos y latinoamericanos: a pocos metros de donde leía su mensaje lo escuchaba el presidente de la República, destinatario de una exigencia respetuosa pero enérgica, igual que otros presidentes que comparten la misma visión sobre la educación, su contribución a las sociedades y la inversión que deben hacer los gobiernos.

El mensaje de crítica y esperanza de José Narro me llevó a releer partes de un libro que tengo por excepcional, como su autor: “De la perplejidad a la utopía”, escrito en capítulos independientes por Carlos de la Isla. Allí reencontré páginas provocadoras y sugerentes. De una de ellas tomé el título para esta colaboración.

De Carlos de la Isla, de su proclama de la universidad como conciencia crítica se pueden desprender múltiples lecciones. Ahora me interesa destacar la obligación de ser participantes de su tiempo, de nuestro tiempo, entre otras vías, mediante la reflexión, especialmente en momentos en que las sociedades son víctimas de sus propios demonios, encarnados en la violencia, el crimen, la impunidad, la corrupción, la ambición, todos ellos humanos y nada más habituales en nuestra especie.

Frente a ese mare magnum de circunstancias difíciles, las instituciones sociales, la escuela en primer término, tienen que dar una batalla ardua pero necesaria: educar a los ciudadanos en las virtudes que nos hagan construir tejidos sociales donde se reinstalen la convivencia, el respeto a la diversidad y la búsqueda de la felicidad para todos.

En esa búsqueda las universidades tienen una enorme tarea, y de ella deben derivarse, entre muchos beneficios, las ideas, las preguntas y las respuestas provisionales, siempre necesarias y siempre urgentes para encontrar la brújula que reoriente el camino. En las universidades no están todas las respuestas, ni deben estarlo, pero sí está la obligación de pensar todas las preguntas.

Afortunadas coincidencias

Tengo por costumbre primitiva, desde hace algunos años, escribir mis colaboraciones periodísticas a mano, en la primera hoja que encuentro disponible. Luego, mientras la tecleó en la computadora tengo la oportunidad de revisarla y corregirla, o como también sucede, desecharla. Esta vez, mientras me disponía a escribir la colaboración de turno, leí en “El país” un artículo que llamó mi atención, por su autoría y por el título: “La ciencia y la universidad reivindican el pensamiento crítico”, escrito en coautoría por Federico Mayor Zaragoza, doctorado honoris causa por la Universidad de Colima y ex director general de la UNESCO.

En su carta los autores se adhieren a un manifiesto firmado en España por más de 900 universitarios y científicos de 45 universidades públicas españolas en defensa, precisamente, del pensamiento crítico. El texto merece una glosa aparte, y por la extensión disponible sólo compartiré un párrafo muy ilustrativo: “Creemos que ha llegado el momento de manifestar en público el malestar latente y de hacer frente al miedo ante la situación que se está creando en el país. Tenemos suficientes razones para pensar así. Entendemos que la generación de conocimiento y la capacidad de crítica son misiones sustanciales de la universidad y son también parte del espíritu científico cuando éste se quiere a la vez cívico y ciudadano. Reivindicamos, pues, el pensamiento crítico. Y pensamos que reivindicar aquí y ahora el pensamiento crítico, como científicos y como intelectuales, incluye asumir la responsabilidad de nuestro trabajo, responsabilidad que ha de ser tanto mayor cuanto más se goza de ese privilegio que es contribuir a la producción y generación de conocimiento. No sólo eso: creemos que el tiempo del silencio ha concluido. Que las comunidades científicas, artísticas y académicas deben impulsar la movilización democrática para la gran transición de súbditos resignados a ciudadanos plenos y participativos.”

Fuente: Periódico El Comentario

Honrados mercenarios

Aunque suelo leerlo en el periódico “Milenio”, prefiero disfrutarlo en sus libros, hechos de las colaboraciones semanales que se distribuyen en varios medios del mundo, desde hace casi dos décadas. Me refiero a Arturo Pérez-Reverte, reportero de guerra y escritor español, todavía descalificado en algunos círculos literarios, que ha logrado cuajar una trayectoria sólida en la que sobresalen las seis novelas del Capitán Alatriste. Pero no quiero hacer un panegírico del también miembro de la Real Academia Española, sino compartir el goce de haber concluido mi lectura de las 625 páginas del libro que lleva por título “Cuando éramos honrados mercenarios. Artículos 2005-2010”.

Como el título reza, se reúnen en la obra las colaboraciones que Pérez-Reverte escribió en el quinquenio anterior, sobre una gama amplia de temas, entre otros, el cine, las mujeres, el periodismo, las feministas de género y génera, los Tigres del Norte, la violencia, el mar, España, libros, ciudades, cartas náuticas, los niños, la historia –de España-, los turistas, la educación, la política y los políticos, museos, cafés, armas, bares, sus nostalgias, en fin.

Disfruto casi todas. Unas me divierten, de otras aprendo, o intento, al menos; algunas son provocadoras incitaciones a la reflexión sobre lo cotidiano que se va gastando. Otras las discuto, no me gustan y me quema su acidez, pero con el mismo talante que se escriben las leo y paso la hoja. Cada uno escribe lo que quiere, como le pega la gana, y cada cual lee lo que quiere y frente a lo leído asume la postura que le plazca. Así escribe Pérez-Reverte, así lo leo. Estamos a mano.

Como esto no es una reseña, y ya no cabe mucho más, diré que entre los folios leídos encontré muchos ya conocidos, otros aparecieron por primera vez. Pocos de ellos no volvería a leer, otros, creo, los usaré en alguna clase, un día, hoy por ejemplo, cerca de terminar el semestre. Si alguien tiene interés en reflexionar sobre nuestros maestros, le dejaré un pedazo de “Un héroe de nuestro tiempo”, página 139:

“Ahí sigue, el tío. Aún no se ha vuelto un mercenario de la tiza, de esos que entran en el aula como quien ficha donde no le va ni le viene. Tal vez porque todavía es joven, o porque es optimista, o porque tuvo un profesor que alentó su amor por las letras y la historia, cree que siempre hay justos que merecen salvarse aunque llueva pedrisco rojo sobre Sodoma. Por eso cada día, pese a todo, sigue vistiéndose para a ir a sus clases de Geografía e Historia en el instituto con la misma decisión con la que sus héroes, los que descubrió en los libros entre versos de la Ilíada, se ponían la broncínea loriga y el tremolante casco, antes de pelear por una mujer o por una ciudad bajo las murallas de Troya. Dicho en tres palabras: todavía tienen fe”.

Fuente: Periódico El Comentario