Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

Ponerse en zapatos ajenos

En Las virtudes del fracaso (México, Ariel, 2018), Charles Pépin relata la iniciativa de Philippe Hayat, jefe de empresa y escritor, quien, en 2007, creó una asociación de cien mil empresarios para charlar en institutos y colegios. En el libro del emprendedor, titulado El futuro al alcance de la mano, se recoge la experiencia de mujeres y hombres que acudieron a las aulas para explicar el oficio de empresario: “empezar por un deseo, por una idea, por una necesidad, encontrar financiación, limitar el riesgo, y luego atreverse, probar suerte”.

El miedo al fracaso es la limitante principal de la juventud, se concluye; cito a Pépin: “Si bien consiguen a veces encender una luz en los ojos de la juventud, chocan con ciertas preguntas recurrentes: ¿Cómo se hace si no se tiene dinero de entrada? ¿Cómo se sabe si la idea es buena? Pero una pregunta acude con mucha más frecuencia que las demás: ¿Y si fracaso?”.

La idea me parece estupenda entre nosotros. Replicable totalmente, sobre todo, si se suman otros oficios, como los políticos profesionales, gobernantes, diputados, periodistas, por citar algunos. Y se enriquecería con un pequeño ajuste a la idea original de Hayat: en lugar de una charla, una jornada completa en un salón, o en varios, como hacen todos los días los maestros.

Los resultados, hipotetizo, serían más que positivos. Si no se consigue la motivación para que los estudiantes se interesen en empezar sus empresas cuando llegue el momento, los empresarios, políticos, gobernantes y demás, podrían sensibilizarse con la situación real, de precariedad en muchísimas escuelas, con las condiciones a veces duras en que laboran los maestros, y la exigencia física y emocional del trabajo pedagógico.

Posiblemente no aterricen extraordinarias cantidades de dinero en el siguiente presupuesto, pero con un poquito de comprensión habríamos dado pasos enormes.

 

Monterrey, Nuevo León

 

¡Cuántas alegrías después de la desgracia pasajera!

La mañana ha sido terrible. Mi viaje de tres horas consumió el doble de tiempo, por accidentes en la carretera y la oscuridad de quienes administran la autopista Colima-Guadalajara, incapaces de prever contingencias y preparar alternativas en situaciones habituales, en una vía tan peligrosa por el tránsito pesado y su nula delicadeza a la hora de conducir monstruos rodantes.

Pasados los malos momentos, en un mar de gente, mientras espero la comida y recargo mi celular, intento cambiar el estado anímico. El compromiso que espera demanda energía y concentración absolutas. Viene a la memoria que esta noche dormiré en un extremo norteño del país, pero que tenía otra invitación para estar, al mismo tiempo, en el contrario, en la bella capital yucateca. El mal humor empieza a mutar. Recreo las razones de ambos viajes; me siento afortunado.

Sí, me siento afortunado y en un extraño rayo de fatuidad digo: cómo me quiero. Sigo: sin ser nada más que un hombre común y corriente, dedicado a su oficio con pasión, he podido viajar a sitios geográficos lejanos en el país y compartir lo que pienso y hago. Y no tengo duda en lo que ahora pienso (posiblemente me arrepentiré cuando lo lea): cada una de las invitaciones son un premio enorme, que me recompensa sin haberlo pretendido, que me motiva y compromete. ¡Solo pudieron venir gracias al trabajo!

Hoy me quiero mucho, no por mí, sino por la suerte de contar con un núcleo amplio de personas que creen en mí, que confían, que, muchas veces sin conocerme, se arriesgaron a invitarme, y luego reincidieron.

Hoy confieso gratitud mientras espero que llamen a un vuelo emergente porque perdí el mío y debo llegar cinco horas más tarde al destino, pasando por una ciudad distinta y distante.

Gracias a Ediciones SM por la confianza en hacerme parte de su ciclo de conferencias 2018, que me llevó primero a Chihuahua y hoy a Monterrey. Gracias también a la Universidad Autónoma de Yucatán, que me hizo parte de un consejo consultivo como miembro externo; no estaré físicamente, pero dedicaré parte de los esfuerzos a rendirles con esfuerzo intelectual y físico durante los próximos dos años.

Gracias a quienes me quieren; no sé cuántos, pero bastan. Y gracias, especialmente, a quienes celebran mis fracasos. No es por ellos, pero también por ellos (y contra ellos) lucho para que sigan sufriendo con las pequeñas victorias que le dan una buena parte del sentido que hoy tiene mi vida profesional. No es un ánimo malévolo lo que me mueve, es un ingrediente extra y prescindible.

Estoy cansado y me esperan otras cuatro horas antes de descansar los pies. Disculpen la fatuidad y tomen estas líneas como un leve delirio provocado por la larga demora.

 

Guadalajara, marzo 8 de 2018.

Carta a los candidatos (y candidatas)

Por recomendación de Rubén Carrillo leí a Sergio Fajardo, colombiano. Su libro se llama El poder de la decencia. Mezcla la biografía del autor y su incursión en la política con un estilo construido desde la ciudadanía, sin recursos económicos extraordinarios y apelando a gente distinta a la que gobierna desde los partidos.

Fajardo es un matemático formado en Estados Unidos, hijo de familia acomodada, que renunció a la academia y encabezó la transformación de la ciudad de Medellín, arrancándola de la violencia más brutal hasta convertirla en modelo mundial. Además, gobernó el departamento de Antioquia, y perdió otras tantas elecciones. Conoce las victorias y la amargura de las derrotas, de la cuales presume aprender para recomenzar. Actualmente se encuentra a las puertas de la elección presidencial de Colombia.

En su visión gobernante la educación es el motor de la transformación social; así se puede resumir: “Nosotros entramos a la política para llegar al poder y tomar desde allí una decisión fundamental: transformar nuestra sociedad a partir de la educación”.

Una vez instalado en la alcaldía de Medellín, en un proceso participativo singular, con su equipo de trabajo parió un documento con catorce principios para la gestión pública, que comparto ahora, anhelando que alguno de los candidatos por los cuales tengo la obligación ciudadana de votar, asuma, si no todos, algunos.

  • Los dineros públicos son sagrados.
  • La gestión de lo público es transparente; se rinde cuentas de todo lo que se hace, con quién, cuándo y con cuánto se hace.
  • No aceptamos transacciones de poder político por intereses burocráticos o económicos.
  • No utilizamos el poder del Estado para comprar conciencias y acallar opiniones diferentes.
  • El ejemplo es la principal herramienta pedagógica de la transformación cívica que deben emprender las autoridades.
  • Planeación sin improvisación.
  • Eficiencia, economía y eficacia en los proyectos.
  • Las relaciones con la comunidad son abiertas y claras, se desarrollan a través de los espacios de participación ciudadana.
  • El interés público prevalece sobre los intereses particulares.
  • Las personas que trabajan en la administración pública son honestas, capaces y comprometidas con la ciudad.
  • El desarrollo de la ciudad es un compromiso entre la administración local y la ciudadanía.
  • La solidaridad y la cooperación son la base de las relaciones de la ciudad con la región, la nación y el mundo.
  • La confianza entre las personas que dirigen la administración es esencial para garantizar la legitimidad del Estado.
  • La vida es un valor máximo y no hay una sola idea ni propósito que ameriten el uso de la violencia para alcanzarlo.

A juzgar por la historia reciente, la decencia es un valor escaso; la transparencia es un defecto, me dijo alguna vez un exrector. En el mundo de la política priman otros valores. Por eso, la inflexión posible y esperanzadora solo podría venir desde la ciudadanía, con candidatos que, como Sergio Fajardo, caminen las calles codo a codo, mirando a los ojos sin vergüenza y sin temores. ¿Llegará pronto a nosotros la decencia como vestimenta para los políticos profesionales?

Los símbolos patrios con ojos de niña

Por: Mariana Belén Yáñez Borrego

Muy temprano descubrí los símbolos patrios. Las primeras celebraciones a la bandera y el aprendizaje del himno nacional los viví en la estancia infantil de la Universidad de Colima. Allí me encontré en ceremonias conmemorativas con las educadoras y el personal, a veces con la compañía de nuestros padres. Entonces era poco consciente de lo que significaban los tres colores, el escudo y las estrofas del himno.

En el preescolar Anáhuac aquellas ceremonias ocasionales se volvieron constantes. Cada lunes, ordenados y silenciosos, rendíamos honores, escuchábamos a nuestros compañeros y maestras y luego comenzaba la jornada semanal. Empezaron a cobrar sentido las palabras, los versos y la bandera.

Con la enseñanza de la historia de México mi panorama se amplió. El ejemplo de muchos hombres y mujeres, las luchas libertarias por un país propio y justo se hicieron carne en los símbolos que nos identifican ante el mundo y ante nosotros mismos. Somos mexicanos por una historia, por unas leyes, una lengua común y un territorio, pero también porque seguimos con aquellos anhelos.

La bandera representa en sus colores el sentimiento de un pueblo noble y orgulloso, jurada por vez primera por el general Vicente Guerrero en el memorable abrazo de Acatempan.

El escudo de mi país cuenta el origen de una nación fuerte, inteligente y poderosa como pocas, inspirada en la búsqueda del pueblo Azteca de la señal que los dioses darían para fundar la ciudad de Tenochtitlan.

El himno representa los sentimientos de mi patria, las luchas que ha peleado el pueblo mexicano. En cada una de sus estrofas se deja ver el orgullo, el valor y el respeto.

México es un país enorme, rico, diverso, pero podría ser más justo y pacífico. Millones de personas, muchos de ellos niños, viven en la pobreza; muchos niños no pueden ir a la escuela básica, o no la terminan. Su vida sin educación será más complicada desde los primeros años.

México es mi país, y estoy orgullosa, pero me gustaría que fuera más sensible con ellos, con los pobres e indígenas. Me gustaría un país menos violento, más unido, culto y tolerante, con menos injusticias.

Si los símbolos patrios nos integraron para formar una nación independiente, nosotros, los niños de hoy tenemos la tarea de heredarles a otros niños, esa misma nación independiente, pero más humana, justa, generosa y pacífica, como declaramos cada lunes en el homenaje a la bandera. Ojalá pueda verlo todavía con ojos de niña.

Cada mañana en las calles

Cada mañana disfruto más las caminatas. Antes he escrito que rehuyo los gimnasios y me aburre dar vueltas en una pista atlética. En Córdoba, Argentina, descubrí el gusto de caminar en las calles, paseando sitios con alguna tranquilidad en el tráfico; desde entonces abandoné la unidad deportiva y prefiero inventarme rutas para evitar el tedio. No puedo decir que soy corredor ni cerca; obligado a definirme, diría: deambulante.

En las últimas semanas solo la lluvia o el polvo, un compromiso temprano o circunstancia extraordinaria me alejaron de las calles. Resulta un ejercicio con tanta utilidad para el cuerpo como para ordenar ideas, prioridades y repasar compromisos, evaluar actuaciones personales y no pocas veces encontrar alguna luz.

A las bondades descritas he sumado otras. Me gusta ver gente y cosas mientras camino. Entre las cosas, mucha basura, deterioros materiales, abundancia de descuidos, zonas feas de la ciudad. No es que eso me guste; es que descubriéndolo encuentro las muchas falencias que tenemos en la cultura, en los hábitos. Es verdad que los gobiernos no hacen toda su tarea, o hacen muy poquita, pero es tan verdad, o mayor, que las personas poco cumplimos en los renglones donde nos toca firmar. Ambos salimos debiendo.

Los rostros de mucha gente se me vuelven familiares de a poco. Las mujeres de la tortillería hablando siempre casi a gritos por la música que les alegra y los ruidos de las máquinas; el hombre que barré afuera de sus oficinas con flojera y tirando hacia los vecinos; los vendedores de tacos que amontonan las hojas de los árboles en la puerta del negocio, la señora de los tacos en el jardincito que ya se apresta a colocar las viandas, el hombre que casi a diario lava sus autos con un afecto inverosímil, los hombres que esperan en grupos a que lleguen a contratarlos, un tramo que siempre me revuelve las entrañas al imaginar esa forma de vida, frágilmente sujeta a la suerte. Así, podría desfilar más personajes que cada mañana encuentro a mi paso.

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