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INTENSAMENTE

IntensamenteSi vieron la película más reciente de los genios de Pixar será más fácil entender mis contradictorias sensaciones.

Como en la cabecita de Riley, en la mía combaten la alegría y la furia. Pero no quiero amargar los minutos de quien me siga, así que empezaré (y terminaré brevemente) con la segunda, la mala. Hoy, después de un año, tronó el proyecto que permitiría llevar mi libro Aprendiendo a enseñar. Los caminos de la docencia a otros estados del país. No profundizaré ni daré detalles. No vienen al caso exhibiciones públicas de asuntos privados. Punto y aparte.

La buena. La alegría. Esta tarde, luego de varios meses de intenso trabajo, coordinando un equipo de colegas, profesores de la Universidad, hemos terminado de corregir nuestro libro colectivo Memoria y presente. Tres décadas de Pedagogía, homenaje sentido, comprometido, a la primera facultad universitaria en Colima.

Estoy muy contento con el esfuerzo, el proceso y el resultado. Siempre pueden ser mejores las actividades, los productos, pero los razonables límites que debemos fijarnos inducen satisfacción.

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FILIAS Y FOBIAS

Soy reacio a los libros de superación personal (incluyendo novelas de autores famosísimos). Pero no opino mal de quienes los leen. Por respetables razones lo harán y algo positivo obtendrán.

En cambio, soy más o menos asiduo a otros que convocan a la reflexión sobre la condición humana. Adviértase: no intento comprender a la especie homo sapiens o su incierto futuro, menos tengo deseos redentores, por nadie o nada, aunque mi vocación educadora obliga a cierto optimismo.

Así llegué a la lectura de Fluir. Una psicología de la felicidad, de Mihaly Csikszentmihalyi. Esta mañana, mientras escucho a lo lejos una máquina de podar pasto, encuentro muchas ideas que obligan a la reflexión. Y desearía seguir leyendo si no me esperaran varios compromisos laborales. Comparto tres de esos pensamientos inquisitivos:

¿Cuántas personas que usted conoce disfrutan con lo que están haciendo, cuántas están lo suficientemente satisfechas con lo que les ha tocado en suerte, cuántas no se lamentan del pasado y miran hacia el futuro con confianza?

Las raíces del descontento son internas…

Mientras que la humanidad ha incrementado colectivamente sus poderes materiales cientos de veces, no ha avanzado mucho en términos de mejorar el contenido de su experiencia.

Detengo la lectura unos minutos en cada párrafo para rumiar ideas, para responder a la pregunta.

Espero que quien me lea, haga lo propio. Y para no interrumpirlos, callo.

 

DE LIBROS Y LECTURAS

En estos días dos actividades concentran mi tiempo y preocupaciones: la revisión de los detalles finales del libro colectivo que coordino, sobre el treinta aniversario de la Facultad de Pedagogía, y la preparación del curso para el inminente ciclo escolar.

A pesar de ellas, o quizá por eso, hoy me distraje desde temprano con nuevas lecturas. Dos libros comencé. Temprano, Darse a la lectura, de Ángel Gabilondo, filósofo y profesor español, ministro de educación con el último gobierno del Partido Socialista Obrero Español, y recientemente candidato a la alcaldía de Madrid. Sus primeras páginas son una promesa que confirmaré en próximos amaneceres.

En la pausa de mediodía emprendí la lectura de Fluir. Una psicología de la felicidad, de Mihaly Csikszentmihalyi. Lo único ingrato es pronunciar mentalmente el nombre del autor, croata de nacimiento pero de nacionalidades estadounidense y húngara.

No sé explicar (ni importa, en realidad) la arbitraria elección. Supongo que se trata de la natural asociación entre diversificar y divertir.

Probablemente por eso aguanté sin mella en el ánimo (y sin exabruptos en esta página) las declaraciones del flamante ex alcalde de la ciudad y del vocero de la diócesis colimense. El primero, anunciando su cometido verbal de que la Federación rescate a los municipios y a los estados del desastre financiero que dejaron pésimas administraciones, como la suya. Del vocero poco puede esperarse. Señores así no han entendido el mensaje del Papa o el ejemplo de su vocación. O tal vez es que tiene arraigado el sempiterno lugar de la jerarquía respecto al gobierno y los pobres.

¿LOS PUEBLOS TIENEN LOS GOBIERNOS QUE MERECEN?

Que los pueblos tienen los gobernantes que merecen parece una definición burlona y grosera. Lo peor es que se reafirma con frecuencia indeseable, para que no perdamos tiempo en soñar demasiado, ni ser utopistas o ilusos.

La realidad política suele ser condenadamente infalible a la hora de destrozar esperanzas populares. Los mexicanos sabemos mucho de eso, es decir, sufrimos a raudales sus efectos. Y los colimenses hoy somos una caricaturizada expresión cuyas consecuencias permanecerán como las de la enfermedad de moda.

En verdad parece que no tenemos memoria, que cada tres o seis años nos tragamos el cuento imbécil que nos venden en campañas, y si no lo tragamos, volteamos para otro lado, como si no nos afectara. Y a la primera (o segunda oportunidad), se vuelve a votar a otra pandilla de rufianes especialistas en saquear arcas públicas. Es verdad, también hay excepciones, pero son tan pocas y de corto plazo, que confirman la costumbre de elegir personajes dañinos, o que se transforman con la parcelita de poder y los millones que administran temporalmente.

Cuando pienso que aquella afirmación tópica es falsa, los abundantes ejemplos asesinan mi optimismo cauto. Qué se puede esperar, me digo, de un pueblo más preocupado por la suerte del Piojo Herrera y la selección de fútbol que la situación de la reforma educativa; o que las reformas en materia de salud nos pasen por encima en nuestra condición de súbditos de la tribu. O que la televisión pública siga ofreciendo una oferta miserable. Aquí dejo un espacio en blanco por si alguien quiere agregar otros de su particular interés.

No sé si la página tiene vuelta. Si hay un punto y aparte en la historia. En todo caso, hoy me consuela testimoniar que en algún momento, por lo menos, la dignidad asoma y el desprecio público a un gobernante se convierte en el mínimo pero doloroso castigo que debiera sufrir.

 

AGOSTO 3

Hay días, como hoy, en que quisiera no haber estudiado una carrera como la mía. Casi la maldigo. Por fortuna, son pocas las ocasiones, aunque no menos turbadoras.

Seré explícito: en este periodo en que se organizan cursos para los maestros, he tenido el infortunio de ver anuncios de varios de ellos. Y en verdad me agriaron el momento al descubrir los nombres de los instructores o facilitadores, como les gusta llamarlos. Conozco a varios, perfectamente, y sé de sus capacidades.

¿Cualquiera, sin haber estudiado pedagogía o educación, sin tener un posgrado en la materia, sin haberse especializado en nada próximo, puede impartir un curso a maestros? Está clara la respuesta, sí puede, y allí tengo varios ejemplos. Me corrijo: tendría que cambiar el sentido y cuestionar, entonces: ¿cualquiera, dominador superficial de la materia, puede impartir un curso de aquello que ignora a profundidad?

Me pregunto: ¿con esta falta de respeto a la profesión docente, a la pedagogía, se pueden esperar mejores resultados?

Parafraseando a Célestin Freinet interrogo: ¿no merecen nuestros hijos, los estudiantes, nuestras escuelas, mejores maestros para nuestros maestros?

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