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Donde todo comenzó

Hoy volví a mi pueblo. Cada vez que regreso, con mucho tiempo entre una y otra visita, se mezclan emociones, desatan recuerdos y nostalgias. Me gusta caminar o andar en auto en aquellas calles entrañables: de casa a la escuela secundaria, de casa al estadio Carlos Septién, de casa al jardín, al cine Ramírez, a casa de mis amigos; los vericuetos que caminaba con Mario Rodríguez mientras repartíamos el periódico o vendíamos las fotos que tomaba Juan el fotógrafo; luego, cuando cambiamos de domicilio, de casa al “Maracana”, la trepada por las calles que me separaban de los amigos, el jardín o la iglesia de estilo rangeliano, que me sigue deslumbrando, aunque todavía no llega un párroco que le haga justicia y elija los colores que la resplandezcan.

Cada vez que estoy en mi pueblo, de alguna parte de la memoria afloran vivencias perdidas, situaciones que me hacen revivir instantes de la película personal. Sé que camine esas calles, porque se llaman Álvaro Obregón, Jorge Septién, Emiliano Zapata, Cuauhtémoc… pero sé que no son exactamente las mismas, porque ya no están allí las personas de entonces, los amigos, esos olores; porque los colores cambiaron, o así los recrea mi imaginación.

De todo, lo que hoy me impresionó más fue mirar el volcán desde todas partes, más imponente que nunca, más cercano, más colosal. No sé si en todos estos años el volcán de fuego creció, los recuerdos se achicaron o mi emoción se desquició. Uno no elige donde nacer, pero cada vez encuentro más gusto al lugar donde nací, allí donde todo comenzó.

Nadie se baña dos veces en el mismo río, dicen que dijo el filósofo; y nadie camina dos veces las mismas calles, aunque parezcan exactamente iguales, especialmente porque nosotros ya no somos los mismos.

Garry Kasparov o escoger nuestros demonios

Esta mañana, aprovechando el silencioso clima fresco salí al jardín de casa a continuar la lectura de Garry Kasparov en su libro Cómo la vida imita al ajedrez. Con Kasparov en sus míticas batallas contra Karpov arranca mi conocimiento limitadísimo de la historia del ajedrez, de cuyos hechos daban cuenta los medios mexicanos como desde mundos remotos.

Es una obra interesante, sesuda, que revela la inteligencia del excepcional campeón mundial más joven en la historia (1985), que mezcla en sus capítulos las partidas contra grandes maestros, las enseñanzas de los campeones precedentes, la tecnología, la imaginación, la preparación, la disciplina, en fin, un repertorio temático notable, con una escritura ágil y profunda conjugada con su vasta cultura.

Leo ahora las páginas del apartado “Factores estáticos y escoger nuestros demonios”, que relata sus andanzas por la política. Parafraseando a Bismarck, dice el excampeón mundial: la política es el arte de lo posible; luego, la tarea de un político es definir qué se puede y qué no se puede cambiar, identificando los factores que se pueden alterar y las compensaciones para lo que resulta inmutable en un momento dado. Esa astucia logró, en la batalla por el Imperio romano en el año 31 a. C., que Antonio derrotara a Octavio y Cleopatra, invencibles hasta entonces.

Llego al corazón de su debate puntual: la lucha entre desequilibrios y compensaciones en las sociedades, por ejemplo, entre libertad y seguridad. Cita a Benjamin Franklin: “Aquellos que entregan la esencia de la libertad a cambio de la seguridad, no merecen ni seguridad ni libertad”. Estados Unidos es ejemplo siempre y ahora con la “amenaza” migrante; también la propia Rusia: “Cualquier crítica a los funcionarios del Estado es calificada de ‘extremismo’, un término separado del de terrorismo únicamente por una coma en el libro de derecho de Putin”.

Aunque no quiera, la evocaciones a nuestro tiempo, geografía y circunstancia son inevitables.

Así no, Señor Gas

La historia que sigue es real. No la inventé. Lo juro. Podría parecer inverosímil, pero solo por incapacidad narrativa, no por los hechos.

El 22 o 23 de diciembre hablé para solicitar el servicio de gas. Me respondieron amablemente que no podrían, que hasta enero. Mi primera reacción fue de sorpresa y gotitas de rabia e incredulidad. Me explicaron brevemente que no estaban recibiendo todo el “producto” y daban preferencia a los clientes que ya tenían más tiempo pidiéndolo. Resignado, solicité que me anotaran en la lista de espera. Me asignaron una fecha: 2 de enero. Pero, advirtieron, puede llamarnos para recordarnos y saber si ya hay más producto y adelantarle la entrega. Hace unos días llamé y dijeron que ya estaba mejor el suministro pero había como 500 clientes, y la fecha asignada era el 3 de enero, o sea, ya no el 2, sino el 3. Pensé: si sigo llamando, llegaremos a Reyes Magos sin servicio. Oiga, disculpe, le paré en seco: si no puede ser antes, por lo menos déjeme la fecha del 2 de enero. Aceptó.

El 2 de enero se acabó y no recibí el servicio de gas, aunque por la mañana, vía telefónica, una de sus empleadas me confirmara que sí, que lo tendría sin falta, aunque no estaban manejando horas por la cantidad de trabajo. Y me quedé como Joaquín Sabina: nos dieron las 10, las 11, las 12, la 1, las 2 y las 3…

Hoy temprano, 3 de enero, llamé a la empresa con moderada indignación para expresar inconformidad. Me dijeron que, efectivamente, debí recibir el servicio ayer, pero ya son como mil personas esperando. ¿Y entonces? Pregunté. Entonces, el sistema que nadie manipula y nadie sabe cómo funciona (esa conclusión es mía), me reprogramó para mañana porque hoy, imposible, no puede ser. ¿Cómo? Explíqueme. Pues sí. Como el sistema (lo que sea que signifique) recibe las listas de pedidos, a los que faltan los recorre al día siguiente. A mí me tocaba hoy, en esa lógica, pero el sistema decidió que sea mañana, y la hora, disculpe, pues no sabemos, o sea, se nos queda sentadito o parado o como carajo quiera y aguarda que el señor del gas pase por su casa… si tengo suerte y sigue habiendo “producto”.

Por alguna recóndita asociación recordé a don Cuco, el alfalfero de mi pueblo, que en realidad no era de mi pueblo, o sí, ya no estoy seguro. En una vieja y destartalada camioneta repartía alfalfa y garrafones de agua embotellada, cuyo origen ahora no quiero conocer. Pues don Cuco, mugroso de días, sin sistemas ingobernables, sin teléfono ni señoritas que toman pedidos, sin listas de entrega, sin sofisticaciones de ninguna especie, pasaba el mismo día y a la misma hora por las casas a cumplir los pedidos, eso sí, con un poquito de madre y mucha dignidad en su oficio.

 

 

Límites de la crítica

Hace dos semanas recibí una invitación inesperada, de persona insospechada, con quien tuve profundas diferencias políticas. Me pidieron leer un documento y señalar aspectos débiles o poco claros; su utilidad, del documento, podría ser muy alta para la definición de algunas de las políticas educativas en el país. Los nombres e instituciones me los reservo. La distinción me elogió por su origen y posible relevancia. Por supuesto, acepté. Leí el documento varias veces, tomé notas en unas tarjetas y cuando creí que tenía el tono y la idea general donde engarzar ideas, empecé a escribir mi comentario. Me salieron 5 o 6 páginas, insumo para las correcciones, ordenamiento y depuración. Dos o tres días después lo retomé, con dudas al releerlo. La conclusión me parecía contundente pero un poco incómoda. Intenté arreglar con breve nota introductoria que explicara los argumentos desglosados. Otro par de días vacilé en la conclusión, hasta que me recordaron la urgencia. Lo hice y la noche en que terminé sufrí intentando responderme un par de preguntas: ¿cuáles son los límites de la crítica?, ¿tiene límites la crítica o experimenté un proceso de autocensura?

La pregunta inicial, o ambas, pueden recibir distintas respuestas. Zanjé la duda con un argumento que tomé prestado de Pablo Latapí Sarre: el que no piensa como yo, me ayuda. Pensé lo mismo y dije: si buscaran aplausos, no habrían llamado al tacaño en la adulación. Continué: si me buscan para ayudar a afinar un documento en proceso, entonces, la mejor forma de cumplir la encomienda es examinando con rigor.

La segunda cuestión me sigue rondando y no tengo respuestas, porque se mezclan las lógicas, entre la autocensura para no ser tan honesto que termine siendo execrable, o tan franco que se confunda con pedantería o rabia. No sé donde empieza y dónde debe terminar la autocensura, o si debemos suprimirla. Supongo, preliminarmente, que eso depende del lector o de quien pide la opinión y sus intenciones. Tal vez. Volveré a las dudas más tarde o más temprano.

Recuentos de 2018

Los recuentos son ineludibles al cerrar años o ciclos. Son necesarios, incluso, para ordenar, desempolvar aciertos y fallos, valorar y darles la justa dimensión a los detalles de la vida.

2018 ha sido extraordinario para mí. No porque haya sido todo espectacular, sino porque sucedieron cosas fuera de lo ordinario. Lo esencial no faltó nunca: salud, primero. El trabajo fue a veces extenuante, pero en tiempos aciagos parece una bendición del dios de los ateos laburantes.Y con un equipo sin par, la tarea es más fácil. Gracias a Isa Meneses, Ale Meza, Angeles Salinas y Alejandro Barbosa Fuentes. Les debo gratitud por siempre.

Motivos para la alegría encontré a cada paso. Los íntimos se quedan donde deben, a donde pertenecen. Profesionalmente tuve un año estupendo: en el periodismo reviví compromisos e ilusiones colaborando con El Diario de la Educación, y reabrí la columna semanal en dos medios locales, e intermitentemente con Educación Futura.

Después de larga sequía, una noche de mayo, preso de calor y lecturas delirantes, empecé a escribir un librito que presentaremos al comenzar 2019. Se llama Elogios de lo cotidiano; tributo a muchas personas y a mi pueblo. Gracias a Miguel Uribe Clarin y Salvador Silva, a Puertabierta, a Gil Garea.

Mis relaciones con las instituciones educativas maduraron: fui invitado por la Universidad Autónoma de Yucatán para integrar un órgano colegiado de sus preparatorias, y encontré una experiencia vivificante al lado de colegas como Vero Cortés, Edith Díaz, Tania Ríos y Julio Novelo. Volví a San Luis Potosí, donde habitan buenos amigos; pasé por el Colegio de Bachilleres, con Sergio Dávila, y estuve en la Universidad, a donde llegué por la gentileza de Ricardo Barrios. La Prepa 8 de la Universidad Autónoma de Nuevo León me distinguió y encontré un par de colegas y amigos especiales, Teresa Ramírez y Benito Ruiz. A la Universidad Autónoma de Coahuila pensé que no volvería, pero una noche me sorprendí con la invitación inesperada de la doctora Barrón, hice la maleta y me fui vía Monterrey, para disfrutar el frío y la conferencia ante un puñado de buenos profesores.

Mi año había empezado muy promisorio, con sendas conferencias para Editorial SM en Chihuahua y Monterrey, y cierra de forma inesperadamente festiva. Encontré un nuevo proyecto de escritura para hurgar en escuelas de Colima, y un libro en proceso que hoy rebasa las 60 páginas.

2018 ha sido feliz, si cabe la expresión un poco fatua. 2019 me desafía ya y no estoy dispuesto a hacerle concesiones. No todo es belleza. En 2018 se adelantaron buenos amigos, otros enfermaron; el Instituto donde laboro sufrió un atentado mortal que lo tiene en terapia intensiva, pero eso, siendo duro, es quizá el recordatorio, inevitablemente doloroso, de que nunca podemos dejar de valorar lo que tenemos y disfrutarlo al máximo, como cada hora del día.

Muchas gracias por leerme, visitar este muro y compartirme virtualmente su amistad, el gesto amable, saludos afectuosos y buenas intenciones. ¡Son correspondidos sin medida!

¡Feliz año nuevo y que se cumplan todos sus deseos, por lo menos, los que valen la pena!