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Los exámenes y la muerte de la cultura

Leí esta mañana una entrevista estupenda del filósofo español Emilio Lledó, a propósito de la publicación de su más reciente libro: Sobre la educación. La necesidad de la Literatura y la vigencia de la Filosofía. Lo compré de inmediato en formato electrónico y me dispongo a leerlo a la brevedad. Seguramente volverán sus palabras a este Diario.

La entrevista, publicada en El País, no es reciente, pero apenas la cacé en Twitter. Fechada el 28 de marzo de 2018, tiene un título sugerente, imposible de omitir: El “asignaturismo”, hacer exámenes continuamente, es la muerte de la cultura.

Leí a Emilio Lledó por primera vez hace más de dos décadas, en una colección de revistas que editaba el ITAM y me regaló un dilecto amigo, Juan Carlos Geneyro, entonces profesor universitario invitado en Colima, una figura que, entre paréntesis, cada vez extraño más en el campus, porque solo se enriquece la cultura en el contacto con otros, especialmente con maestros que tienen un camino y son capaces de invitarte a recorrerlo e incitarte, por el ejemplo, a trazar el propio. Desde aquel primer artículo, en la revista Estudios, me deslumbró la inteligencia y agudeza del autor.

En la entrevista que ahora leí, Emilio Lledó repasa la experiencia docente más maravillosa de su larga carrera, mientras estaba en la Universidad alemana de Heidelberg y conoció a un grupo de obreros españoles iletrados a quienes propuso reunirse dos veces por mes.

Su vida, como su claridad nonagenaria, son una invitación a la perseverancia en una profesión sin par.

Gracias a Emilio Lledó por demostrarnos que es posible dedicarse una vida larga y entera a la apasionante tarea de enseñar y pensar.

Regreso a la docencia

La semana laboral que termina, tercera en el calendario escolar, permitió reincorporarme plenamente a las tareas docentes en la Universidad. Reconfirmo que la docencia es un ejercicio de alta demanda física y emocional; que siento pasión por el salón de clases y los estudiantes preguntando, atentos, curiosos, que son ellos, las nuevas generaciones que se preparan para trabajar en el campo educativo, quienes harán posibles o no las transformaciones del sistema escolar, porque los cambios ocurren en las escuelas y aulas, donde estudian y conviven cotidianamente con niños y jóvenes para fines formativos.

En el retorno compruebo también que mis aversiones a la burocracia son irreconciliables, pero puedo sobrevivir sin sobresaltos ni enfados excesivos, que con un poco de disciplina se sortean. Persisten, con moderado optimismo, mis afanes de cambio y la creencia de que es posible otra escuela.

Me tocó, porque ahí no decidimos los profesores, un grupo prometedor, con 25 estudiantes, mayoritariamente mujeres, dispuestos, agradables y tengo la impresión de que muy buenas personas. Esa cualidad es la que permite que casi todo lo demás sea factible en educación. Con este grupo, en algunos detalles percibo que he tenido una suerte maravillosa y lo pasaremos bien los martes, miércoles y jueves de clases.

La docencia es un ejercicio extraordinario, mágico, generoso sin par. En la medida que nosotros entregamos lo que sabemos, que comunicamos nuestros contenidos personales y profesionales, no nos desprendemos de ellos, sino que nos enriquecemos. Hay que dar, entonces, para seguir recibiendo. Estoy seguro de que al final del semestre los aprendizajes serán inestimables.

Cocodrilos en los diccionarios

Anoche dormí temprano y desperté una hora antes de lo habitual. Creí que era buen momento para comenzar la faena. Abrí el libro de Natalia Ginzburg, Las tareas de casa y otros ensayos, pero cambié de opinión. Hace algunas semanas me espera una obra con expectativas altas: Cocodrilos en el diccionario. Hacia donde camina el español, del Instituto Cervantes; otra recomendación de Rubén Carrillo.

Empecé y disfruté las primeras 40 páginas. Siendo de tal autoría, solo cabría una escritura magistral, además, con buen humor y lenguaje accesible: “El estilo de la exposición trata de ser ágil y desenfadado, evitando los tecnicismos o explicándolos cuando no hay más remedio que usarlos. Hemos procurado simplificar, pero siempre sin mentir y dejando que el humor endulce la tarea de escribir un libro a cuyos destinatarios sentimos cerca, pero nos son desconocidos”.

El libro se divide en cuatro partes: la primera para la fonética, esto es, la pronunciación y escritura; la segunda, de la gramática; el tercero, vocabulario, y el último, las manifestaciones concretas del habla.

Seguramente volveré a este Diario para contarles algunos de los aprendizajes que espigue entre las páginas de Cocodrilos en los diccionarios.

 

 

El SNTE y los padres de familia

Hace un par de semanas recibí de la Sección VI un paquete de libros publicados por el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). Poco antes había tenido oportunidad de hojearlos en reunión con el director de la Universidad Pedagógica Nacional en la Unidad 061; ahora empiezo a leerlos con tranquilidad.

La colección está dirigida a padres de familia y maestros. Se llama, justamente, Escuela de padres. La componen 13 títulos, algunos, abordados ya con cierta profusión, por analizar temas vigentes, como el bullying y acoso escolar, el problema de las drogas o las nuevas tecnologías, pero otros, novedosos, por lo menos desde el ámbito de la escuela que conozco, entre ellos, niños y abuelos, cómo tratar los celos entre hermanos o el divorcio de los padres.

El formato es accesible porque están concebidos como guías pedagógicas, con textos en lenguaje accesible, espaciados adecuadamente, ilustrados y con casos prácticos.

No soy experto en los temas que comprende la colección, así que me abstengo de juzgar la calidad informativa o la pertinencia de los consejos o recomendaciones, además, no los leí todos aún, sin embargo, es un esfuerzo encomiable por varias razones: visibiliza problemas o ámbitos potencialmente conflictivos que parecen zonas privadas, pero pueden obstaculizar la vida social o complejizarla, como la autoestima o la separación de los padres; por otro lado, constituyen la afirmación abierta de que la educación es una tarea social que trasciende la escuela o no puede reducirse a lo que sucede en horarios escolares y delimita el currículum, que deben formarse alianzas con límites y responsabilidades precisas entre la casa y los maestros; que reconoce las posibles carencias de paterfamilias y maestros en el tratamiento de conflictos o asuntos para los cuales no siempre alcanza la buena voluntad.

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Desvaríos

Hoy desperté antes de lo habitual. A las 5:03 abrí los ojos, despejé la cabeza y tuve la certeza de que no seguiría dormido. Un leve dolor en la nuca me incomodó. Mejor levántate y siéntate a escribir, pensé.

El 10 de febrero fue mi última entrada al Diario. ¡La semana entera! No me había ocurrido, pero no es extraño. Han sido días intensos, como una montaña rusa de emociones, entre actividades extra e infraordinarias, entre las alegrías de presentar un libro nuevo y las inquietudes de conocer su destino, entre el cierre de un ciclo laboral y las estrecheces del tiempo siempre finito.

La presentación de un libro produce sentimientos con los cuales debemos ser cautos para evitar fatuidades. El martes fue una noche muy especial, entre la comunidad pedagógica universitaria, casi todos viejos conocidos, buenos amigos, respetados y pródigos en afectos. Miro adelante y las tareas no paran. Es hora de continuar.

En la semana comencé mi trabajo de campo en una escuela nueva, peculiar, en Quesería. Las primeras entrevistas con estudiantes y directoras me dejaron varias preguntas que esta mañana empezaré a indagar.

Hoy estaré en una entrevista en Radio Universo, la estación de la Universidad de Colima. Conversaremos de Elogios de lo cotidiano. Espero tener la lucidez para responder las preguntas antes de que los escuchas opten por cambiar la estación. Ya veremos.

Oficialmente es mi último día de trabajo en el Instituto. No será un día fácil ni normal. Pero no quiero convertir esta página en un paño de frustraciones. La vida sigue y los proyectos ilusionan.