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Diario de cuarentena dominical

La basura miserable con tintes políticos (nótese el enfado) que circula en redes sociales a propósito del COVID-19 me llevó a la decisión de perder el menor tiempo entre estupideces de esa materia, eludiendo sumarme a la epidemia de insultos y descalificaciones abundantes en Twitter.

A cambio, decidí que mis comentarios, entradas del blog y artículos periodístico, en la medida de lo posible, estarán enfocados a exponer asuntos gratos, reflexivos o entretenidos. No trato de eludir el traumático peso de la realidad, menos, de idealizarla, pero sí, de no alimentar a los agoreros de la catástrofe o la salvación por designios divinos o terrenos. Es propósito apenas. Veré al final el resultado.

Con ese ánimo, evito cualquier película que aborde los asuntos que hoy nos tienen en vilo. En mi tarde dominical decidí abrirle la puerta al tío Netflix. De series no soy partidario, porque dedicarle horas y horas a una trama no va conmigo, me cansa o aburre; repetir los partidos del Nexaca contra Alejibres me aflojera de solo pensarlo; así que le pedí películas de “Aventuras”. Y me tiró un puñado de opciones chafas e innombrables.

Seguí en la línea de aventuras y acción, o algo así, hasta que en la búsqueda encontré “Lorena, la de los pies ligeros”, la historia de la mujer rarámuri que corre y corre y corre y corre y corre y es un ejemplo increíble. Sin dudarlo, la elegí y vi con gusto.

Evitaré los comentarios. Si tienen tiempo y ganas de descubrir una lengua mexicana distinta, o por lo menos de escucharla, se las recomiendo. La historia es un ejemplo, ya lo confesé.

No vamos a salvar a nadie, ni haremos una buena obra, pero tendremos un rato de esparcimiento sano y, tal vez, una lágrima nos limpie los ojos.

¿Morir de amor?

Una noticia terrible me trajo la pregunta a la cabeza: ¿se puede morir de amor?, o ¿se muere de desamor?, ¿se muere de otras causas más profundas, disfrazadas de amor?

La historia ocurrió en Monza, en la región de Lombardía, la más afectada por el coronavirus. Daniela Trezzi era una enfermera de 34 años, destinada a la unidad de cuidados intensivos en el hospital de san Gerardo. En los meses fatídicos de la epidemia, trabajó en tensión extrema. Habrá visto morir a muchos enfermos de COVID-19. Inevitablemente se contagió y el 10 de marzo se fue a su casa para la cuarentena.

La nota periodística dice, recogiendo voces cercanas, que había experimentado mucho estrés por el miedo a contagiar a otros pacientes de su área. En su casa, reconocen desde el hospital, no tuvo cuidado externo y no la asistieron emocionalmente. Se suicidó. No fue el primer caso. En Venecia una semana atrás ocurrió algo semejante con otra enfermera.

¿Daniela murió de amor al prójimo?

En esta pandemia ya hay oficios heroicos, los de enfermerasy médicos, víctimas principales entre los infectados, pues uno de cada diez pertenecen a esas profesiones. Y casos como los de Daniela servirán para aquilatar profesiones y algunos valores que, por ahora, son las únicas vacunas al alcance, como la solidaridad, la gratitud y la compañía.

Otros datos del presidente

Anoche el presidente López Obrador, mediante video, pidió a los mexicanos quedarse en casa para evitar que se disparen las infecciones por COVID-19. Me enteré apenas esta mañana en mi repaso matutino de noticias y celebro que otros datos lo llevaran a tomar la decisión, aunque no deja de resultar contradictorio que su llamado no lo atienda él mismo, y siga su rutina de fin de semana, en actividades que podrían realizarse en otro momento o por otros canales. 

 

No caeré en la tentación de decir qué sí y qué no debe hacer el presidente, desde la opinión como ciudadano, porque esa solo me importa a mí, y a veces poco. Lo que también celebro es que el llamado del presidente bajará una tensión (entre muchas) entre sus admiradores y sus detractores, y ahora casi todos (excepto Raúl Salinas Pliego y otros de su calaña) estamos de acuerdo en que lo mejor, si podemos, es guardarnos en casa; y los que no pueden o no deben, por necesidades o porque cumplen funciones vitales, sepan que tienen la admiración, la gratitud y la solidaridad de los privilegiados cuya peor preocupación, en muchos casos, es que el maldito internet esté lento o no haya fútbol en la tele.

 

Esta mañana en mi actualización de mensajes vía Whatsapp vi un costal de buenas intenciones. Por ejemplo, un cartón edulcorado en donde un puñado de personas sostienen al país con un mensaje que dice, más o menos, que somos muy cabrones y hemos salido de peores. 

 

Luego otro que ya me dio flojera, dice que saldremos adelante y “más unidos”. Lo primero es un hecho, tan cierto como que muchos mexicanos se quedarán en el camino y tendrán un triste destino, sin velorios, sin compañías, sin últimos adioses. Más unidos no, en lo absoluto. A esta batalla mundial llegamos divididos, entramos fragmentados y no veo cómo o en qué momento se dejarán de lado las diferencias, las genuinas y las fanáticas.  

  

Saldremos adelante, sí. Por ahora, dejo constancia de mi admiración, gratitud y solidaridad con quienes no tienen este privilegio.

Dibujitos y letras con Juan Carlos

El ocio es bipolar; también, polisexual: es padre del aburrimiento y madre de la creatividad. ¿Qué haríamos en muchos momentos sin el ingenio abundante de los memes, sin tantas y tantas bobadas que en momentos provocan dolores de estómago por el exceso de risas?

Urbi et orbi: ¡bendito sea el humor!

Yo no puedo decir que en cuarentena estoy de ocioso, porque el ocio me aburre y tenemos trabajo en la Universidad pero, por supuesto, también encuentro ratos de diversión.

Propuse hace días a Juan Carlitos que jugáramos con las letras y obtuviéramos un producto de equipo. Nos basamos en el libro Cuentos para niños que se atreven a ser diferentes, de Ben Brooks. Comenzamos antier: leímos juntos la breve historia de un personaje, enseguida, yo escribí algunas líneas y él le puso rostro.

Aquí va el segundo personaje de nuestra serie, convertido en adivinanza: primero pasó 27 años en la cárcel, luego fue presidente de su país, símbolo de la lucha contra el apartheid y por la dignidad humana. ¿Quién es?

 

 

Recuerdos de mamá

Hoy he recordado a mi madre. Para ser preciso, a mi madre en una etapa de nuestra vida juvenil, en una actividad doméstica que realizó durante varios años, primero conmigo, luego con mis hermanas. Siempre con diligencia, sin queja, sin reproches, con lo mejor que podía darnos.

El recuerdo es nítido. Ella llegaba a mi habitación sigilosa, tocaba la puerta, abría y me despertaba. Es la hora, me decía; las 5.30. Era la hora de levantarse, asearse, comer un taco que ya había dispuesto en la mesa del comedor y salir poco antes de las 6 a tomar el camión para llegar a tiempo a mis clases en el Bachillerato 13 de la Universidad, entonces en Colima. Prestigiado Bachillerato 13, quiero agregar.

No cruzabamos muchas palabras, o no lo recuerdo. En temporada de frío salía con un sueter y amarrando los libros en brazos, como en época de lluvias, porque no se suspendían las clases entonces.

Nunca le agradecí esas desmañanadas, no con palabras, aunque ella se habrá cobrado con mis buenos resultados escolares y la obediencia infantil aunque ya tuviera bigote, novia o sueldo quincenal.

Anoche discutí con Mariana Belén. No me gustó su gesto. Le reproché y le dije que no la despertaría más a las 7.30 para comenzar sus clases en línea, ni le daría su desayuno. Sin piedad me disparó a bocajarro: ¡no me despiertes! Sus ojos me mataron, pero lanzaron otro dardo a mi memoria, que rajó el recuerdo que conté. Me derrumbé sobre mí y callé.

Hoy, a la hora precisa, la llamé con más cariño que siempre, cuando abrió los ojos amodorrados le di un beso en el hombro, luego, la esperé con el desayuno preparado y el amor silencioso de mi madre.