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Inesperadas y gratas noticias

Hoy recibí una muy agradable e inesperada noticia en Twitter. El artículo que publiqué en mayo en Distancia por Tiempos, el blog de la revista Nexos, es uno de los 10 más leídos durante el año. La bomba de alegría estalló en el mejor momento, cuando hacía falta.

Cuando escribo, por supuesto que aspiro a ser leído, pero una vez publicado, me olvido un poco y dejo que el azar y su propia calidad decidan el impacto lector. A veces disfruto, a veces me quedo con interrogantes. Trato de aprender en cada caso.

Al terminar el artículo de referencia estaba muy contento. Creí que era un buen producto, pero no imaginaba el desenlace.

Estar allí, entre los 10 primeros, en un relevante blog dedicado a temas educativos, es un privilegio y una motivación inmensa. Más, cuando el final del año se agota la reserva del combustible vital.

Gracias, muchas gracias a quienes pasaron por el blog y me leyeron.

Dos noticias

Tengo dos noticias de que escribir. Una importa a muchos. Es vieja ya; es decir, pasaron varia horas. Sabemos quiénes son las principales candidatas al gobierno estatal. La del PRI y la de Morena. De ellas, creo, saldrá la nueva gobernadora. Dudo poco: será de mi municipio quien gobierne Colima. Hay otros candidatos, candidatas, pero no veo muchas posibilidades. Tal vez me equivoque. En todo caso, apuesto poco a que una persona le cambie la historia a un estado. Viví lo suficiente como para no creer en reyes magos, o reinas mágicas.

La otra noticias es íntima e importa poco. Bueno, a mí, todo. La semana pasada Juan Carlos, Juancito, tuvo una caída mientras jugaba en su patineta eléctrica. Es diestro y juguetón. Algo pasó. Cayó y lo que parecía un buen raspón en su codo izquierdo, es ahora una fisura en su brazo derecho. Pasamos la mañana en consulta, radiografía y ahora está inmovilizado.

La primera noticia que conté ahora me importa poco. Antes también. Hay un momento en la vida, este en la mía, en el que los hijos se vuelven casi todo. No sé si es buena o mala noticia. Es lo que tengo.

Nueva secretaria de Educación Pública

Esta mañana el presidente de la República designó a la nueva secretaria de Educación Pública, Delfina Gómez, superdelegada en Estado de México, con antecedentes profesionales de estudios pedagógicos, cuna humilde y trayectoria magisterial.

Me preguntan un par de amigos la opinión sobre la designación. No tengo. No la conozco, no la sigo ni está en mi radar. Me cuesta trabajo formular un juicio, por eso me abstengo. Tampoco esperaba un nombramiento distinto, quiero decir, alguien distante del círculo de los incondicionales absolutos.

Ser mujer y maestra, per se, no son méritos para aplaudirle a nadie. No es el género y la profesión lo que nos hace aptos para un puesto. Preferiré esperar a sus declaraciones y hechos, a los cambios en la SEP y a las prioridades que vaya expresando en las próximas semanas. La tarea no es sencilla, así que pronto veremos si jugará en serio o la suya será una oficialía de partes.

Ojalá, lo digo con franqueza, tengamos una buena secretaria. Ojalá.

Paisajes de azúcar

Para diciembre mi agenda marcaba cuatro grandes compromisos de escritura. Hoy cumplí el tercero y enfilo hacia el último, primero en concepción, porque me lo propuse desde comienzos de 2019: el libro que reúne la investigación realizada en seis escuelas de Colima; tres en Cuauhtémoc, dos en Comala y una en Coquimatlán. En principio tenía un número mayor, pero en marzo debí posponerlo y poco después cerrarlo ante la imposibilidad de seguir el trabajo de campo. A ese cometido dedicaré la mayor parte de mis horas en los siguientes días.

Hoy entregué el prólogo que me solicitaron hace un mes y medio para un libro muy especial. Una experiencia emotiva y única. Este es el tercer o cuarto prólogo que me piden y como en cada ocasión, dediqué el mejor esfuerzo para que mis palabras estén a la altura de la confianza y del texto prologado.

El libro que ahora comento está escrito en español y traducido al náhuatl. No doy más datos, para que sea una sorpresa muy agradable.

Estoy seguro que, cuando salga, será bien recibido por la hechura y la profunda sencillez de sus palabras poéticas, producto de un trabajo extraordinario hecho por los autores con niñas y niños jornaleros agrícolas migrantes que llegaron a Colima para laborar en las zafras del azúcar.

Casi siempre las invitaciones honran, pero hay unas que, además, me hacen volver la cara para agradecer el privilegio. Este es el caso.

Tengo COVID-19

Hoy recibí un correo por email. Más que correo, era una carta. La abrí con gusto, porque el remitente es buen amigo. La semana pasado tomamos un café juntos; él uno, yo otro, por supuesto. Me resistía a encontrarlo en persona, pero me lo pidió con insistencia. Apelando a la amistad, le conté que no quería salir, que prefería resolver nuestro asunto por teléfono. Que no quiero salir y prefiero cuidarme, que el coronavirus no es un invento, o si lo es, que prefiero no averiguarlo en carne propia, o que firmen un acta de defunción con mi nombre. Insistió; con pena, acepté. Estuvimos un par de horas, a la distancia que nos permitía la mesita de la plaza. Bebimos un café, luego otro; pedí también agua mineral. Desgranamos recuerdos, conversamos gozosos. Nos despedimos. Prometimos encontrarnos pronto.

Hoy recibí su correo, ya lo dije. No tengo la palabra precisa para definir mis sentimientos. Me cuenta que ayer, después de algunos malestares, se hizo una prueba para descartar COVID-19. Así lo dijo. Se había cuidado; me enfatizó. Y sus amigos y contactos con quienes se reunió, le confesaron que estuvieron todo el tiempo con precauciones. Cuando leí ese pasaje advertí lo que venía. La vena en mi sien izquierda se encendió; abrí los ojos y corrí más aprisa por entre las palabras.

Tengo COVID-19. Dijo eso y sentí un latigazo brutal en la espalda. Luego ya no, el latigazo cayó sobre mi cabeza, bajó al estómago y salió por mis piernas dejándolas heladas. Tengo COVID-19. Releí. Era cierto. Cerré los ojos y lo maldije. La puta madre… paré.

Volví a la lectura. Estoy en cuarentena, siguió. Perdóname. Perdóname totalmente. No sabía. Yo creí que estaba bien y creí que mis amigos también. Todos se estaban cuidando. Dijeron. Todos se están cuidando. Pero algo pasó, me dijo. Yo volví a las palabras altisonantes. Por favor, suplicó, hazte la prueba y que Dios te bendiga. Lo estoy pasando muy mal y ya me buscan espacio en un hospital…

No quise leer más. Cerré la computadora. Un frío me corrió por la espalda. Quise pensar que soñaba y despertaría al abrir los ojos. Quise llorar para espantar la imagen que me venía. Quise pero no pude; un temblor me rompió equilibrios.

No, por suerte, la carta no es real. Pero pudo ser. Podría ser. La escribí esperando que alguien después de leerla se abstenga de la pinche necesidad de salir de casa nomás porque está enfadado o ya se cansó. Ojalá nadie reciba un mensaje así. Ojalá.