FÚTBOL EN CUARENTENA

Mentiría si digo que extraño el fútbol en tiempos de cuarentena. Tampoco digo toda la verdad. Soy hincha futbolero, pero no adicto a los partidos en la tele: me cansan, me aburren o duermen. Veo pocos partidos, casi siempre del Barcelona. Mi promedio de televisión no llega a las cuatro horas por fin de semana, aunque puede haber excepciones cuando se atraviesan partidos apetecibles.

En estos días, en las horas que destiné para el descanso del trabajo en casa, vi dos partidos incompletos. El primero, un Sevilla-Barcelona, pasado por lluvia en el estadio de los sevillanos, con una remontada fantástica de Leo Messi. Ayer, otra vez por azar, un partidazo entre el Real Madrid de los galácticos, aquel de Zidane, Figo, Beckham, Roberto Carlos e Iker Casillas, contra un Barça repleto de holandeses, desde el director técnico, pero con la increíble magia de Ronaldhino, ahora pasando un momento ingrato en cárceles paraguayas, acompañado por un puñado de jóvenes formados en su prestigiada escuela.

No recuerdo el marcador del primer partido, pero ganó el Barça, por supuesto; en el segundo, la voltereta fue espectacular, de la mano del astro brasileño y un pase de oro para el segundo gol.

Me ahorro detalles que podría contarles, pero ser intrascendentes para la mayor parte de mis lectores habituales. Lo que en realidad me hizo escribir esta página cotidiana es confesar las emociones que sentí al ver a algunos futbolistas este domingo. Dos en especial me trajeron recuerdos gratos: Carles Puyol, hoy festejando 42 años, y Xavi Hernández, uno de los jugadores que, sin anotar goles, sin ser el más alto, fuerte o veloz, fue un símbolo del mejor equipo que vi en la vida.

Ah, el fútbol no es lo más importante en mi vida, ni en cuarentena, pero de vez cuando, sus caricias me reconfortan como si lo fueran.

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