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La educación no es una buena noticia

Varias notas de temas educativos ocupan mi mesa de trabajo en los últimos días. La mayoría consigna malas noticias, hechos que algunos festejan, que exhiben carencias o incompetencias. El panorama parece sombrío. Repaso en resumen.

Un par de informes recientes de la OCDE, el llamado nuevo gurú de la educación, coloca a nuestro sistema escolar, especialmente a los maestros, sendos golpes mediáticos. Por un lado, dice el organismo multinacional que los profesores mexicanos están mal preparados –según ellos mismos, refiere- y son campeones en ausentismo. Las cifras son escalofriantes: dos tercios de los maestros de educación básica tienen problemas de asistencia a sus centros escolares, medido con dos indicadores: ausentismo y retardos.

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De “Viaje a Portugal”

De “Viaje a Portugal”

José Saramago ocupa un sitio relevante en mi biblioteca personal, si cabe llamar así a una colección de libros acumulados por quien escribe, sin más criterio que el gusto. De nadie tengo más libros. Todos he leído ya, algunos más de una vez. Hasta hace poco sólo uno estaba pendiente, por alguna extraña razón que todavía no comprendo: “Viaje a Portugal”, el relato íntimo y minucioso por su país. En casa reposaba años atrás, pero siempre se mantuvo en lugar secundario en a lista de lecturas. Otra misteriosa razón me llevó a colocarlo en la mesa de noche en las últimas vacaciones. Allí aguardó algunas semanas hasta que llegó su turno. Quedaron, como testimonio, algunas esquinas doblada y dos o tres tuits.

Una mañana, la misma en que escribo estas líneas muy temprano, con la compañía de pájaros cantando a lo lejos, me descubrí divagando, soñando despierto, imaginando y describiendo mi propio viaje a México, un periplo que iniciaría y terminaría donde empezó y ha de terminar la historia, en el lugar donde nací. Como el escritor luso, saldría con lo indispensable apenas, una colección de cuadernos, una pluma fuente y suficientes cartuchos de tinta.

El viajero y el viaje estaban listos ya. Empezó esa mañana, domingo tal vez. No pude ir muy lejos. Apenas el propio y otro estado pude atravesar. El domingo siguiente estaba de nuevo en casa, en el mismo lugar donde escribí estas notas, escuchando tal vez los mismos pájaros y ladridos, u otros perros y cantos, lo mismo da. Había olvidado, y recordé al instante, que las carreteras y caminos ya tienen dueño, y que la seguridad aconseja viajar solo en alas de la imaginación, o en el más afortunado de los bolsillos, en avión y a sitios resguardados. Como no es el caso, decidí poner punto final a este viaje efímero por un México secuestrado y después, con pesar, cerré el cuaderno.

¿Festejamos o lamentamos?

El 8 de septiembre es el día mundial de la alfabetización. En México el rezago en la materia no ofrece demasiadas razones para el júbilo: entre 2001 y 2010 el avance es pobre. En el Programa educativo de Vicente Fox el analfabetismo en personas de 15 años y más era de 5.9 millones, actualmente se estima en 5.4 millones. Parece broma, pero en una década solo se redujo en 500 mil personas las que, oficialmente, alcanzaron el dominio elemental de la lectoescritura. A ese ritmo el país caminará la mitad del siglo con muchos ciudadanos excluidos de un derecho humano y constitucional.

El déficit internacional no es tampoco razón para festejos. El analfabetismo se calcula en 796 millones de personas adultas, de las cuales dos terceras partes son mujeres. Si el analfabetismo es, como decía Paulo Freire, expresión de una sociedadinjusta, con las mujeres la repercusión es mayúscula: una mujer en el analfabetismo está condenada a permanecer en un circuito marginal y con altas probabilidades de hacer lo propio con sus descendientes.

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La batalla crucial

La noticia sobre la captura de los asesinos de Andrea Rodríguez es esperanzadora. Es una buena noticia dentro de una tragedia conmovedora. El anuncio de las autoridades nos deja, por lo menos a mí, la sensación de que la justicia sigue siendo posible. Quedan, sin embargo, lecciones por aprender, a las familias, a las escuelas, a los políticos y gobernantes, a los medios.

La violencia y la inseguridad que vivimos en el país no es un hecho fortuito o producto de la mala suerte. Es consecuencia de decisiones equivocadas, por omisión o ignorancia. Salir de este laberinto es responsabilidad de todos, aunque unos son más responsables por su cargo.

La gran tarea que tenemos por delante no se dirimirá con el ejército y las policías batiéndose frente a los delincuentes. Esa es la parte violenta; necesaria ahora, pero no puede ser permanente. La batalla por la construcción de una ciudadanía educada es la definitiva, esa sí, vitalicia. Ciudadanía educada que significaría no sólo acceso a la escuela sino a los derechos que a todas y a todos corresponden: empleo, salud, seguridad social.

La paz, dicen sus promotores más conspicuos, debe construirse en las mentes y en los corazones de cada ciudadano, de cada mujer y cada hombre, de todos los niños. Por eso la Unesco promovió hace años un informe llamado “La educación encierra un tesoro”. Allí se afirma que la educación del siglo 21 debe sustentarse en cuatro pilares: aprender a aprender, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a convivir. Estos últimos, normalmente ausentes en las escuelas. Es urgente que hoy aprendamos a ser y a convivir con otros, con los diferentes.

Si ese desafío no lo encaramos y resolvemos en forma adecuada, no habrá arsenales ni dólares suficientes para pacificar al país y enderezarlo a un estado de prosperidad y justicia. Ese será nuestro legado. Ojalá el futuro nos juzgue con benevolencia porque actuamos a tiempo y acertamos.

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Minutos de silencio

A cada muerte le corresponde su dolor. Hay muertes, también, que lo trascienden, que conmocionan a toda la sociedad o una parte de ella, por su crudeza, por la perversidad que las produjo, por la edad de las víctimas, por el clima social. Son muertes que duelen más allá del entorno familiar, que se cuelan en los sentimientos y dejan una estela de pesar e indignación en otros hogares. No hay fallecimientos útiles, pero sus dolores, los de esas pérdidas, abren paso a una nueva comprensión de la realidad, al descubrimiento de facetas ignoradas, a la constatación de algo que se negaba, como el automovilista sube los vidrios para no escuchar el ruido que augura problemas automotores, o el gobernante la prensa, excepto la que canta palabras dulces en su oído.

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