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El analfabetismo juvenil

Con datos del Censo de Población y Vivienda 2010, el secretario de Educación Pública afirmó que en México sólo el 1.9 por ciento de los jóvenes entre 15 y 29 años son analfabetos.

Junto a otros indicadores, lo presentó como avance en el combate al rezago educativo, esto es, la población que sabe leer, escribir y concluyó su educación secundaria.

Traducido el porcentaje a personas, 1.9 por ciento son 564 mil jóvenes analfabetos, con escasas diferencias entre hombres y mujeres. Parece un avance, como dice el secretario Lujambio, pero dicha cantidad se acerca a los habitantes del Estado menos poblado del país (Baja California Sur).

Así analizada, la cifra no es tan insignificante. Más de medio millón de mexicanos entre su segunda y tercera décadas de vida ya han sido excluidos de cualquier posibilidad de una vida decorosa por medios lícitos. ¡Y sus hijos enfrentarán una condición aún más crítica!

Menos alentador es todavía el panorama cuando sabemos que sólo el 40 por ciento de los jóvenes entre 15 y 24 años asisten a la escuela. Buena parte del resto alimentan el numeroso contingente de quienes no estudian ni trabajan.

De nuevo surgen las preguntas por un tema que ya el rector de la UNAM había colocado en el primer plano. ¿México está aprovechando el llamado bono demográfico? ¿Hay políticas efectivas de inclusión social y de igualdad de oportunidades? ¿Ese medio millón de jóvenes tienen derecho a ser educados?, ¿deben ser educados?

Se dice que vivimos en la sociedad del conocimiento. Bonito discurso, pero imposible para millones en el mundo y México. Lo cierto es que en el siglo XXI hay señales inequívocas de que una franja de la población vive y vivirá como hace cien años. Colima podría ser un caso excepcional.

Fuente: Ángel Guardián

El país de los misterios

No tengo por costumbre escribir sobre libros sino hasta que terminé su lectura, pero esta vez faltaré al hábito aunque me falten varios capítulos. No puedo ni quiero esperar hasta la última página. Lo disfrutado ya es suficiente para compartirlo.

La obra que comento es excepcional, como su autor. Se llaman “Entre siglos. La educación superior en México. Tomo II” (México, Santillana, 2009) y Manuel Gil Antón. El autor fue profesor en la Universidad Autónoma Metropolitana y ahora trabaja en el Colegio de México. “Entre siglos…” son dos tomos que reúnen los artículos escritos en poco más de una década en una columna que llevó por título “El Peón de Marfil”, en el periódico “La Crónica de hoy”. El primero aborda temas generales de educación, el segundo a la enseñanza superior.

Son textos breves, profundos en contenido y magistrales en forma. Escritos para el periódico, para ser leídos sin un conocimiento sesudo de los temas. El ángulo desde el cual mira Gil Antón es inquisitivo y singular, la claridad y precisión contundentes. Se puede leer en la mesa de trabajo o en la cama, se pueden estudiar o nada más disfrutar.

Como no quiero caer en elogios excesivos extraje varios párrafos de distintos apartados y páginas tal como se leen, para presentarlos como si fueran un texto unido; la segunda mitad de mi colaboración la escribirá cada uno, cada una, si así lo desea. Con ustedes, Manuel Gil Antón, El Peón de Marfil.

“Tengo entendido que, en empresas reacias a pagar correctamente sus impuestos, existe más de un libro de contabilidad: el real –siempre oculto- y aquel que le muestran a la Secretaría de Hacienda. Algo semejante ocurre en las instituciones de educación superior. Cuando un investigador requiere datos para su trabajo, llega a la sección correspondiente y pregunta: ‘¿cuántos profesores tienen? ¿Qué grados han obtenido, cuál es su edad y antigüedad en el oficio?’. Suele suceder que a uno le proporcionan números que no coinciden con los reportados en los anuarios de la ANUIES… En consecuencia, es preciso reconstruir los datos plantel por plantel y, al final, se obtiene otra cifra distinta… ¿Quiere los números reales? ¿Los que mandamos a ANUIES? ¿Los que van a la SEP? ¿Los que conoce Hacienda o los destinados al informe del rector?”

“¿Cuántas entidades integran el sistema de educación superior? En unas fuentes se habla de instituciones, en otras de unidades académicas; algunas toman como unidad de registro a las DES –dependencias de educación superior- y no falta la oficina gubernamental que contabiliza escuelas, sin que resulte claro a qué se refiere. Parece baladí el asunto, aunque no lo es: impide determinar la distribución, diversidad y cantidad de espacios en los estudios superiores.”

“¿Cuántos estudiantes hay, entendiendo por ello a quienes, en efecto, están realizando estudios en un momento dado? Una cosa es referirse a todos los inscritos en alguna institución –incluyendo a aquellos que han causado baja pero no de manera formal-, y otra saber, con precisión relativa, la cantidad de muchachos que asisten regularmente a clases.”

“¿Cuántos profesores laboran en el sistema? Es añeja la confusión entre puestos de trabajo y personas: la ‘plantilla’ de plazas no siempre está ocupada y, con frecuencia, un individuo tiene varios contratos de tiempo parcial.”

“¿Qué significa el burdo manejo de las cifras? Establecer una meta es necesario pero, en un sistema democrático, que incluye la rendición de cuentas y la transparencia, no se deben alterar los indicadores con tal de pretender que se ha cumplido o que se está ‘a un tris’ de lograrla… De este modo, al informar, estaríamos en condiciones de comprender los obstáculos que toda proyección humana debe enfrentar y de valorar los cuellos de botella que frenaron el flujo que se preveía factible. Entonces, como ciudadanos, analizaríamos la explicación que acompaña a las cifras y, ponderando los inconvenientes, podríamos aspirar a cumplir el objetivo de ampliar la cobertura en realidad y no sólo en el papel.”

“Hay un supuesto erróneo por parte de las autoridades. Viene de lejos, no es privativo de la administración foxista: su prestigio consiste en hacer que lo previsto –por ellos- se cumpla a rajatabla o se le aproxime lo más posible, so pena de ser mal evaluados. Y este supuesto descansa en otro, más hondo: todo depende de ellos. No hay imponderables en la acción humana ni otras esferas de la vida social que lo alteren, incluyendo la responsabilidad de otros actores, los errores normales en las expectativas, nuestras opciones políticas o el nivel de participación social en el asunto. Todo se juega ‘allá arriba’. Ergo, a ver cómo maquillamos las cifras para que luzcan mejor, conforme a lo planeado.” twitter@soyyanez

Fuente: Periódico El Comentario

Ser autor, luego existo

En un libro de Javier Marías sobre fútbol, al que sólo objeto su soberbia madridista, el autor nos recuerda que en la antigüedad los creadores con frecuencia no firmaban sus obras: “Las catedrales románicas y góticas no suelen ser de ningún arquitecto concreto, no sólo porque se construyeron a lo largo de decenios o centurias y bajo la dirección de diferentes maestros, sino sobre todo porque se consideraban un proyecto común y compartido, en el que lo menos importante era lo que hoy entendemos por autoría”.

Dicha práctica, por supuesto, originó problemas con la autoría y a veces se confunde o ignora quién fue el talentoso que los creo.

Hoy el mundo universitario se erige en las antípodas de aquella práctica. Se escribe su nombre a cada espacio por donde se pasa, para la “certificación de la calidad”, como una exigencia burocrática, para ganar puntos en un programa de productividad, previa demostración de que allí estuvimos, fuimos invitados, hablamos, escribimos o participamos.

El afán credencialista de la vida universitaria mexicana –no sé si en otros lugares del mundo se sofisticaron más tales mecanismos- introduce, como ya es natural, prácticas perversas documentadas con cierta profusión. Sólo un ejemplo: nos reunimos cuatro, cada uno escribe un “paper” y al final, todos tenemos cuatro publicaciones. Sin ensuciarnos las manos y sin esfuerzos excesivos multiplicamos nuestra productividad. La honestidad intelectual es punto y aparte, o mejor dicho, es capítulo cerrado.

Cuán extendida está la práctica que comento no lo sé, pero no es invisible y muchos autores ya dieron cuenta de ello con sentido crítico. Que hoy se produce más que nunca no hay duda. Que hoy tenemos más doctores que nunca es inobjetable. Pero no sé si todo eso, que no es poco, nos hizo mejores académicos, mejores profesores, más íntegros y más cultos. ¿O no se trataba de eso? @soyyanez

Fuente: Periódico El Comentario

Analfabetismo e injusticia social

La Unesco recordó recientemente que en el mundo uno de cada cinco adultos no está alfabetizado, de ellos dos terceras partes son mujeres, mientras que 67.4 millones de niños no están escolarizados.

Decía el pedagogo brasileño Paulo Freire que el analfabetismo no es una hierba dañina sino expresión de una sociedad injusta.

El siglo veinte mexicano fue testigo de un extraordinario esfuerzo en la materia. En cien años pasamos de un analfabetismo en el 90 por ciento de la población, al 7 por ciento; sin embargo, ese porcentaje equivale a seis millones de mexicanos adultos que no saben leer ni escribir, que nunca pisaron un aula o fueron expulsados temprano.

Si la cifra es alta, lo más dramático es que una década atrás eran también seis millones. Discutir el rezago educativo y el analfabetismo es obligado, ahora que se analizará en el Senado de la república la obligatoriedad del bachillerato.

Los números son rojos. En pleno siglo XXI, en la llamada era del conocimiento, el sistema educativo nacional tiene 34 millones de estudiantes, y 33 millones de mexicanos mayores de 15 años no concluyeron la secundaria, a pesar de tratarse de un derecho constitucional.

Al paso que vamos, la solución podría consumirnos buena parte del siglo XXI. Sin educación, no hay que olvidarlo nunca, no existe sociedad democrática. Y una sociedad con ciudadanos educados no garantiza la democracia, pero sin ellos es imposible.

Fuente: Ángel Guardián

Puntos neurálgicos

No bien amaina una tempestad ya se ciernen nuevas sobre la educación pública mexicana. Una vez son los resultados de los profesores en el concurso de plazas, casi siempre los estudiantes en las pruebas estandarizadas a que tan afectos son los gobiernos de las últimas dos décadas, a veces aparecen otras circunstancias coyunturales, como la deducibilidad de las colegiaturas. Otros motivos aparecen y desaparecen cíclicamente, como el presupuesto para educación o los “rechazados” de las universidades públicas.

La educación pública es, casi siempre, una mala noticia. Y no faltan razón a los críticos cuando diagnostican los síntomas, aunque en las causas sus juicios no son tan lúcidos. Y si los buenos diagnósticos no garantizan la resolución de los males, malos diagnósticos se alejan de los problemas. Por eso la relevancia de hurgar y no quedarse en la superficie.

Mientras escribo estas líneas una idea leída en las horas previas me bulle. Alude al caso español pero, con leves matices, aplica al nuestro. La escribe Jurjo Torres y dice: “no deja de resultar significativo que la persona que se dedica a cuidar la salud de un gato o un perro se vea obligada a cursar una carrera universitaria de 5 años de duración, la licenciatura de veterinaria, mientras que quienes tienen encomendado la educación de la infancia hasta los 12 años precisen sólo de una diplomatura.”

En México, como se sabe, para ser profesor de preescolar y primaria se requiere una licenciatura cursada en escuelas normales, aunque los casos de profesionistas que ejercen en esos niveles educativos sin dicho título no son raros, sobre todo en planteles privados. Que suceda tendrá ventajas y desventajas, pero eso no es tema ahora.

En educación secundaria la exigencia de un título de profesor se reblandece y en media superior no existe. Sólo recientemente, en el marco de la Reforma Integral para la Educación Media Superior (RIEMS), se ofrece una preparación formal para adquirir elementos conceptuales y metodológicos que contribuyan a los objetivos de la RIEMS. No tengo elementos para juzgar si las primeras generaciones que egresaron ya tienen dicha formación, pero no está siquiera cercana a los niveles de rigor que se plantean en otros países, para los cuales la docencia se convierte en una segunda profesión y, por tanto, demanda una formación especializada en programas sistemáticos de posgrado o de otro tipo.

Es difícil afirmar cuáles son las claves para la transformación de un sistema educativo. Depende de los contextos, las tradiciones, los proyectos, la inversión, las estrategias, el manejo político, pero está claro que no hay posibilidad alguna de éxito en un cambio educativo si no está acompañado por el profesorado.

Siguiendo a Jurjo Torres podríamos afirmar que cuando en México la enseñanza media superior demande una preparación como la que se exige a los médicos veterinarios (ya no digamos a los especialistas de la medicina humana), entonces habremos dado pasos en serio hacia una reforma profunda, con intenciones de mejorar causas y no sólo elevar indicadores. twitter@soyyanez

Fuente: Periódico El Comentario