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Primera página: Confesión inicial

Un hombre no es lo que escribe. Tampoco es sólo lo que hace: de errores está llena la existencia, porque la falibilidad es un rostro de la condición humana. Un hombre, una mujer son la azarosa conjunción de eso, lo que escribe y hace, como de lo que no escribe y no hace –por razones ajenas o voluntarias-, y de lo que sueña y lucha por conseguir, aunque no lo obtenga y erre una vez tras otra.

Dicho lo anterior, es decir, confesado el valor relativo y hasta nimio de escribir, salvo que el nombre sea, digamos, Julio Verne, Dante, Octavio Paz, Walt Whitman o José Saramago, alguna utilidad le encontraremos a cada uno de esos actos íntimos en que el hombre toma una hoja en blanco, un cuaderno, un teclado y empieza el tejido de palabras.

Para quien escribe, la utilidad ha sido la misma a lo largo de varios años, con mayor intensidad y paciencia ahora. Siempre y, afortunadamente, compartida con otros muchos colegas o admirados pensantes: sentar testimonio de hechos e interpretarlos, expresar preguntas para debates, afirmar convicciones, confesar esperanzas. No como quien tira una botella al mar con el mensaje desesperado, sino con la terrenal ilusión de servir como pretexto para un diálogo, como puente cuando proceda y, con mucha pretensión, como aliciente.

El hombre no es lo que escribe. Juzgarlo sólo en función de ello es inexacto, incluso peligroso. Tampoco vale sólo por lo que hace, como ya quedó dicho. La vida humana, falible si falibilidad queremos exhibir, está repleta de desaciertos, suficientes para escribir muchos tomos con su historia a lo largo de la historia global.

Un hombre, una mujer no son lo que escriben, pero lo escrito exhibe rasgos, lo expone, lo muestra. En su escritura se resbalan preguntas, convicciones, indignaciones, esperanzas.

Esa es la intención que alienta la página, en especial el “Cuaderno” que hoy abro y comparto.

Bienvenidas, bienvenidos.

Tristes paradojas

En 1997 se publicó un examen realizado a la educación superior mexicana por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). En el libro los cuatro examinadores confiesan su perplejidad por un hecho que sigue resultando paradójico: que en México una persona, luego de doce años de estudio y terminar su bachillerato, no tiene ninguna posibilidad de insertarse en un empleo gracias al contenido de su escolaridad, cuando el país tenía un promedio apenas superior a la primaria.

Parece que a nuestro sistema educativo lo acompañan múltiples paradojas. Ahora una más: mientras cada año miles de jóvenes buscan un lugar en las instituciones de educación media superior, y muchos de esos miles no logran ingresar a la escuela deseada, otros miles son expulsados.

La semana anterior el secretario de Educación, Alonso Lujambio, informó que cada año 600 mil estudiantes de bachillerato abandonan el sistema educativo y, probablemente, nunca regresarán a la escuela e ingresarán a circuitos formales e informales de trabajo, cuando no al desempleo. Leer más…

Los rechazados y la obligatoriedad del bachillerato

Las cifras sobre los rechazados de las instituciones educativas acarrean un alud de cuestionamientos sobre los presuntos responsables, y las medidas que debieron tomarse para evitar la exclusión. Regresa entonces, cíclicamente, un debate que siendo urgente, así colocado en la agenda, poco aporta en la construcción de políticas públicas y estrategias efectivas.

Este año es inevitable recordar la iniciativa que se presentó para establecer la obligatoriedad del llamado bachillerato y que parece acercarse a un esperable e indeseable final. Las observaciones sobre insuficiencias técnicas son un argumento menor, frente a las condiciones financieras y de infraestructura que requeriría su aprobación, de una cuantía que sólo podría solventarse con una determinación histórica que no hemos conocido en décadas recientes.

Desaprobar la medida es una decisión inminente. Como dicen que reconoce el Senado, no se discute la pertinencia de una reforma de ese tamaño, pero las condiciones, a juzgar por las tendencias, no son los más amigables para emprender una cruzada a favor de hacer vigente el derecho a la educación media superior y superior. La iniciativa era, es positiva, sin duda. Un paso adelante en el camino hacia la incorporación constitucional de un derecho humano universal es el comienzo de la reparación de un rezago, pero de la iniciativa a su factibilidad hay una distancia con tintes de insalvable.

La idea de hacer obligatorio el bachillerato no es nueva. En el año 2000 el Estado de Jalisco la contempló como tal en su constitución; allí se dicta que la educación media superior es obligatoria y gratuita. Después, una iniciativa con ese propósito fue presentada, discutida y desechada en el Congreso de la Unión. Leer más…

Escándalos y promesas

Hace algunos años Juan Fidel Zorrilla, entonces asesor de la Secretaría de Educación Pública, nos decía a los integrantes de una red que aglutinaba a los bachilleratos de las universidades públicas mexicanas, que la deserción en educación media superior alcanzaba la cifra de 500 mil jóvenes cada ciclo escolar. En aquel momento la matrícula en ese tipo educativo rondaba los tres millones, es decir, que una sexta parte de la población escolar se desgranaba al año para, probablemente, nunca regresar a la escuela e ingresar a circuitos formales e informales del empleo, cuando no al franco desempleo.

Días atrás, durante la presentación de un programa (“Síguele, caminemos juntos”) para prevenir ese fenómeno de terribles implicaciones sociales y personales, el secretario de Educación, Alonso Lujambio, y el subsecretario de Educación Media Superior, Miguel Ángel Martínez, informaron que son 600 mil los jóvenes que cada año son expulsados de las escuelas de ese nivel educativo.

Si entonces la cifra era escandalosa, cuando el país tenía la promesa política de un cambio de raíz, hoy lo es mucho más, porque presumiblemente las condiciones han mejorado y se apunta a resolver rezagos atávicos en el bachillerato, primero con las reformas en el sexenio de Vicente Fox, y ahora con la reforma integral en marcha. Leer más…

De lectores y periódicos

La lectura de diarios no figura entre las costumbres más placenteras de las mexicanas y mexicanos. Eso es evidente en el tiraje de los rotativos de circulación nacional o estatal, antes y después de que se consultaran en internet. Por razones que no viene al caso comentar ahora, y de las cuales tengo poca certidumbre, al compatriota –en términos generales- parece agradarle más la idea de enterarse de la vida, obra, desgracias e infidelidades de los “famosos”, antes que de los acontecimientos en el mundo, el país o el estado. Respetables son las opciones y decisiones de cada quien y no pretendo siquiera ponerlas en cuestión, aunque creo que vivir así, prendidos del chisme y el escándalo, no es la forma más coherente de enseñar a los jóvenes y niños cómo protagonizar una ciudadanía responsable.

Otro considerable número de mexicanos decidió abiertamente no leer periódicos ni escuchar noticieros, pues las malas noticias abundan y es preferible huirles. Como si sólo con eso el mundo se convirtiera en una copia del bosque de los cien acres del osito Pooh. La declaración de Vicente Fox acerca de por qué no leía noticias, lo convierte en líder vitalicio de este contingente. Pero como dije arriba: es admisible su postura.
Supongo que habrá varias razones para explicar porqué los mexicanos leemos el periódico menos que en otras naciones, pero hay una que sí me parece digna de señalar: la mala calidad de algunos de nuestros medios impresos, lo aburrido de leer a reporteros que sólo piensan en cumplir la cuota cotidiana y no en informarnos o compartirnos un punto de vista, con una mínima dosis de pasión por su oficio.

El esquema reiterativo que usan muchos periódicos hace que las noticias no sean atractivas en la forma. En Colima, la cantidad de erratas que aparecen en algunos medios es injustificable, y visualmente una ofensa a quien paga por un medio descuidado. Cierto, los gazapos son parte del quehacer periodístico, pero la frecuencia y tamaño exhiben a quienes los cometen y a quienes tienen la obligación de enmendarlos.

Por otro lado, la originalidad tampoco abunda en la noticia: luego de una rueda de prensa las notas suelen ser las mismas, en una confesión de flojera desagradable para los lectores de más de un periódico. En síntesis, tenemos pocos lectores, menos de los que sería deseable, o menos de los que están enterados de los resultados deportivos o los chismes de los artistas y, a esos pocos, ciertos diarios les propinan ediciones inaceptables.

No cabe duda que la presencia de los medios los ha vuelto un ojo acechante de enorme poderío frente al gobierno y la sociedad civil, pero me queda la duda si la calidad de algunos medios está a la altura de dicha relevancia. Twitter@soyyanez

Fuente: Periódico El Comentario