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Día del libro

23 de abril, Día Internacional del Libro. Del libro y del derecho de autor, agregan algunos medios. Extraños y hasta peligrosos como suelen ser algunos de esos artefactos (recuérdese “¡Indígnate!”, de Sthépane Hessel, de profunda influencia en el movimiento europeo que de allí tomó su nombre), no gozan de la popularidad del día de la amistad, el compadre o la comadre, el maestro y, ya no se diga, del niño o de la madre. En la fecha se suele escribir mucho y recordar las cifras sobre nuestro promedio de lectura. Como vivimos en un país singular, donde no se necesita leer libros para llegar al sitio más alto de lo que sea, nos toca el infortunio de que leemos poco, que nuestros promedios son raquíticos y nos avergüenzan o que, como en todas las cosas de la educación, la culpa es de la alguna vez profesora Gordillo.

En mi caso, no creo en los promedios. Si en este país nuestro hay cerca de seis millones de analfabetos (poco más de cinco, dirán las cifras oficiales), ellos no leyeron un solo libro en el año o en su vida, mientras otros seis millones o más disfrutaron los que les tocaban en aquel reparto ficticio. Tengo varios amigos que pueden leer 15 o 20 libros en una semana. Cada uno, entonces, lee en una semana los que debieran leer otras cuatro o siete personas en un año. Los promedios en lectura esconden una injusta distribución del derecho a disfrutarla.

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El reto del sistema educativo

Los retos del sistema educativo mexicano se resumen en uno: educar con calidad a todos. Pero no entendida la calidad como la satisfacción del cliente, ni como el acatamiento a normas técnicas o burocráticas. Tampoco, como es usual, con base en resultados alcanzados por los estudiantes en exámenes nacionales o internacionales. Porque la educación no es una empresa y porque su objetivo es la formación de ciudadanos, no su entrenamiento para los exámenes de opción múltiple.

Calidad, entonces, definida a partir de cinco atributos, comunes entre los expertos en el tema. Primero, con equidad: no hay educación de calidad en un sistema escolar si acceder a el y culminarlo es privilegio de algunos, normalmente aquellos ubicadas en los estratos medios y altos.

A la equidad su suma la eficiencia y la eficacia, para optimizar recursos y cumplir objetivos, para encontrar medios adecuados a los fines.

Pertinencia y relevancia son rasgos más de una educación con calidad, para atender necesidades sociales, preparar ciudadanos capaces de enfrentar la problemática social y propiciar todos los cambios posibles, en particular, el de cada persona: quizá la más trascendente de todas las funciones de la educación.

Educación de calidad así es imperativo ineludible. No es una disyuntiva. Es el único camino para la escuela. Menos de eso es inadmisible; es, debe ser una de las exigencias primordiales de la ciudadanía a sus candidatos y gobernantes.

En el mar de campañas iniciadas y las que están por llegar es un tema central: ¿escucharemos los mismos discursos y consignas, o encontraremos posturas frescas y esperanzadoras?

¿Será esta la ocasión de dar vuelta a la página de la historia o repetiremos los desaciertos del presente y del pasado?

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Inolvidables primeras veces

1

Me pregunto dónde y cómo vamos perdiendo la curiosidad. ¿La perdemos o solo se esconde por allí, entre algunas de nuestras capas y etapas? Dicen que los bebés y los niños son capaces de reírse cientos de veces por día, mientras los adultos ya somos incapaces. Y al extraviarlas vamos congelando gestos y engrosando las venas por donde transita nuestra vitalidad.

 

2

Hay primeras veces que no olvidamos jamás. Cada uno sabe cuáles, en qué ámbitos y elabora su jerarquía. O no, o nada. De poca memoria y no grandiosa sensibilidad, he sido consciente de la primera caminata entre mi hijo y yo. Solo el acontecimiento me resultó estimulante, además de inédito, como queda claro. Fue hace unos días cuando tuvimos la oportunidad de caminar no sé cuánta distancia. Tal vez dos kilómetros, a la orilla de la playa, escabulléndonos de las olas. Allí íbamos, un padre y un hijo tomados de sus manos. El infante, con enorme determinación, indicando a dónde debíamos llegar. El padre miraba el punto de arranque y calculaba que si cumplíamos la meta, heroica a todas luces, tardaríamos un par de horas y con final impronosticable. Emprender la larga caminata, larga, dicho sea, por la estatura del menor y por nunca recorrida, fue un acontecimiento único, pero más inolvidable que lo hiciéramos en animada conversación –si dicho término puede aplicarse-, solo interrumpida por el nene cuando sus emociones lo asaltaban y volteaba para contarme sus descubrimientos. El motivo de casi todos sus sorprendidos gestos eran los hoyos en la arena, o un pedazo de cualquier basura. Cuando sucedía, me soltaba decidido, se inclinaba y lo miraba, hurgando, buscando descifrarlo o cómo taparlo. Una curiosidad inusitada para un adulto: un niño que una y otra vez, diez o quince veces se agacha sobre sus pies y aprecia sorprendido un nuevo hoyo, en nada distinto –a los ojos del adulto- a los 5, 7 o 9 anteriores. A mí me sorprendía su sorpresa, más que el hoyo, y sus enormes ojos abiertos que miraban los míos para confiarme su hallazgo. Mira papá, un hoyo, decía. Supongo que un adulto normal, normalmente desprovisto del sentido de la curiosidad ni vería los hoyos a su paso, ni siquiera por dónde sus pasos andan. Y entonces se perdería de lo que podría encontrar, o se perdería, nada más.

Dónde se extravió la curiosidad, esa virtud que los adultos dejamos como una de las primeras pieles, que hace a un niño descubrir en la playa un cacharro inservible o una caracola bellísima. Dónde. No lo sé, en todo caso, al extraviarla nos despojamos de la posibilidad de un maravilloso descubrimiento cotidiano acechándonos a cada nuevo paso. Así en la playa, en la primera caminata con tu hijo, como en la vida misma, solo durante el resto de la vida.

 

3

Cuando finalizaba estas líneas unos versos de Juan Gelmán me esperaban en «Violín y otras cuestiones»:

Especialmente ando preocupado

por el tiempo, la vida, otras cositas como ser

morir sin haberse alcanzado a sí mismo.

¿Es posible educar a todos?

Hay asuntos que no nos son ajenos y comprometen. El derecho a la educación es uno. O mejor dicho, la imposibilidad del derecho a la educación para todas y todos. El panorama no alienta optimismo: casi 800 millones de analfabetas en el mundo y varias decenas de millones de mexicanos expulsados del aparato escolar.

De acuerdo con un reporte oficial reciente, 40 por ciento de los mexicanos, especialmente mujeres, no han hecho efectivo lo que constitucionalmente es un derecho. El director general del INEA reconoce que hay 5.3 millones de analfabetas, 10 millones sin primaria y 16 millones sin secundaria, entre la población mayor de 15 años. A ellos se agregan más de un millón que cada año son expulsados de secundaria y bachillerato.

No especulo con una cifra, pero más de 32 millones es escandaloso. Un gravísimo problema, invisible hasta hoy en las políticas públicas y ante el cual no hubo respuestas eficaces.

¿Cuánto tiempo requerimos para solucionar el reto en México? Don Pablo Latapí hizo un pronóstico dolorosamente vigente: el siglo veintiuno. Los hechos y la estadística oficial no lo han desmentido.

Si bien asistir a la escuela superior no garantiza un empleo con salarios dignos, ser excluido del sistema escolar es un pasaporte a la exclusión social. Y si para cada familia que enfrenta la situación es una condena perpetua, que un país tenga a la mitad de sus habitantes en rezago es un impedimento severo para el desarrollo económico, humano y la democracia. Lo demás, es demagogia.

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Variaciones sobre el tema

La semana pasada el director general del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, INEA, Juan de Dios Castro Muñoz, actualizó las cifras sobre el rezago educativo en el país. Como era de esperarse, los avances en la materia son insuficientes: 40 por ciento de los mexicanos (y principalmente mexicanas) no han hecho efectivo lo que constitucionalmente es un derecho.

Reconoció, según la nota de Notimex, que por primera vez en la historia disminuyó el número absoluto de mexicanos en esa condición. También precisó datos: 5.3 millones de analfabetas, 10 millones sin primaria y 16 millones sin secundaria. Si los datos son escandalosos, se trata solo de una aproximación a la realidad, pues no incluyen los millones de mexicanos menores de 15 años que tampoco tienen primaria o secundaria terminadas, o que viven en el analfabetismo. A ellos habría que sumar más de un millón que cada año son expulsados de la secundaria y del bachillerato; esto es, que el número de personas excluidas de la escuela es mayor a la población de muchos países del mundo. ¡Más grande que la propia matrícula en el sistema educativo nacional!

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