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Entradas con las etiquetas ‘Investigación educativa’

Primer día del Congreso

Primer día de actividades en el XIII Congreso Nacional de Investigación Educativa. Chihuahua fría para un habitante del pacífico   cálido.

Esperaba un inicio espléndido con la conferencia inaugural de Pablo Gentili. No hubo explicación; solo cambiaron al conferencista. Fue Alberto Arnaut el emergente. Valió la pena escucharle.

El resto de actividades que elegí me dejó varias notas en el cuaderno y un juicio positivo. Si se trata de aprender, cumplí el objetivo.

Aunque he asistido a otros multitudinarios congresos nacionales, ya no recuerdo cuál fue el último en el que pude estar todos los días y sentarme sin prisa en los auditorios. Las dos veces anteriores, en la UNAM y Veracruz, asistí, participé y regresé de inmediato a mis compromisos laborales. El tiempo para esta clase de aprendizajes era corto, y lo lamento, porque creo que si los funcionarios universitarios de vez en cuando se sentaran a escuchar lo que tienen que decir sus profesores e investigadores, muchas ganancias obtendrían sobre otros ámbitos de la realidad, distintos a los que suelen escuchar o leer. Pero eso es punto y aparte.

Ante un programa de actividades de 300 páginas, más de 1200 ponencias, conferencias, conversaciones, presentaciones de libros, simposios, exposiciones, etcétera no podré cubrir ni el uno por ciento.

Mañana me toca participar. Esta noche, antes de escribir esta página en el restaurante del hotel, he dejado lista mi intervención. Ya contaré algo, si lo amerita.

EDUCACIÓN, PRENSA Y CIUDADANÍA

Caroline Gipps en un discurso ante la Asociación Británica de Investigación Educativa escribió en 1993: “La investigación y la evaluación siguen basándose en agencias centrales, pero el trabajo se ralentiza a la hora de informar –si es que se informa-; la prensa local lo expresa de forma equívoca y en general lo ridiculizan; esto ha conseguido, me temo que con demasiada eficiencia, afirmar la primacía del conocimiento propio del sentido común sobre el conocimiento especializado, experto, que se ha visto desplazado (¿para siempre?) a un segundo plano”.

En México, advierto, sucede lo mismo con la intervención de la prensa en el tema de la evaluación y los resultados de la prueba PISA y, en su momento, con ENLACE. Pero la calidad o profesionalidad de la prensa va más allá de esos actos focalizados en que se coloca a la escuela pública, a los maestros y estudiantes en la picota y se les expone al escarnio con calificativos superficiales y sin mediaciones reflexivas, producto de análisis mal enterados o sin la consulta de expertos, fuentes de primera mano o la deliberación en sus redacciones.

Aunque se expresan allí las liviandades de la prensa, digo que van más allá, porque son comunes esos juicios planos, más propios de despachos destartalados de comunicación que redactados desde un periodismo fundado en la razón o la persecución de las verdades en juego.

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INVESTIGAR: ¿QUÉ Y PARA QUÉ?

TrillaLeyendo un libro de Jaume Trilla, extraordinariamente lúcido y sugerente, me detuve en la página 142 para escribir estas breves notas en un pequeño cuaderno azul.

Mi vista es espectacular, quiero decir, el paisaje ante mis ojos, desde el piso 2 del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación. Un silencio relajado, estimulante, acogedor (porque hay silencios y silencios, como el que sigue a un beso o el que se instala después del regaño), propicio para estas deleitosas tareas.

La obra se llama La aborrecida escuela. Junto a una pedagogía de la felicidad y otras cosas. Cavilo apenas leer las primeras dos líneas: “La realidad educativa es la fuente y, a la vez, el destino del conocimiento pedagógico”. Pocas palabras, pero una declaración de principios pedagógica y política.

Por supuesto, habrá distintas opiniones, incluso contradictorias, antagónicas a lo escrito por Trilla. El propio concepto de realidad será debatible. Habrá quienes piensen, por ejemplo, que la especulación por la especulación es relevante, o que la libertad académica permite explorar cualquier tema que interese al investigador y a nadie más, con un legítimo salvoconducto para pasar de los pantanos de la realidad sin inmutarse, menos ensuciarse. Habrá, pues, varias o muchas perspectivas acerca de para qué investigar en pedagogía.

Reconociendo la diversidad y su validez, para mí no hay duda: la investigación sólo tiene sentido a partir de la realidad educativa y para regresar a ella con nuevas preguntas, más amplias comprensiones y, si es posible, algunas ideas para la transformación de las tareas vitales de la escuela, de los estudiantes, de los profesores y la sociedad en distintas agencias, como los medios o la familia.

Jaume Trilla apuntala su convicción con un argumento de John Dewey: “1) que las prácticas educativas ofrecen los datos, la materia que forman los problemas de la indagación. Estas constituyen la única fuente de los problemas últimos a ser investigados. Estas prácticas educativas son también: 2) la prueba final del valor de las conclusiones de todas la investigaciones”.

Suscribo palabra por palabra, punto por punto.

Último día de julio, 2014. Ciudad Universitaria, UNAM

DE CONGRESOS, SILENCIOS Y PALABRAS

Esta semana se realiza en Guanajuato el Congreso Nacional de Investigación Educativa. En el país es la reunión cumbre de los investigadores, profesores y estudiantes del área, coordinada por el Consejo Mexicano de Investigación Educativa. Al mismo tiempo, asisto al 1er Congreso Internacional de Ciencias Sociales y Humanidades organizado por la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina). Tengo algunos motivos para la reflexión y la autocrítica.

Cuando tengo oportunidad de asistir a congresos lo hago. Si el tiempo es suficiente elijo pausadamente las conferencias, mesas o paneles a que asistiré. Ya decidido, me dispongo a aprender; por lo menos es la intención. No siempre lo consigo. En esas ocasiones, entre mis prejuicios y los discursos de los ponentes, panelistas y conferencistas, más temprano que tarde me pulverizan los deseos.

Voy a hacer un paréntesis para explayarme. Hace algunos años, en Monterrey, durante un congreso nacional de tutorías, Luis Porter tuvo la gentileza de presentarme con Manuel Gil Antón, a quien había leído pero no conocía personalmente. Conversamos los tres, más bien ellos, pero fue tiempo suficiente para conocer en vivo la lucidez que ya había leído en Manuel. En la ocasión, él estaba muy enfadado por la presentación que antes había hecho un panelista. Hizo el siguiente comentario, palabras más, palabras menos: si en un congreso de matemáticos alguien dice que dos más dos son cuatro, lo corren de la sala. En cambio, siguió, acá cualquiera puede venir a decir cualquier cosa, tenemos que aguantarlo y el final hasta le aplauden.

Suscribo lo dicho por Manuel, a pie juntillas. Ahora debo aclarar: no es que en este congreso en Córdoba sólo se repitan “boludeces”, pues en la academia argentina existe un muy buen nivel de formación y discusión en materias educativas o humanísticas. En otras áreas no sé. En este congreso escuché pocas, envueltas en el vicio de la verborragia, que en algún momento resulta insoportable. Más allá del contenido –que debe ser lo principal, aunque no sólo- me dejan amarga sensación esos panelistas, conferencistas y ponentes que ignoran al “público” y pasan la mitad, o más tiempo, explicando todo aquello que debería dominar quien asiste a un congreso nacional o internacional de especialistas de tal o cual tema. Como en las matemáticas, siguiendo la anécdota de Manuel Gil Antón.

A ver si me explico mejor con algunos ejemplos absurdos. ¿Tiene sentido exponer en una maestría en literatura quién fue Miguel de Cervantes, Pablo Neruda o Gabriel García Márquez? ¿Se justifica que venga una profesora de, digamos, la provincia de Salta, a enseñar en Córdoba la importancia de la Reforma de 1918 en las universidades?

Si alguien tiene una relectura de un autor, teoría, hecho, concepto, etcétera, valdría la pena que la mostrara. Bienvenida: que desarrolle la exposición de un ángulo desconocido, de una faceta olvidada, o de una nueva teoría interpretativa. Pero, por favor, que nadie venga a explicar para qué sirven las tutorías en un congreso de tutorías, la educación bancaria de Paulo Freire en un congreso de educadores, o por qué son complejos los hechos sociales en una reunión de cientistas sociales.

Mi punto de vista puede ser controvertido, combatido o francamente descalificado. Lo acepto. Pero la honestidad invita a aceptar algunos hechos obvios, como la falta de respeto (puede haber buena intención o decencia, sin duda) a la mínima formación profesional e intelectual de su auditorio. Recuerdo aquí las enseñanzas magistrales de Eduardo Galeano: si son mejores que el silencio, que se pronuncien las palabras.

Como hipótesis (si gustan) o como provocación (si les parece), pienso que en las universidades, en la educación en general, nos faltan silencios y nos sobran palabras insulsas.