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Colima y las muertes jóvenes

Leo en la cuenta de Twitter de Estación Pacífico una nota sobre las muertes de la población joven en México, basada en un informe de México Evalúa que, a su vez, retoma información de INEGI.

El título es contundente: “Colima, de los estados con más jóvenes asesinados en 2018: México Evalúa”. Los datos lo son también. En el país, más de 13 mil muertes jóvenes ocurrieron el año anterior, nueve de cada diez fueron hombres. Dos terceras partes de los asesinados solo habían cursado escuela primaria o secundaria, aunque uno de cada cinco tenía estudios universitarios.

No es el tipo de notas, ni su contenido, que celebran los gobiernos o ciudadanos, pero darle la vuelta a la página o un clic para cambiar a las noticias festivas del inicio de la Feria de Colima no es la solución.

Hay dos opciones principales: buscar pretextos o ahondar en las causas y tomar decisiones.

MUNDOS PARALELOS

Este mediodía, camino a casa, con mi hijo al lado, escuchaba el mensaje del gobernador. Fueron pocos minutos. Cosas maravillosas para el estado (y con repercusiones para México). Entre escuchar a mi hijo en su feliz historia del día y al gobernador, llegamos al crucero del tercer anillo para tomar la avenida Ayuntamiento. Un par de vendedores entre los autos y el camellón me distrajeron. En una cartulina rosa, pegada a la caja de sus mercancías se leía: “Zarzamoras 10 pesos. Para pagar mis estudios”. Quise tomarle una foto. Mala idea. Guardé mi teléfono. Pensé que faltaba al respeto. Saqué una moneda y llamé al que estaba más cerca. Joven de 20 años, vestido distinto a los vendedores habituales en las esquinas. Le pedí una cajita de zarzamoras y crucé unas palabras con él. Estudia arquitectura en el Tec de Colima, me respondió. Maldije mi suerte: encontré a uno de esos poquitos que no tuvieron la fortuna de vivir en el otro Colima, el de la bonanza, los progresos, las buenas cuentas. Apagué el radio.

OFICIO DE ENSEÑAR

En nuestro oficio de enseñar varias de las recompensas más valiosas son simbólicas; no se traducen en pesos, en contratos, ni se canjean por bonos de productividad.

Los días que corren son pródigos en ese tipo de estímulos. Casi cada semana recojo uno, dos frutos de estos meses y años. A veces pequeñitos, a veces grandes. Y no lo digo por fatuidad, aunque alguno podría interpretarlo así. Pero creo que contarlo es otra manera de defender una profesión no siempre valorada, fácilmente denostada y, sin embargo, tan indispensable como ninguna.

Esa es la razón que me anima a escribir esta página. La causa es simple: he descubierto otra variante que estimula gracias a las sonrisas ajenas, especialmente de gente jovencísima, sin importar que la obra no sea de uno o solo tangencialmente haya participado.

Iré al punto para no alargarme: este día dos estudiantes de pedagogía han publicado sus primeros artículos en el suplemento del periódico universitario El Comentario. Ellos son Hugo Salvador Nery, estudiante de quinto semestre, con quien no he tenido la suerte de trabajar; y Paulina Valencia Madrid, una de mis actuales ayudantes en el curso que imparto, y en unos meses licenciada en pedagogía.

Aunque no los he visto para disfrutar su sonrisa, les he leído contentos y orgullosos de su publicación. Su alegría es mía y, deseo, sinceramente, que sueñen muchas noches como esta, para que cuando sucedan, sigan soñando con otras cada vez mejores.

Profesores orgullosos con su oficio, ilusionados y alegres son más necesarios que las reformas y los decretos. Son los únicos imprescindibles.

ESTUDIO, LUEGO DESEMPLEO

En su edición de hoy “La Jornada” informa que el desempleo en México afecta primordialmente a quienes tienen estudios de bachillerato y universitarios. ¡Vaya motivación para la juventud!

Según el Inegi, casi la mitad (48.22%) de los desocupados provienen de aquellos grupos. Y su presencia creció nueve puntos porcentuales en seis meses. Si se suman quienes cursaron la secundaria la cifra alcanza 85%. Es decir, que la tendencia no solo nacional, sino mundial, confirma que estudiar no garantiza ya, desde hace tiempo, escapar de las fauces del desempleo.

En México la conclusión es lapidaria: no estudian todos los que deben, los que ingresan al sistema educativo no terminan con éxito, y se agrava conforme avanzan en la pirámide escolar; de los que concluyen, no todos lo hacen con buena formación, y entre unos y otros florece la marginalidad. 

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Esta mañana observo una gráfica con los resultados de la evaluación ciudadana a las instituciones y organismos en España. Son datos de julio pasado. En los primeros lugares de aprobación: investigadores científicos, médicos de sanidad pública y profesores de enseñanza pública. La policía, en octavo lugar; las universidades, décimo. La prensa se ubica en lugar 13, y la iglesia católica española, en 19, con 36% de aprobación, lejos de las primeras en más de 50 puntos. El sistema jurídico (jueces, abogados, tribunal supremo, tribunal constitucional y fiscales), reprobado.

Cada cual hará sus balances. A mí me sorprende el sitio que ocupan las universidades, por debajo de la policía, pero alegra la posición de los profesores de enseñanza pública.

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Primeras horas de la mañana: lectura. Poesía de Kavafis. Un remanso entre los vericuetos de la pedagogía.

¿TIEMPO PERDIDO?

Hace unos días asistí a la Universidad para escuchar un debate sobre jóvenes y participación política. En el panel estuvieron tres de los cuatro invitados; solo faltó un diputado provincial (local, en México). Estuvieron presente un diputado provincial del Frente para la Victoria, el partido que gobierna la nación, una joven representante de cuatro organizaciones sociales y el presidente del Centro de Estudiantes, una especie de sociedad de alumnos en nuestro contexto, si se me permite la traducción.

Me interesaba escuchar a los jóvenes y a los diputados, jóvenes también. Con esa expectativa mi frustración fue mayúscula luego de la disertación de los invitados y la apertura de la propia moderadora, profesora de la facultad.

Si me enteré del panel dos o tres semanas antes, supongo que ellos habrán tenido un mes, por lo menos, para pensar el tema, estructurar su discurso y definir las ideas principales que propondrían. No fue así. Lo que encontré fueron intervenciones desordenadas, improvisadas, más o menos superficiales, repletas de lugares comunes.

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