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VIERNES NEGRO

ParisDespués de una sesión de trabajo de cinco horas en la Escuela Vasco de Quiroga, llegué a casa un poco cansado pero contento. Creí que sería un buen viernes, preludio de sábado intenso. Cené ligero y descansé.

Cerca de la medianoche encendí la computadora para escribir el Diario. No estaba muy seguro del tema y tenía dudas si podría cumplir. Abrí páginas habituales de noticias y en Twitter me sorprendió el TT con la etiqueta de París. La curiosidad me mostró las reacciones frente al brutal atentado en la capital francesa. Las imágenes fotográficas de El País me atraparon y se formó un grueso nudo en la garganta. No conozco la ciudad, no me es familiar, pero me estremeció el horror vivido hace unas cuantas horas.

Otra negra noche, otro negro viernes que nos recuerda, triste, infaustamente, que la condición humana sigue siendo tan endeble, como indignos de portarla una buena cantidad de grupos e imbéciles fundamentalistas que pululan por el mundo.

FUGAS Y UNIVERSIDADES

La mañana del domingo, buscando noticias del Volcán de Colima, encontré las notas sobre la fuga del Chapo Guzmán. La primera que me apareció la deseché; creí que era una broma. La segunda, un delirio. La tercera la devoré en periódicos serios. ¡Era verdad! No fue rabia o indignación mi primer sentimiento. Hasta hoy no los ha habido. Risa, una risa sarcástica me vino sin control.

Adviértase: no soy de los que esperan que al presidente de la República le vaya mal o peor. No festejo sus desaciertos, ni espero el siguiente desdén de su esposa, tampoco el nuevo escándalo de corrupción.

Creo que hay algo de resignación en mi actitud, de serena resignación.

La fuga del Chapo ha sido suficientemente calificada ya. En México y en el mundo. No intentaré decir algo inédito. Lo que hoy me parece una broma macabra es que el presidente reciba la Gran Medalla de la Cancillería de las Universidades de París. En la mismísima tierra de la liberté, égalité, fraternité; casi todo lo que escasea en estos lares.

Pues sí, es el primer presidente mexicano, dice la nota, que recibe la distinción otorgada a “jefes de Estado que impulsan el intercambio académico y la investigación científica y tecnológica entre ambas naciones”. Así, nuestro ínclito presidente, lector de dudoso hábito, ha sido condecorado como “amigo de las universidades de París”. Eso sí, perdón, me provocó tremenda indignación.

POR LAS CALLES DE PARÍS CON BARREAU

la-sonrisa-de-las-mujeresDespués de la conferencia auténticamente magistral del doctor Miguel Ángel Santos Guerra, los organizadores (las autoridades de la Universidad Multitécnica Profesional), me honraron al invitarme a compartir la comida con el ilustre visitante, quien había viajado a Colima desde su Universidad de Málaga para estar esa mañana de sábado con nosotros. Su disertación fue extraordinaria, amena, versátil, y mantuvo la atención de la comunidad estudiantil durante dos horas en el Teatro de la Universidad de Colima. Sólo ese dato revela su calidad y elocuencia.

La comida, con un reducido grupo, fue otro momento jubiloso de conversación y aprendizajes. Tuve la suerte de ubicarme al lado del doctor Santos Guerra. Durante las horas que allí permanecimos en un restaurante al norte de la ciudad dialogamos en el grupo y entre ambos. Qué privilegio para mí intercambiar opiniones y recibir de su parte algunas sugerencias bibliográficas.

No sé en qué momento, o cómo llegamos a ese tema, pero me invitó a leer a un escritor francés, Nicolas Barreau. Probablemente porque le contaba de mi búsqueda de referencias fuera del campo pedagógico, en los mundos de la literatura, la poesía, la filosofía, para luego regresar al fenómeno educativo con otras perspectivas. Pronto lo encontré en la librería virtual. Cuatro novelas acumula. Descargué la primera: “La sonrisa de las mujeres”. Más que grato fue el recorrido desde las primeras refrescantes páginas, escritas sin falsos artilugios, sin complicaciones, sin espesuras, con una historia que deja sonrisas y agradable sabor.

Supongo que el estilo le granjeará críticas de puristas de la literatura o de los amos de la crítica más académica. No lo sé. En todo caso, mi posición de lector, y no de crítico literario, me otorga el salvoconducto para escapar de esa polémica que acompaña a escritores que suelen vender en poco tiempo más libros que muchos monstruos.

Luego de “La sonrisa de las mujeres” vinieron las otras: “La mujer de mi vida”, “Me encontrarás en el fin del mundo” y “Atardecer en París”. Con vacaciones por delante las disfruté en pocos días, unas más, otras menos, aunque en menor grado que la primera. La última fue “Atardecer en París”. A mi juicio, como lector (repito), Barreau aflojó levemente la consistencia y abusó de fórmulas ensayadas antes, por tanto, menos sorprendentes, con algún retazo de historias ajenas, como la inolvidable película italiana de Giuseppe Tornatore, “Cinema Paradiso” que ahora, por cierto, cumple 25 años del estreno. O probablemente no sucedió lo que creo, sino que la novela inaugural tiene un nivel de calidad muy superior a las siguientes. Puede ser.

En esa línea Barreau no ganará un Premio Nobel, advierto, pero nos regalará sonrisas espontáneas y horas agradables. En estos tiempos, no es una virtud menor. En cualquier caso, les invito a leerlo, disfrutarlo o cerrar sus noveles, si nos les convencen, un derecho que también nos asiste y del cual él sabrá como pocos, por haber trabajado en una librería parisina.

Vía Twitter su representación editorial me informa que en 2015 aparecerá su siguiente novela, la historia de los padres de Aurélie Bredin, la entrañable protagonista de “La sonrisa de las mujeres”. Esperaremos.

Mientras, deseo que el joven autor (nacido en 1980) se reinvente y nos asombre con nuevos trucos literarios e historias para sonreír, que sin dejar de llevarnos por las calles, puentes, plazas y monumentos emblemáticos de la mítica ciudad luz, ofrezca vías para el encantamiento de sus lectores, especialmente de los más jóvenes.