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El Mundial de futbol y la educación

Posted by Juan Carlos Yáñez Velazco

Cada cuatro años el mundo entra en una especie de pausa compartida. Durante varias semanas los relojes se acompasan con el ritmo de los partidos. Millones de personas en casas, bares, plazas o teléfonos celulares observan hacia un mismo lugar: un rectángulo verde, la cancha. Solos o en grupos, millones de personas en simultáneo, en todos los continentes, presencian el espectáculo de 22 hombres disputándose un balón.

El Mundial de futbol, ritual planetario del deporte y la mercadotecnia, suele vivirse como espectáculo, pasión o entretenimiento. Rara vez se piensa en él como una oportunidad educativa. Y lo es. Puede serlo.

Pocas veces la escuela dispone de un acontecimiento global tan fértil para el aprendizaje. El Mundial es, en sí mismo, un mapa abierto del planeta. En él aparecen países que, para muchos estudiantes, son apenas nombres lejanos: naciones con historias distintas, culturas diversas, lenguas ignotas y geografías que se extienden desde los desiertos hasta las montañas o las islas del Pacífico. Bastaría desplegar el mapa del mundo en el aula para comenzar una lección de geografía que, de pronto, tendría rostro, bandera, uniforme deportivo y equipo.

También la historia se asoma con naturalidad. Cada Mundial guarda su propio relato: selecciones que marcaron época, jugadores que se volvieron leyenda, momentos grabados en la memoria colectiva. Explorar esos episodios permite recorrer décadas, comprender contextos y advertir que el deporte, como tantas otras expresiones humanas, dialoga con su tiempo.

Las matemáticas tampoco quedarían al margen. El torneo es, en realidad, una arquitectura de números: grupos, puntos, probabilidades, cómputos ante la tercera jornada, combinaciones posibles para avanzar a la siguiente ronda. Incluso el cálculo más simple —cuántos partidos se juegan, cuántos necesita disputar un campeón para levantar la copa— puede convertirse en una puerta de entrada para pensar de otra manera en la clase de mate.

Y está, desde luego, la dimensión cívica. El futbol reúne banderas distintas en un mismo espacio simbólico. En el mejor de los casos, los estadios se convierten en escenarios donde la rivalidad se expresa dentro de reglas comunes, donde el respeto al adversario y el juego limpio adquieren un valor que trasciende el resultado.
Quizá tengamos ahí una lección importante para la escuela: aprender no siempre exige alejarse de aquello que apasiona a los estudiantes. Quizá basta con mirar de otro modo lo que ya ocupa su imaginación o interés.

El Mundial de la FIFA también nos recuerda algo menos luminoso. Los estadios no están fuera del mundo; son, más bien, un espejo de él. En tiempos recientes, los grandes eventos deportivos conviven con preocupaciones que van desde las tensiones políticas hasta las amenazas que pesan sobre la seguridad colectiva. La fiesta del futbol, que tantas ocasiones ha sido celebración de encuentro entre pueblos, también se desarrolla bajo la sombra de un planeta con gobernantes y políticos crispados o delirantes.

Tal vez por eso el Mundial pueda ofrecer todavía otra enseñanza: no basta con que el mundo se reúna en un mismo torneo para que exista convivencia. La paz, como el juego limpio, también necesita aprendizajes.

Y quizá sea ahí donde la educación tenga la última palabra: cuando nos recuerde que, más allá de los goles y de los campeones, lo verdaderamente vital es que el partido final de la humanidad nunca se juegue contra la fraternidad.

 

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