Una mañana, de visita en la Universidad, pequeñito, Juan Carlos se detuvo en la puerta de mi cubĂculo y curioso mirĂł el letrero. Apenas empezaba a leer. Luego, volteĂł la cabeza y preguntĂł: “¿papá, te llamas doctor Juan Carlos Yáñez Velazco?”. SonreĂ y neguĂ©. La curiosidad de Juan Carlos me sigue rondando y con frecuencia repito la anĂ©cdota.
ÂżPor quĂ© tenemos esa tentaciĂłn de exhibir nuestros grados acadĂ©micos? ÂżPor quĂ© algunos, algunas, usan su nombre para firmar hasta los artĂculos periodĂsticos? ÂżQuĂ© nos pasa si prescindimos de ese rasgo rancio?
Conseguir un doctorado se ha vuelto fácil. Comprarlo requiere dinero y aguantar un poco con programas de cursado fast track. El mercado goloso está ávido de doctores. La educación es un negocio lucrativo, y hasta funcionarios de las universidades públicas no dudan en obtenerlos en instituciones privadas de entrenamiento probadamente mediocre, para ostentarse como doctoras o doctores sin pudor.
A propósito del valor de los grados académicos, recuerdo siempre la ceremonia en que la Universidad de Colima concedió el doctorado honoris causa a Pablo Latapà Sarre, en la memorable noche del 25 de agosto de 2008 en el Archivo Histórico. Como preámbulo, Manuel Gil Antón, invitado por don Pablo, se encargó de presentarnos al homenajeado. En su turno leyó un texto exquisito sobre el significado del doctorado.
Para explicarlo, con su didáctico y lĂşcido estilo, Gil AntĂłn acudiĂł a la anĂ©cdota de un amigo suyo y su padre, Santiago RamĂrez, ambos del mismo nombre. Cuando el hijo le lleva orgulloso sus dos diplomas obtenidos en ParĂs, el padre, psicoanalista, le responde: conseguirlo es fácil, Santiaguito, lo difĂcil viene ahora. Ganarse la autoridad intelectual. Y remata: Âżcuándo escuchaste hablar del “doctor Hegel”, del “doctor Marx”, del “doctor Freud”, del “doctor Einstein” o el “doctor Weber”? PodrĂamos ampliar: Âżcuándo escuchamos “doctor Octavio Paz”, “doctor Gabriel GarcĂa Márquez”, “doctora Marie Curie” o “doctor Paulo Freire”?
AsĂ, decĂa Manuel Gil AntĂłn, no necesitamos decir “doctor LatapĂ”. Es suficiente con: LatapĂ, Pablo, Pablo LatapĂ, don Pablo. Sin duda.
Entonces, ¿cuál es el valor del doctorado? Que no precises cantarlo, que sobre decirlo, porque tus razonamientos, discursos, textos y coherencia muestran la autoridad a la que un doctorado, a veces, sólo disfraza o envanece.
